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CARTAS A TORA CLXIV

Miércoles, 22 de Enero 2020 - 18:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    Hoy te tengo una historia que me gusta mucho. Es sobre el muchacho del 43, hijo único de madre y de abuela solteras (Que yo sepa). Yo no lo conocí de niño. Dicen que era muy mono, muy educadito. Pero al llegar a secundaria se juntó con lo más malo de la colonia, y se hizo peor que todos ellos juntos. Llegaba a su vivienda (Si es que llegaba) a la hora que le daba la gana; y si le quitaban la llave, rompía un vidrio y se metía por la ventana; bebía todo lo que encontraba que tuviera alcohol, hasta el jarabe para la tos; les robaba todo lo que podía, al grado que ellas tuvieron que pedirle a una vecina que les guardara el dinero porque, lo escondieran donde lo escondieran, lo encontraba; exigía la comida que a él le gustaba y la que no, la tiraba por la ventana (Con el correspondiente disgusto del vecino a quien le caía encima); ponía el radio a todo volumen, porque de otra forma no podía dormirse (Y los que no dormían eran los vecinos). Los vecinos empezaron a llamarle “El Descarado”, por todo lo que hacía; pero se les hizo largo, y lo acortaron a “El Descaro”; también era largo, y acabaron por llamarlo Desi. Hasta en la escuela lo llamaban así.

Un día (Y esto sí yo lo vi), el tal Desi llegó con  una muchacha del hotel de la esquina y quiso meterla a su casa “porque lo que le daban de domingo no le alcanzaba para pagar el cuarto”. Ahí, las dos mujeres estallaron y lo echaron de la casa, con orden de no volver. Desi armó un escándalo como nunca se había visto en la vecindad (Y eso que no tenía pistola), y empezó a patear a los niños que jugaban en el patio. Entonces bajó la Mocha y le habló fuerte, como le habla al portero cuando se pone flamenco (¿Qué tendrán que ver los flamencos con  las majaderías del portero?); y Desi dobló las manos. “Milagro”, pensé. Y sí, casi fue un milagro, porque la Mocha se lo llevó a su vivienda. La chava empezó a protestar, diciendo que ella ya había cumplido con el tiempo que le dedica a cada cliente. ¿Y qué crees que hizo la Mocha? Le pagó lo convenido y le dijo que se fuera con viento fresco (¿Por qué fresco y no cálido?).

    Al muchacho no se le vió en varias semanas, y los chismes empezaron a decir que la Mocha se lo había comido en salsa verde o que lo había vendido a un traficante de blancas. Pero no te alarmes. Lo que hizo la Mocha fue llevarlo a un centro de tratamiento de alcoholismo, donde estuvo internado. Claro que él no quería, y trató de escaparse varias veces. Entonces, la Mocha lo sacó un día “de paseo” y lo llevó a una ciudad perdida. Y allí, dentro de tubo de esos de drenaje, le enseñó a un señor joven todavía pero con  cara de viejo (Más que viejo, de idiota) que, sin embargo, alcanzó a sonreírle y a tender la mano. Ella le puso unos billetes en la mano y él salió corriendo (Es un decir, porque chocaba con todos árboles que encontraba y se caía en todos los hoyos). Y le dijo a Desi: “Ese es mi hermano. Y también es tu padre, que jamás se ha ocupado de ti. Creo que ni siquiera sabe que naciste, porque cuando tu madre se lo dijo estaba en ‘pleno “viaje”, y jamás ha regresado. Ahora está peor, y ya sólo deseo que se muera, para que deje de sufrir”. Y se llevó a Desi a su vivienda, ya no al centro de tratamiento.

    Allí estuvo encerrado varias semanas. A veces se le oía gritar y llorar, pero la Mocha no dejó ent4rar a nadie a verlo, ni siquiera a la madre ni a la abuela. La Mocha iba y venía, con papeles y libros (Y siempre llevaba al bebé que recogió, ¿te acuerdas? Ya empieza a caminar). Y un día salió Desi, con ropa nueva y muy peinadito, y regresó con un papel bastante grande, que a todos intrigó. Esa noche, la Mocha le hizo un pastel de chocolate (Y no era su cumpleaños).

    El día siguiente Desi volvió a salir y regresó con un mariachi; lo llevó hasta el 43 y le pidió que empezara a tocar. El mariachi se arrancó con todo el ímpetu de sus corazones (Cursi, pero sentido) y tocó varias canciones seguidas. La madre y la abuela salieron, asustadas; pero el susto se convirtió en emoción al ver quién traía la música. Todos los vecinos se congregaron allí, y los miraban enternecidos. Y cuando las señoras besaron a Desi, aplaudieron con entusiasmo. Entonces, el chavo sacó el papel que había traído el día anterior y se los mostró. ¡Era su certificado de secundaria! La Mocha había conseguido que le dieran exámenes extraordinarios; lo hizo estudiar día y noche (Por eso los gritos y los llantos, yo creo), y logró que aprobara todas las materias.

    Luego, Desi llevó el mariachi a la vivienda de la Mocha, y también le dedicó unas canciones. Ella también se emocionó, y todos se abrazaron, hasta el bebé, que no sabía lo que hacía, pero quiso participar.

    Esta vez todo salió bien. No  sé si sería por eso, pero esa noche todos los gatos nos pusimos a maullar a coro en la azotea. A lo mejor fue por imitar al mariachi, pero nos salió muy bien.

    Te quiere

    Cocatú

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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