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Cartas a Tora CXLVII

Viernes, 06 de Septiembre 2019 - 13:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

El otro día ocurrió algo que no sé cómo calificar, pero que estuvo a punto de provocar un estallido social (Estoy exagerando, pero así se las gastan a veces los periódicos de aquí).

Hay una señora, la del 17, que se las da de muy fina y, si me apuras, hasta de aristócrata. Qué hace viviendo en esta vecindad, no lo sé; pero siempre está hablando de sus parientes los condes de Tal Por Cual y los Marqueses de Chundarata y los Corcuera y de la Lama y otros por el estilo. Se viste algo mejor que las viejas de aquí; pero a mi me consta que se pasa las mañanas levando y fregando la ropa y las tardes cosiendo y modificando sus vestidos (Como si las otras no se dieran cuenta de que les pone un encajito o un  cuello de piqué o un colgajo de gasa en algún lado. Buenas son todas para esas cosas).

Un día quiso demostrar su aristocracia comprándose un perro. Una porquería de perro: chiquito, encanijado, flaco y medio tuerto; pero de la raza “French Poodle”, que es la que tienen las artistas de cine. Lo llevó al salón de belleza para perros e hizo que lo pelaran a la última moda, lo bañó muy bien,  le puso un moño colorado y una corbata (Especial para perros de raza) y lo sacó a pasear, feliz de la vida.

El perro, al verse así arreglado, se contagió de los humos de grandeza de su dueña, y a todos nos miraba por encima del hombro, con desprecio sutil, pero no por eso menos ofensivo. Y bravero como ninguno, pues a todos nos ladraba en forma muy agresiva. A los pocos días, ya era el animal más odiado de la vecindad (Por encima de ratas y cucarachas, ¿te imaginas?)

El caso es que un día la señora fue a visitar a la del 20, que es más o menos su amiga. En el momento en que entraron, en la televisión apareció un león. ¡Y allá va el infeliz perro a ladrarle con verdadera furia! Pero en ese momento el león abrió la boca y rugió. El perro se paró en seco y luego se desplomó.  Infarto al miocardio, dijo la enfermera cuando lo examinó.

Aunque no fue tan fácil. Cuando la llamaron, la enfermera dijo que ella no atendía a animales. La señora le ofreció una compensación por su trabajo, y la enfermera puso mejor cara. Pero le pareció poco lo que ofrecía. Y estuvieron unos minutos regateando, hasta que la enfermera sonrió y se acercó al perro con mimos y caricias. Pero enseguida se levantó, diciendo que no había nada que hacer.

La señora la llamó asesina, arguyendo que durante el regateo había fallecido su “Puchi” (Así se llama, ¿Por qué? Misterios del alma humana). Ella contestó que la muerte había sido instantánea, pero a la señora no le bastó con eso, y empezó a decir que lo había matado por envidia, porque ella era incapaz de tener un animal tan bello y elegante. La enfermera le dijo que era una estúpida, que todo lo tasaba en dinero. Terció la amiga, pidiendo paz, pero se llevó dos bofetadas (Una de cada una), y salió corriendo a pedir auxilio.

Llegaron un montón de vecinos (Que siempre están pendientes de las novedades que ocurren), y unos tomaron partido por la del 17, otros por la enfermera, algunos por la del 20 y otros por el portero, quién sabe por qué, y estuvieron a punto de llegar a las manos (Y a los pies, que los hay bravos también).

Total, tuvieron  que intervenir los guaruras para separarlos. Y aún al irse, la del 17 iba gritando que le tienen envidia porque ella es de mejor clase que todos, y que se va a ir de la vecindad, porque allí no la aprecian.

Pero no se ha ido, Es que la pobre vive con una pensión chiquita que le dejó su marido, y no le alcanza para más. A mí me da lástima a ratos, pero sólo a ratos, porque cada vez que me acuerdo de su porquería de perro, me hierve la sangre. Ya me estoy haciendo como ellos. Pero no te preocupes, que no lo voy a permitir.

Te quiere

Cocatú


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Número 33 - Septiembre 2019
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