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CARTAS A TORA CLXIII

Viernes, 17 de Enero 2020 - 11:40

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

    Creo que no te he contado de los vecinos del 17. No tienen mucho tiempo en la vecindad. Son una pareja muy agradable, muy atenta, que pronto entablaron buenas relaciones con los demás, aunque se mantenían un poco al margen de muchas cosas, pues nunca intervinieron en pleitos ni argüendes de viejas. A mi me caían muy bien, y como me echaban buenos pellejos, siempre andaba yo rondando su casa.

    Así me di cuenta de que la señora fumaba mucho; y, además, que el cigarro le hacía daño, porque tosía como una descosida (No sé de ninguna que tosa como una cosida,  pero ahí te lo dejo para que lo pienses). El le rogaba que lo dejara, y le compró algunos métodos para dejar de fumar. Uno consistía en ponerse unos parches con nicotina, para no sentir la necesidad de esa substancia y alejarse del cigarro. ¿Pero qué crees? Se aficionó a los parches, y entonces era el cigarro y los parches (O sea, doble mal). Recurrió al hipnotismo,  y eso sólo le sirvió para andar por la vivienda como dormida. Tuvo pláticas, cursos y tratamientos, pero sin resultado. Por fin, un día el señor le dijo que ya no le iba a dar para cigarros. Ella dijo que se aguantaría como las machas. Pero esa noche, cuando me asomé a su vivienda, la encontré colgada de la lámpara (De veras, no creas que exagero). ¿Cómo logró llegar a la lámpara? ¿Subiendo por las paredes? No. Sólo que tuviera genes de mosca o de araña. ¿Brincando? A lo mejor, si es que tenía genes de chango; lo cual pudiera ser por eso de la evolución. El caso es que se columpiaba y saltaba al armario; y de ahí a la cama, y otra vez a la lámpara y… No te quiero hacer el cuento largo. Basta con  decir que algunos vecinos oyeron el escándalo que hacía y corrieron a ver qué les ocurría. Pero el señor les dijo que era la televisión, un documental sobre la selva que estaban viendo. Se lo creyeron a medias, pero desde ese día empezaron a mirarlos con cierta desconfianza.

    Y todo era por la falta del cigarro, que la señora se ponía nerviosa y se descontrolaba. Hizo todo lo que pudo por dejarlo, me consta; pero le resultaba imposible. El señor se enojaba, le gritaba (A veces, y no mucho), la amenazaba con castigarla, le prometía abrigos de visón, le daba “medicinas” para que el tabaco le causara repugnancia… Todo inútil. Y el caso es que la señora cada día tosía más. Un  día que estaba desesperada por una hora de abstinencia total, empezó a fumar de dos en dos cigarros, y la tos se le duplicó, al grado que no podía respirar, y hubo que llevarla al sanatorio para que le pusieran oxígeno. Y con todo y el oxígeno, fumaba. Yo creo que sobornaba a las enfermeras para que le compraran cigarros.

    El señor se desmejoraba más que ella. Estaba pálido, y perdió 10 kilos de peso. A veces se levantaba con las manos temblorosas, y apenas podía llevarle a la mujer su taza de café matutino. Casi no comía, porque ella exigía que lavara los ceniceros “porque olían muy mal”. Y de dormir, no digamos. Ella dormía muy poco, excitada por la nicotina, y le pedía que le platicara algo para no aburrirse.

    Por fin, el señor se dio por vencido, y todos los días le llevaba un paquete de cigarros con veinte cajetillas. A veces, el paquete apenas le duraba para la noche. Y la señora volvió a ser la esposa dulce y obediente del principio de su matrimonio. Pero un día, la tos fue más fuerte que la señora, que los médicos y que los aparatos para respirar, y la señora se fue (No vayas a creer que se fugó: se fue al otro mundo, como se dice).

    El señor le hizo un  entierro muy lucido, que fue la envidia de todos los vecinos, pues hubo licor en abundancia. Y el señor brindó con todos, hasta que cayó dormido en un rincón del velatorio, y a duras penas pudo asistir al entierro. Estaba lloroso, acongojado, inconsolable. De verdad. No estaba fingiendo.

    Al principio, no podía dormir más que tomando tranquilizantes. Pero poco a poco se fue haciendo a la idea de que ya era viudo, y empezó a parecer más relajado. Entonces me vino la idea de que a lo mejor le había incrementado a la esposa los cigarros para precipitar su fin y que dejara de sufrir. Sabes que yo no apruebo la eutanasia, pero como que me pareció que estaba algo justificado. Pero un día que lo vi sonreir a las vecinas y aceptar una copa que le invitó el del 12, me di cuenta de la verdad: Sí, le incrementó a sabiendas la dosis de nicotina, pero lo hizo en defensa propia, porque ya no podía más.

    Y, además, hizo feliz a la esposa. Por un tiempo corto.

    A pesar de todo, le sigo teniendo simpatía.

Te quiere

Cocatú.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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