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Cartas a Tora CXIX

Viernes, 08 de Febrero 2019 - 14:10

Autor

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Hubo una tragedia en la vecindad, pero nadie se dió cuenta. Yo sí, porque ando en todas las viviendas, fijándome en lo que pasa, para tener algo que escribirte. Y ésto fue lo que le pasó a la Mocha.

Creo que no te lo había dicho, pero la Mocha trabaja en una compañía no muy grande y un poco primitiva, que hasta hace poco usaba máquinas de escribir y sumadoras eléctricas. Pero hace unas semanas pusieron computadoras. Y para ello, tuvieron que enseñarles a los empleados cómo emplearlas. Y la Mocha fue una de las más aplicadas.

Yo empecé a fijarme en ella, porque un día trajo una computadora a su vivienda. Por supuesto, me extrañó. Y me dediqué a observarla. Es una computadora viejita, usada, pero que hace todas sus funciones, aunque a veces se traba; y, casi todos los días, se apaga antes de tiempo (como si estuviera cansada). Pero, bueno, ella se pasaba casi una hora diaria ante su computadora. “¿Qué hace?”, me pregunté. “¿Será que se trae trabajo de la oficina?”, y acabé por dormirme en la mesita donde la puso, para enterarme de lo que hacía. (A mi los vecinos me toleran todo, porque no los molesto y, en cambio, les hago compañía; sobre todo, a los que viven solos).

¿Y qué crees que hacía? Se comunicaba con un señor que vive en Argentina, que se había convertido en algo así como su novio virtual. Un día, picando botones a la computadora (como hacen todos en algún momento de su vida) entró en comunicación con esta persona. Le hizo gracia, y al día siguiente se volvió a comunicar con él. Así empezaron a hablar, y a contarse cosas buenas y malas de sus vidas. La Mocha es muy discreta, y nunca anda contando sus problemas a las vecinas. Pero en este caso, como el señor está tan lejos y ni siquiera le ha visto la cara, se le hizo fácil decirle que estaba sola, que a veces se sentía muy desgraciada, etc. Y él, que le dice cosas parecidas. Muy pronto, ya eran dos corazones solitarios que se que se echaban porras mutuamente. Y un día, sin saber cómo, se dió cuenta de que estaba enamorada de él y él, de ella. ¿Te imaginas? Sin haberse visto ni en retrato.

Las cosas se fueron calentando, y él le pidió que se vieran en algún lugar neutral, lejos de todo y de todos, porque quería gozar de su compañía en exclusiva, y sentir que era suya, sólo suya. A ella le dió miedo una pasión así; pero sus palabras le llegaron muy adentro, a donde nadie había llegado; y ya estaba a punto de decirle que sí, cuando se acordó del bebé.

¿Te acuerdas tú de él? Es un  bebé que un día dejaron en la puerta del portero, y que éste iba a tirar a la basura; pero la Mocha se apiadó de él y se lo llevó. Tiempo después lo adoptó, y lo ha criado como si fuera hijo suyo. Lo adora. No hay otra palabra para expresar lo que siente por él. Y temió que el amor del argentino ese fuera tan brutal que le exigiera dejar al niño… y no pudo. Así que una noche, sacando fuerzas de flaqueza (es una forma de hablar,  por supuesto), le escribió para despedirse de él. Apenas acabó se echó a llorar, y fue a tirarse en la cama, para llorar más a gusto.

Todo esto la del 27 y la del 56, que son de las más chismosas de la vecindad, lo vieron por la ventana, y ya se iban a meter a ver qué decía la computadora. Yo me indigné. Ya me imaginaba lo que iban a contar después en los lavaderos, y decidí evitarlo; así que les planté cara, decidido a no dejarlas pasar. Ellas se rieron y me dieron un manotazo. Yo, furioso, me lancé a desconectar la computadora. Con los dientes, ¿con qué otra cosa? Pero como los gatos tenemos saliva en la boca,  hubo un corto circuito, una chispa horrible, y me quemé los bigotes y la mitad de la cara. Ellas se enojaron y me lanzaron un puntapié;  pero yo me fui sobre ellas, las mordí, las arañé e hice todo lo que pude para echarlas. Y lo logré.

La Mocha llegó corriendo el oír el escándalo. No se enteró de lo que había pasado, pero me vió herido y mohíno. Sin preguntar nada, me lavó la herida; y si no hizo más fue porque yo no lo permití, pues me escabullí a la azotea en cuanto pude.

Después, la Mocha se llevó al bebé a dormir a su cama. Y me impactó mucho la cara de felicidad que tuvieron los dos durante toda la noche.

Yo me escondí junto a los cuartos de azotea, porque la quemada me ardía mucho y no quería hablar (maullar) con nadie. La gatita rubia se me acercó,  y se puso a lamerme toda la quemadura. Yo creo que fue eso lo que verdaderamente me curó (y si digo que me lamió, es porque eso fue todo lo que hizo. No seas mal pensada).

Como puedes ver, la tragedia de la Mocha no fue apreciada por nadie. Mejor, porque no la hubieran entendido.

Te quiere

Cocatú                                                                       



Número 32 - Agosto 2019
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