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CARTAS A TORA CLXVI

Jueves, 06 de Febrero 2020 - 10:45

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    El otro día subió el portero a la azotea a hacer una “inspección”, a ver que todo estuviera en orden. Mentira. Sube, porque en los cuartos de la azotea vive siempre mucha gente, más de la que manifiestan cuando los alquilan; y para que no los echen, dan al portero una “cooperación voluntaria”. Y allí estaba, recogiendo el dinero, cuando vió que unos niños le estaban tirando piedras a un panal de abejas que se formó en una esquina. Pero no le daban. Y allá va él, diciendo que cuando niño fue el mejor “pitcher” de su escuela y de los barrios vecinos.

    Y la primera piedra que lanzó le dió de lleno. Y lo destrozó. Los niños se lo quedaron mirando, con asombro e incredulidad, y él se echó a reir. Pero, como se dice vulgarmente, la carcajada se le heló en los labios. ¿Y sabes por qué? Porque todas las abejas, enfurecidas, se lanzaron sobre ellos. Los animalitos no supieron quién les había deshecho la casa, y se lanzaron a picar a todos los que encontraban delante. El portero echó a correr, pero ya sus años no le permiten mucha velocidad, y no alcanzó a llegar indemne a la portería. Los niños corrieron más, y se salvaron. Pero las abejas no se conformaron con eso, y se lanzaron a picar a todos los vecinos. En menos de cinco minutos se despejaron el patio, los pasillos y las escaleras, y lo único que se oía era un zumbido gigantesco, amenazador. A nosotros, los animales, no  nos hicieron nada; aunque a mi me parece que nos veían con malos ojos. Pero puede que hayan sido imaginaciones mías.

    Y allí estuvieron las abejas, sin dejar que nadie saliera de sus casas. La única que salía, protegida por un uniforme de bombero que había guardado para un caso extremo, era la enfermera, a atender a los que tenían  muchas picaduras. Y, sobre todo, al portero, que es muy quejica. Cada media hora la llamaba para que le pusiera algo en los piquetes, “porque ya no aguantaba el dolor” o “porque estaba muy cansado”. Y es que, como le picaron en salva sea la parte, no podía sentarse, y con dificultad se acostaba; así que lo tenían suspendido de la lámpara con  unos mecates, porque de pie no aguantaba todo el día. Un día que lo vió muy aguitado, la enfermera le preguntó si quería sus “cuidados paliativos”, y el hombre se echó a llorar porque, según dijo, los dolores eran tan intensos que ya hasta se le habían quitado las ganas, Y le dijo que nada más le pusiera agua de rosas en las ronchas.

    En la vecindad fue una tragedia. Algunos tenían algo de comida en el refrigerador, pero otros no tenían nada y el primer día se quedaron en ayunas. Después, algunos lograron cubrirse con ropas gruesas y pudieron salir, y les traían el mandado a los demás, con  la ayuda de una pequeña recompensa, por supuesto; pero esa recompensa fue subiendo conforme pasaban las horas, y llegó el momento en que ya prefirieron no comer y aprovechar para bajar de peso. Porque las abejas no se iban. 

Hasta que al portero se le ocurrió una idea. Mandó a sus guaruras que se protegieran como pudieran, y salieran a traer ramas y hierbas secas, y que las amontonaran en el patio. Hubo muchas protestas de los muchachos, pero tuvieron  que obedecer (Al fin y al cabo, el portero es su padre, o su tío, o qué sé yo qué). Y luego, mandó que le prendieron fuego a todo aquello.

Se hizo una hoguera inmensa, que ahuyentó a las abejas. Pero también a los vecinos. No es que hubiera peligro de incendio del inmueble, porque los guaruras, picados y enronchados como estaban, tenían mangueras preparadas para apagar el fuego en cualquier momento. Pero el humo y los gases que las ramas despedían casi ahogan a los inquilinos. La del 57, que es vieja y flaca, aspiró tanto humo que estuvo dos días echándolo fuera de los pulmones; y el señor del 37, con lo bronco que es, no hacía sino escupir carbón.

Cuando la normalidad se restableció, el portero fue a casa de los niños con los que estuvo tirándole al panal, y los acusó con sus mamás de haber causado el problema. Y cuando los niños se defendieron  diciendo que él había sido quien destrozó el panal, los acusó de mentirosos y cobardes, y pidió un castigo ejemplar para todos. Los padres, indignados, prohibieron a sus hijos salir a jugar al patio durante unos días. Pero el portero, todavía adolorido y sin ganas de cuidados paliativos, cada vez que los encontraba en el patio les daba un puntapié o un  pellizco.

Los niños juraron  que se iban a vengar de él, pero en cuanto les levantaron  la prohibición de jugar en el patio se les olvidó. Menos mal, porque hubiera sido terrible una guerra entre los niños y el portero. Que yo no sé quién hubiera ganado. Pero más vale no pensar en ello. Ya están las cosas en paz, y ojalá así sigan.

Te quiere

Cocatú

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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