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Cartas a Tora CXLII

Viernes, 02 de Agosto 2019 - 13:25

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Tuvimos un incidente muy desagradable en la vecindad. Y lo peor es que no sabemos a qué se debe, ni por qué ocurrió. Vas a ver.

Llegó una nueva inquilina, de no mal ver, güera (Oxigenada, yo creo) y se alojó en el 44, en el primer piso. No hablaba con nadie, y apenas se la veía entrar o salir. A veces, porque se iba muy temprano o llegaba muy tarde. Al principio, todos estaban muy curiosos y la andaban espiando; pero se les pasó pronto, y ya nadie le hacía caso.

Un día entraron dos hombres altos, grandotes, como de gimnasio. Los del 41, que iban a hacer la compra, se olvidaron de todo por seguirlos a ver qué hacían. Pues fueron al 44; la güera los hizo pasar (Según los del 41, hablaban “raro”). Al cabo de un rato se oyeron tres detonaciones, que a todos pusieron nerviosos. Y un minuto después cayeron al patio los cuerpos de los dos, chorreando sangre.

Todos se acercaron a ver, pero no mucho (No sé por qué tenían miedo, si estaban muertos). Empezaron a hablar (En voz baja, como si los fueran a oir). Y en eso, que baja la güera; cogió una carretilla que había por ahí, echó los cuerpos en ella y se dispuso a irse. Pero antes les dijo a los vecinos:

-Este (El más alto) era mi novio. Ya nos íbamos a casar; pero unos días antes me cortó. Y ahora viene a presentarme a su novio. La verdad, me dio mucho coraje, y le disparé. Y al otro también. Por si acaso. Me los llevo para que ustedes no se vean envueltos en algún lío. Si viene la policía, ustedes no han visto nada, no han oído nada.

 Luego, dirigiéndose al del 37, que andaba por allí de hocicón, como siempre, añadió:

-Limpien todo eso. Y rápido. Es muy importante.

El del 37, si la mujer le dice “Pásame una tortilla”, le da una bofetada  de esas que los vecinos llaman “Castigadoras”;  pero en cuanto oyó a la güera, cogió una cubeta y un trapeador y se puso a trabajar. Su  vieja se echó a llorar, no sé si de gusto o de coraje.

La güera se quitó la peluca (De todas formas, era güera balín), la metió en el bolsillo de uno de los muertitos, y se los llevó.

Llegaron unos policías, pero se quedaron afuera, apuntando cosas en una libretita y mirando hacia el patio, pero sin atreverse a entrar. Los que sí entraron fueron dos individuos altos, con abrigos negros y largos y gafas de sol (Aunque estaba muy nublado), que les preguntaron qué hacían.

El del 37 les dijo que la señora del 10, que es muy machorra, le aventó una jarra con agua de Jamaica a su marido; pero no le dio, y la jarra salió por la ventana a estrellarse en el patio, y estaban limpiando el cochinero. Y recogiendo un charquito, les dijo que si querían un poco. Ellos negaron y se fueron. Sin saber por qué, todos respiraron, aliviados; y alguno hasta empezó a reírse.

Mientras tanto, los niños se habían metido al 44, “a ver que encontraban”. Pero se fueren defraudados, porque no habìa sangre ni nada interesante. Sólo el hijo del señor del 37, que es tan hocicón como el padre, encontró un agujero en una pared. Se puso a hurgarlo y sacó un pedazo de metal aplastado, que luego guardò junto al rosario de su primera comunión y las  velitas de su último pastel de cumpleaños.

Las habladurías circularon toda la tarde; que si eran espías, que si agentes de la KGB o del FBI, que lo del novio era una mentira, que si era cosa de la mafia…

-¿La mafia del poder? – preguntó la del 8, aterrada. Pero nadie le contestó.

Como estaban todos muy nerviosos, el portero les pasó esa noche una película muy vieja que se llama “Pérdida·”, que hizo llorar a todas las viejas a moco tendido (No sé dónde tienden esos mocos,  ni cómo, pero es una manera muy popular de llorar). Y el señor del 37, espantado por lo que hacía la protagonista de la película le dio a su vieja una paliza espectacular. Por si acaso.

A los dos días ya habían olvidado el incidente. Mejor, para que no armaran más chismes.

Te quiere

Cocatù



Número 32 - Agosto 2019
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