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Cartas a Tora CV

Viernes, 19 de Octubre 2018 - 12:40

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    Estuvimos de fiesta, porque se cumplieron 100 años de que la vecindad fue inaugurada. Para eso, la arreglaron de arriba abajo (poco, no vayas a creer). Como el portero se sintió muy democrático, hizo una consulta entre los vecinos para que dijeran si aprobaban la “re-modelación” o no. Nada más tenían que contestar “Sí” o “No”, e indicar qué color les gustaba más (esto último los intrigó mucho y hubo en el patio numerosas discusiones).

    Para eso, puso una mesa que atendían tres de sus guaruras. Los vecinos tenían que pasar, identificarse (como si no los conocieran de años); les daban una boleta con la pregunta impresa y abajo tenían que dar su respuesta. Muy fácil, pero los que no practican mucho la lectura no entendían muy bien y hubo que poner a un guarura a leérselas un voz alta e indicarles dónde poner las respuestas, por eso se hacían colas que duraron todo el día y a la hora de cerrar todavía faltaban todos de los cuartos de azotea. Pero a esos les dijeron que se hubieran levantado más temprano y cerraron la casilla.

    La respuesta a la primera pregunta fue casi unánime: Sí. No sé qué se imaginaban los vecinos que es re-modelación porque creyeron que no sólo iban a cubrir el agujero del patio y a rehacer los lavaderos, sino que les iban a poner elevador y pisos de cerámica o de mármol; se sintieron un poco desilusionados al enterarse de que la re-modelación consistía en pintar la fachada y el patio. En lo que sí hubo problema fue en el color de la pintura. Ahí hubo como cuarenta respuesta distintas; unos querían rojo, otros azul, algunos la querían a rayas moradas y amarillas, y otro dijo que negro. En vista de tal disparidad de opiniones, tras hacer el recuento de los votos, el portero dijo que estaban empatados beige y verde, pero que él tenía voto de calidad y que se iba a pintar de color blanco ostión, que es muy sufrido y luce mucho las noches de luna llena.

    Se pidió a los vecinos que cooperaran con su trabajo, y ellos la pintaron. Excuso decirte que algunos sólo dieron unos brochazos y se fueron, agotados; y acabaron los más cumplidos, como siempre. No quedó mal, porque le echaron amor y buena voluntad.

    El día de la fiesta vino la dueña con su hija, una muchacha flaca y pecosa que miraba todo con cara de “Yo no quería venir, pero me trajeron a fuerza”. La dueña traía un abrigo de pieles negro, que les hizo el día a las vecinas porque pudieron murmurar a placer.  Y todo porque cuando la señora se sentó, la gatita rubia (mi amiga, sí), se le subió a los hombros y empezó a lengüetearle el abrigo. Y por más que la señora la espantaba, la gatita volvía a la carga. Las vecinas empezaron a reírse, porque la del 36, que es muy maliciosa, dijo que había reconocido a su padre (la verdad es que sí, el abrigo olía a gato). La única forma que hubo de espantar a la gatita fue echarle una cubeta de agua pero el despistado que lo hizo mojó a la señora y a su hija, y todos lo pusieron como lazo de cochino (nunca he visto a un cochino con un lazo, pero así se dice. Ya te imaginarás lo que significa, ¿no?).

    A mediodía la señora mandó traer un “ambigú”, que a todos intrigó mucho porque no sabían lo que era. Pero se trataba de unos cuantos volovanes, unos sandwichitos de quién sabe qué y algo parecido a pastelitos individuales de colores muy raros. Nadie se atrevió a probar nada. Los niños sí, ellos arramblaron con todo y todavía pedían más, así que las viejas se fueron a traer de sus viviendas lo que tenían del día anterior. La señora les pidió “una probadita” de todo, los niños se quedaron sin comer y no digamos los adultos. Ellos tuvieron que ir al King’s a comprar tacos para todos (que los pagaron ellos, no vayas a creer). Pero como la hija de la señora estaba junto a la puerta, se servía la primera y les causó grandes bajas; pero sólo así se le quitó la cara de asco que traía y al rato ya estaba platicando con uno de los del 41 (aquí entre nos, te diré que se lo quiso llevar a su casa, pero su compañero lo defendió a capa y espada y le dijo lo que no te imaginas. Tan modosito que se ve y ese día le salió lo más florido del lenguaje del cargador).

    La señora se molestó porque encontró una cucaracha en su “cuba”,  se la echó a la cara al portero y se fue, echando pestes. La Flor, que estaba esperando que le pidieran que cantara, le reprochó su imprudencia y se fue también, jurando no volver en toda la semana, a ver qué hacía por las noches sin ella (ni su prima, por supuesto).

    Los que pagaron el pato (¿cuál pato?, me pregunto) fueron los guaruras, porque el portero los castigó a pan y agua hasta que volviera la Flor. Los vecinos también, claro, pues no sólo compraron los tacos, sino también una caja de tequila porque la botella que trajo la señora no alcanzó para todos. Pero quedaron contentos y se desvelaron hasta la una de la mañana, “porque al otro día tenían que ir a trabajar”.

    Yo también me fui a dormir, con una sensación extraña, mezcla de alegría, de tristeza y de coraje. ¿Te imaginas?

Te quiere
Cocatú



Número 29 - Mayo 2019
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