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CARTAS A TORA CLXXV

Viernes, 24 de Abril 2020 - 09:55

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    Hay una señora que siempre me cayó muy bien por sensata y trabajadora, pero estuvo a punto de cometer una tontería muy grande. ¿Pero qué crees? Intervine yo. Vas a ver lo que pasó.

    Llegó a vivir a uno de los cuartos de azotea, con su mamá y un hijo de cuatro o cinco años, muy educado, muy formalito, y que siempre sacaba el primer lugar en el kínder. La señora se iba a trabajar, y la mamá se ocupaba del chamaco. Al poco  tiempo, la señora pudo cambiarse a una de las viviendas del primer piso, que tienen más comodidades que los cuartos de azotea y, sobre todo, más privacidad, porque allá arriba… Para qué te cuento.

    Fue entonces cuando empezó a desbarrar. Yo me enteré porque me daba de comer, y yo entraba todos los días a su vivienda como si fuera mi casa. Y allí oía a la señora quejarse de que el padre del niño (como ya te imaginarás, es madre soltera) no quería reconocer al hijo. Es casado, y no quiere dejar huella del desliz que cometió. Ella se enamoró como loca (tenía que ser) y dejó que le hiciera el hijo. Lo aceptó con gusto, porque “era la prueba viviente de su amor”. Pero desde el primer momento, el señor se negó a reconocerlo. A ella no le importó (al menos, no tanto como podías suponer), y lo registró con sus apellidos solamente. Trabajó con ahínco y, como ya te dije, mejoró  mucho sus condiciones de vida. Pero ahora quiere que el padre lo reconozca y le dé su apellido, porque dice que tiene derecho a ello. Y es cierto, por más que el hombre no lo quiera admitir. El caso es que todas las semanas le exige que vaya al Registro Civil y haga el trámite correspondiente. El señor se niega. Ella le grita, lo acosa y el otro día le armó un escándalo en la puerta del lugar donde trabaja. Él, para quitársela de encima, le dijo que sí; pero no cuándo.

    La señora se impacientaba cada día más, y por fin lo amenazó con escribirle a su esposa y contarle la verdad, si no lo reconoce. Eso me parece una imprudencia de su parte, porque no solo no va a lograr nada, sino que va a destruir a otra mujer y a otros hijos. Pero se me ocurrió una idea, y me acosté con ella.    

    ¡Cuidado! ¡Mucho cuidado! No vayas a pensar lo que no es. La señora no me interesa más que como ejemplar de la raza humana en problemas que no puede resolver, y a quien creo poder ayudar. No vayas a pensar que… Ni siquiera me gusta. A los gatos no nos gustan las mujeres. Por otro lado, ¿qué podría yo hacer, siendo gato, con ella en la cama? Absolutamente nada. Ni psicológica ni  físicamente Espero que lo comprendas y entiendas mi punto de vista. Ah, y no le enseñes esto a tu mamá, porque sería capaz de convencerte de que le hice a esa señora las cosas más extrañas del mundo. Mira que la conozco, Y a ti también.

    Terminado este breve exordio (¿qué te parece la palabrita?), te repito: me acosté con  ella, porque con  frecuencia me abraza por las noches y se queda dormida. Yo, entonces, me voy a ver la luna, que es lo que hace un  gato que se respeta. Pues esa noche me quedé a su lado y empecé a decirle al oído que era una mujer muy valiosa, que no se rebajara con ese hombre; que ya llevaba varios años haciéndose cargo de su hijo, y que había hecho muy buena labor; que la vida le da a uno lo que merece, y que cuando el niño creciera iba a ser muy feliz de haberlo criado ella sola, sin  influencias de nadie, por más que fuera su padre. ¿Qué tal si seguía su ejemplo y engañaba a alguna chica? No, mejor que siguiera el ejemplo de ella y fuera un  hombre de provecho.

    Estuve así mucho tiempo, hasta que la vi sonreír. En ese momento supe que el mensaje había llegado al cerebro, y que ella había tomado una decisión.

    Otro exordio (por si acaso). No quise hablarle con mi apariencia habitual, porque lo menos que iba a pensar era que yo era un engendro de otro mundo (en cierta forma lo soy, pero eso a nadie le interesa), y la emprendía contra mí; y a lo mejor me apaleaba o me ahogaba o me hacía algún exorcismo, que yo no sé lo que sea, pero suena muy feo. En la forma que lo hice logré mi cometido, porque la señora no ha vuelto a buscar al fulano ese. Ya la veo muy tranquila y muy contenta con  su niño, que es lo que debe ser, ¿no te parece?

    Te he contado todo esto para que veas que hasta un insignificante animal puede influir en la vida de los seres humanos. ¿Quién lo iba a decir?

Te quiere,

Cocatú

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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