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Cartas a Tora CXLV

Viernes, 23 de Agosto 2019 - 13:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Hay una pareja de señores ya grandes que me caen muy bien. Él está enfermo hace tiempo, y la señora le tiene que ayudar hasta a caminar, pues está en silla de ruedas; camina un poquito, pero nada más. La señora siempre se ve contenta, con  una gran sonrisa; pero a veces, por las tardes, se encierra en un cuarto y se echa a llorar silenciosamente. Me figuro que es el estado en que está el marido; pero luego se levanta, sacude la cabeza y sale como si todo le fuera bien. Te confieso que la admiro.

Pues un día llevaba al marido al doctor, y detuvo la silla en lo alto de la escalera, esperando a ver quién  le ayudaba a bajarlo. Pero la silla se resbaló, y junto con el señor rodó por las escaleras. Imagínate el escándalo que se armó. Todos los que estaban por allí acudieron a ayudarla. No se atrevieron a levantar al señor, porque se quejaba mucho; y prefirieron esperar a que llegara una ambulancia, porque los enfermeros saben mover a los heridos sin causarles más daño.

¿Pero sabes lo que me inquieta? Que cuando estaban en lo alto de la escalera me pareció (Y conste que digo que me pareció) ver una chispa extraña en los ojos de la señora, como si se le ocurriera de pronto algo que… Tengo miedo de decirlo, pero aquí va: Algo que la ayudara a resolver definitivamente el problema del marido. ¿Me entiendes? Como si hubiera querido acabar con  él tirándolo por la escalera, y así dejarían de sufrir los dos. Qué feo, ¿verdad? Me lo digo todos los días, pero no logro apartarlo de la mente.

Estuvieron varios días en el hospital, porque al señor la cadera se le hizo cachitos, y hubo que operarlo, y tuvo complicaciones severas. El caso es que volvió a la vecindad enyesado de la cintura para abajo, hasta las uñas de los pies. Y ahora la señora le tiene que hacer absolutamente todo, porque él no se puede mover por sí solo. Y yo me digo: si en verdad lo tiró por las escaleras, justo castigo a su perversidad; pero si no, si la silla rodó solita, qué mala suerte de la señora, porque está peor que antes. Ahora ya no se encierra en el cuarto a llorar; se pone frente a un  espejo y se queda mirando su imagen con una expresión dura y… y fea, que no me dice nada. Cómo me gustaría saber qué fue lo que pasó en realidad, pero me temo que si ella no lo dice, jamás lo voy a saber, porque sigue portándose como antes, sonriente y alegre con las vecinas. Sólo cuando le dicen que su vida es muy dura, sacude un poco la cabeza y contesta que así es la vida, que no hay que quejarse y que hay que afrontarla con una sonrisa. Todo eso es muy cierto, pero no sé si lo dice de veras o es algo que ha aprendido de memoria y lo suelta en todas partes.

Ahora, de ninguna forma puede bajar al marido cuando van al médico. Los del 41 se han ofrecido a ayudarla, y bajan al señor en brazos, que con  el yeso que tiene ha de pesar una tonelada (Pero son de gimnasio, y les encanta lucir fuertes y saludables). Pero el señor se queja. Cuando está a solas con la esposa, le dice que el güero le hace algo así como cosquillas, “en lugares que Dios no hizo para recibir cosquillas”, y que el moreno “lo pellizca en otros lugares igual de peligrosos”. ¿Te imaginas? Yo no lo creo, porque siempre me han parecido personas muy correctas, Y hacerle eso a un hombre que está en tan malas condiciones y sin poder defenderse…. Pero, en fin, caras vemos, genitales no sabemos.

En la azotea hay cada vez más gente. Los que alquilaron los cuartos de servicio les han alquilado a otros un pedacito de suelo para dormir, y ya no caben. Pero todos están esperanzados de que el portero les dé algún día un trabajito de guaruras o de mozos, porque ahí cobran sin hacer nada. Eso es lo que creen, pero no conocen al portero: ese no da nada sin sacar algo a cambio. Ya se enterarán (cuando sea demasiado tarde).

Te quiere

Cocatú


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Número 33 - Septiembre 2019
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