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CARTAS A TORA CLXXVII

Viernes, 08 de Mayo 2020 - 09:10

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    La semana pasada hubo un rebumbio tremendo en la vecindad (Rebumbio: aparece en el diccionario. Pero para que no te canses, te diré que significa ruido,  alboroto, escándalo. No te molestes en agradecérmelo, ya sabe que estoy para servirte). Pero causó mucho miedo entre los vecinos, por no decir pánico, que se oye más feo.

    El asunto empezó una noche de luna llena, que es cuando salen los hombres lobo a morder a la gente decente. Hay algunos que le tienen mucho miedo a la luna llena, y yo creo que eso influyó para que el asunto fuera tan inquietante. Pues una noche de luna llena, a las horas en que todos están profundamente dormidos, salvo los muy trasnochadores, se oyó un grito espantoso, seguido  por varios gritos cortos y alarmantes. Todo el mundo se asomó a los pasillos, y algunos salieron con  la poquísima ropa que usan para dormir, preguntando qué pasaba. Y de pronto, vemos salir por una ventana a la chava del 46, desmelenada y gritando, como viva encarnación de la Llorona (Ya te diré en otro momento quién es esta simpática mujer). Todas las viejas, incluidas su mamá y hermanas, corrieron a ver qué le pasaba. La pobre apenas podía hablar, y señalaba desesperada a su cuarto. Cuando logró articular palabra, dijo que “algo” se le había echado encima, y que creyó ver llegada su hora (no dijo la hora de qué, pero todas se estremecieron de espanto),

    Extremando precauciones, algunos vecinos entraron al cuarto; lo revisaron de arriba abajo, y no encontraron nada que fuera impropio de una señorita de 16 años, y así lo dijeron a los demás. Pero la chica juraba que “algo” la había asaltado. El resultado fue que esa noche ya no durmió nadie.

    Dos o tres noches después, lo mismo; pero con la del 58, que ya empieza a oler a flor de cempasúchil; y ésta gritaba que no era justo que, después de haberse defendido de los hombres con uñas y dientes durante más de 80 años, fuera a terminar deshonrada así. Otra vez entran los vecinos a revisar el cuarto, y la vivienda entera; y lo único irregular que encuentran son unos frijoles cocidos sin epazote (hierba que da un sabor especial a los platillos que la emplean).

    Te voy a dar una pista, a ver si adivinas lo que pasaba: las dos noches hacía mucho frío.

    ¿No? Pues sigo. Otra noche de frío, otro grito que helaba la sangre, proveniente del 32. Pero esa vez, yo vi salir algo por la ventana de esa vivienda, una cosa (por no tener otra palabra más adecuada) que corría despavorida hacia la azotea). Después salió la chava, con los pelos parados y el camisón empapado. La misma investigación de las otras veces, con  el mismo resultado.

    Y el sábado siguiente… No te impacientes, que ya voy a terminar. El sábado siguiente, el grito fue de hombre. ¡Era el del 37, corriendo por el pasillo con los calzoncillos agujerados que tan bien le conocemos! Y lo mismo, que “algo” se le había echado encima con intenciones indecorosas. Y exigió que viniera el portero a hacer las averiguaciones pertinentes (no le conocía yo un vocabulario tan extenso).

    Llega el portero con sus ocho guaruras, y el del 37 le exige que entre a su vivienda y averigüe qué pasa. Él se negó, alegando el derecho a la privacidad de los inquilinos. Pero el del 37 le dijo que qué privacidad ni qué moco de pavo (¡qué grosero!, ¿verdad?), y casi lo mete a fuerza. Pero el portero (que en realidad tenía miedo, pero no lo quería demostrar), se atrancó bien y dijo que primero debían entrar los guaruras, que para eso les estaban pagando. Y ante ese argumento incontestable, los vecinos accedieron.

    Y allá van los ocho muchachos, dándose valor unos a otros y chiflando sin parar, hasta la recámara del 37. En cuanto entran ven dos cosas brillantes que parecían ojos de hombre lobo desvelado, y salen despavoridos. Y tras ellos, lanzando miradas de furia y sacando la lengua con desesperación, iba Cloti.

    No te acuerdas de Cloti, ¿verdead? Es una iguana, propiedad del chavo del… de no me acuerdo qué vivienda. Resulta que la familia se fue hace unos meses, y la dejó en la vecindad. El niño la anduvo buscando por todos lados, pero nadie supo darle razón de ella, y la tuvo que dejar.  ¿Y sabes cuál es la explicación de tan pavorosos asunto? La iguana es animal de tierra caliente y esas noches de frío se estaba helando, y no se le ocurrió mejor idea que irse a meter a las camas de los inquilinos para calentarse.

    El portero aprovechó para echar un discurso sobre el cuidado de las mascotas, y luego mandó que metieran a la iguana en una caja de cartón con varios trapos. Allí va a pasar el animalito el invierno, hasta que la temperatura le sea más benigna. Y, por si acaso, los guaruras se turnaron para vigilar que no se escapara. Así terminó el suceso más escalofriante que ha vivido la vecindad.

Te quiere,

Cocatú

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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