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CARTAS A TORA CLXX

Viernes, 06 de Marzo 2020 - 12:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    ¿Te acuerdas del perro ese que más que perro parece flor? Su dueña lo tiene tan consentido que el pobre es incapaz de hacer nada; y, por el contrario, todos le hacen cosas. Fíjate lo que pasó hace unos días.

    La señora le pone la comida en la azotehuela, para que no le ensucie la casa; porque, a pesar de lo educado que está, a veces le riega la comida y el agua por el suelo. Lo deja comiendo, y luego va a recoger los utensilios que empleó. Siempre le pone croquetas de las más finas que encuentra. Y resulta que un día le puso croquetas de salmón (cuando ella ni siquiera lo ha probado nunca, pero le pareció idóneo para su consentido); y a los cinco minutos entró el perro a la casa, ladrando y pidiendo comida. La señora se puso muy satisfecha, y le dio más, pero a los cinco minutos volvió a pasar lo mismo. Le volvió a servir. Total, que acabó dándole todo el paquete, y lo único que se le ocurrió fue que el animalito se iba a poner muy guapo con  ese alimento.

    El día siguiente, la misma cosa. El perro parecía comer más aprisa cada vez y nunca satisfacerse, al grado que ya tenía que darle dos paquetes cada día. Esto le pareció demasiado caro a la señora, y le compró croquetas de carne común y corriente, pues las comió a la misma velocidad, y parecía seguir teniendo hambre. Temiendo que tuviera una solitaria u otras de esas lombrices que se les meten a los perros, lo llevó al veterinario; pero todos los análisis que le hicieron resultaron normales. Eso la preocupó todavía más, y decidió observar al perro cuando comía.

    El día siguiente le puso la comida y se quedó en la cocina, sentada en una silla, a ver lo que pasaba. Al principio, el animalito empezó a comer con avidez. Pero de pronto, ¿qué crees? ¡Lo vio elevarse en el aire, al tiempo que ladraba furiosamente! Se quedó un momento paralizada, pero salió enseguida a la azotehuela, y apenas alcanzó a cogerlo de una pata y jalarlo. El perro ladró angustiosamente y cayó al suelo junto con ella. Y entonces vio lo que pasaba: lo había enganchado un anzuelo que pendía de un cordón lanzado desde la azotea.

    Subió corriendo a la azotea, pero no encontró a nadie. No se dio por vencida. Se acercó a todos los cuartos, y por medio del olfato localizó las croquetas de su perro. Entró repentinamente, y se encontró a tres ninis que almorzaban la comida de su perro.

    ¡No sabes cómo se puso! Se les echó encima, y casi les sacó lo que ya se habían tragado... Les pegó a los tres; y si no llegan algunos vecinos, los hubiera abierto en canal, al tiempo que clamaba por la salud de su perro, y exigía que le pagaran un tratamiento para curarlo de la anemia que se le iba a declarar. No tardó en llegar el portero. La señora acusó a los muchachos de robo a mano armada (el anzuelo), de intento de secuestro (cuando el anzuelo se enredó en el pelo del animal) y de no sé cuántas cosas más. El portero, que parecía tenerles miedo a los ninis, les pidió que hablaran. Ellos dijeron que no era justo que un perro que más parece flor que perro, se alimentara con salmón, mientras ellos no tenían ni una miserable tortilla que llevarse a la boca. La señora les dijo que trabajaran, que hicieran algo; ellos respondieron que eso no era posible porque ellos habían nacido en un régimen que les había dado el derecho a la vivienda y a la alimentación, pero que no les cumplía; y, por lo tanto, ellos lo único que hacían era aplicar las leyes con sus propias manos.

    Se armó una discusión tremenda, y todos opinaban y gritaban, unos a favor de la señora y otros de los ninis. Por fin, el portero sacó su pistola y echó dos balazos al aire para que se calmaran los ánimos. Luego dijo que la vecindad era un entorno de seres humanos que cumplían con sus obligaciones, y que nadie tenía derecho a desposeerlos de nada. Los ninis volvieron a alegar los derechos a vivienda y comida; pero otros balazos al aire los convencieron de su error.

    Total, que ahora los vecinos ven con desconfianza a los que viven en los cuartos de azotea, y no quieren ni rozarse con  ellos en los pasillos y escaleras, y andan siempre a la defensiva. La señora, en obvio de dificultades, le da de comer a su perro en la cocina; y cuando le ensucia el piso le da unas nalgadas, aunque luego se vaya a su recámara a llorar. Ah, y el portero ya no se quita la pistola de la cintura.

    Como verás, la vida en la vecindad tuvo un cambio dramático. 

Te quiere

Cocatú

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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