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Cartas a Tora CXLIII

Viernes, 09 de Agosto 2019 - 12:50

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Lo que te voy a contar les pasó a los vecinos del 10, una pareja mayorcita, pero muy agradables. Saludan a todo el mundo, ella hace amistad con todas las viejas (a ella no la llamo así, porque es distinta); y a mi hasta me acarician el lomo cuando pasan a mi lado. Él fuma; ella, no; ésto es un antecedente importante para lo que les pasa.

Resulta que ella cambió de repente: se volvió tristona, no platicaba con  las amigas, se pasaba el día tirada en la cama quejándose de todo: si hacía frío, malo; si hacía calor, malo; si no hacía ni frío ni calor, malo. No quería comer; pero de pronto, en la noche despertaba gritando “¡Tengo hambre!”, y quería que le trajeran un plato de pozole (por decir algo). Y allá iba el señor a conseguir el pozole, a veces al King´s, a veces más lejos. Y cuando llegaba a la casa, ella le decía “Ay, lo trajiste blanco; yo lo quería rojo”, o al revés. El hombre lo iba a cambiar. Pero un día se cansó (eran como las cuatro de la mañana); y lo que hizo fue echarle al pozole un refresco de color rojo que tenía y bastante chile (el chile tapa todos los sabores), y la señora lo encontró muy sabroso.

Una noche el señor no podía dormir por la preocupación. Se puso a ver la televisión, pero no había nada medianamente potable. Quiso leer; sólo tenía el periódico, y las noticias no eran precisamente agradables.. Alargó la mano para tomar sus cigarros, y no los encontró. Los buscó por todos lados: nada. Por fin se fue a dormir, más preocupado que antes, creyendo que alguien les robaba. ¿Pero sabes qué? Le pareció sentir olor a cigarro. Se puso a husmear (es apalabra aprobada por la Academia de la Lengua, no vayas a pensar mal); y el olfato lo condujo hasta su esposa. ¡La señora olía a cigarro!

Para colmo, al día siguiente la señora se levantó un poco menos pesimista que de costumbre, y hasta le sonrió al darle los buenos días.

El señor quiso hacer una prueba, y dejó su cajetilla de cigarros en su buró y salió a la calle. Cuando regresó, la cajetilla estaba donde la había dejado, pero faltaban cinco o seis cigarros. Entonces, lo que hizo fue no traer cigarros a la casa, y observar lo que pasaba. ¿Y sabes lo que pasó? Que la señora tenía un humor de perros (pobrecitos animales. Si supieran lo que los humanos dicen de ellos…); se negó a hacer comida, a salir a la fonda a comer, y ni siquiera le pidió el pozole nocturno (ni rojo, ni blanco ni en technicolor). Y en la noche, lloró. Así, sin dar explicaciones.

No había duda. ¿Pero quién necesita llenarse los pulmones de humo? Con el daño que eso hace… Y desde entonces, el hombre está atormentado por la duda: el cigarro le hace daño a su esposa, como a todo el mundo. Pero la depresión le hace daño a ella, y también a él, porque hay días en que no la aguanta y la quisiera matar (o, por lo menos, amordazar).  Pero, ¿te imaginas a una persona (sobre todo, si es mujer) desesperada y sin poder hablar? Perdóname  por decir ésto, pero es un hecho fisiológico (debidamente comprobado, del cual yo no tengo la culpa). ¿Qué será peor? A veces se disculpa diciendo que lo hace por el bien de ella, o de los dos; y en momentos de mayor preocupación, que lo hace en defensa propia (eso le parece el colmo del egoísmo pero, ¿qué otra cosa puede hacer?).

Total, que el hombre se está desgastando inútilmente y culpándose de no sé cuántas cosas, cuando la realidad es que su mujer está mejor de lo que ha estado en años.

Ah, una cosa, ella no ha admitido que fuma, y él no quiere admitir que sabe que fuma. Se engañan mutuamente, pero parece que eso los hace felices.

¿A ti qué te parece todo ésto?

Te quiere

Cocatú



Número 32 - Agosto 2019
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