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Cartas a Tora CVIII

Viernes, 09 de Noviembre 2018 - 15:35

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Enrique Delgado Fresán

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Cartas a Tora CVIII

Querida Tora:

            Con motivo de las celebraciones del Día de Muertos, hubo un desfile, la gente se pinta la cara como calavera y así anda en las calles y en televisión siguen explotando la fecha. Sobre todo en los programas de la mañana, que sólo se tratan de concursos y jueguitos y alguno que otro chiste malo. Yo, la verdad, ya estoy cansado y prefiero subirme a la azotea y maullarle a la luna (cuando hay, porque con estas lluvias, el cielo suele estar siempre nublado).

            El caso es que hay un muchacho, el del 18, que quiere ser actor. Se lo ha tomado muy en serio (afortunadamente), y se metió a una academia a estudiar actuación, y anda siempre haciendo “castings” (así, en inglés, que suena más interesante) para buscar trabajo. El padre está desesperado, porque no le ayuda en nada y es el que más come de todos los hijos; pero la madre dice que hay que apoyarlo. Y ni modo, donde manda capitán no gobierna marinero.

            Pues el otro día llegó el muchacho diciendo que le habían dado trabajo en un programa matutino, que tenía que presentarse el día siguiente a las cuatro de la mañana. Toda la familia entró en caos; y la madre, en éxtasis. El muchacho se pasó el día haciendo ejercicio para tener los músculos bien presentados. A las dos de la mañana ya estaba bañándose (la madre quiso ayudarlo, pero él se negó rotundamente, alegando que ya tenía edad para bañarse solo). La señora le preparó un desayuno abundantísimo, ocupando la comida de la familia para toda la semana; pero él dijo que le bastaba con un juguito de naranja para estar ligero y flexible, sin las molestias de una digestión pesada. Era lo único que la señora no tenía, pero salió corriendo a una tienda de conveniencia, donde encontró uno,  adicionado con vitaminas y minerales “que le iba a hacer mucho bien”. El chico se lo tomó haciendo gestos de asco, pero tratando de mostrarse agradecido (por lo menos).

            A las ocho de la mañana, toda la vecindad estaba en el patio, frente a un televisor que los del 18 habían sacado. Y en cuanto empezó el programa le empezaron a echar porras y gritos de ánimo. El programa se desarrolló como habitualmente lo hace, sin nada de interés. Sólo de vez en cuando salían dos “calacas”, hombre y mujer, con unas cabezas enormes hechas de cartón pintado, que levantaban los brazos y excitaban a la gente a aplaudir (porque si no, no se oía ni un aplauso). Los vecinos se empezaron a disgregar. Algunos con razón, porque tenían que irse a trabajar, y no sabían a qué hora aparecería el del 18. Otros se fueron a desayunar, pidiendo que les avisaran cuando saliera, y unos se llevaron el desayuna al patio, para no perderse nada.

            De pronto, la señora del 18 gritó “¡Ahí está! ¡Ahí está m’hijo!”. Todos se atropellaron por llegar cerca de la pantalla, y lo único que vieron fue a la calaca masculina subiendo y bajando los brazos. “¿Cómo sabes que es él?”, le preguntaron algunos. “Porque esos zapatos se los compré yo ayer, para que se viera muy guapo en televisión”.

            No sé cómo contarte lo que ocurrió a continuación. Desde luego, se oyó un lamento de desilusión, y los vecinos empezaron a retirarse a sus ocupaciones habituales; la madre lloraba de emoción, el padre se desquitó  pateando a sus otros hijos, y la abuelita sufrió un síncope (no fue el corazón; era que no había desayunado, así que no te preocupes). Algunos quisieron felicitar a los papás; pero el padre obligó a su esposa a meterse a la vivienda y les contestó con unos cuantos gruñidos.

            El chavo regresó hasta en la tarde, más bien anocheciendo, porque se habían ido a celebrar con la calaca femenina, que también debutaba en televisión. Venía eufórico, porque le dijeron que había estado muy bien (no aclaró quién se lo había dicho), y que si seguía así le esperaba un brillante porvenir, así que tenía que estudiar mucho. Lo que le pagaron se le fue en invitar a la muchacha esa unos refrescos (no aclaró que llevaban piquete), y tenía un hambre fenomenal, así que se acabó  todo lo que había en la casa.

            El día siguiente, la madre empezó una novena para dar gracias por el éxito de su hijo y fue con la prestamista de la esquina para poder dar de comer a la familia esa semana.

            No sé qué comentarte de este asunto. ¿A ti qué te parece?

Te quiere

Cocatú



Número 28 - Abril 2019
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