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Cartas a Tora CLXII

Viernes, 10 de Enero 2020 - 09:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Hay una señora, la del 8, que vive sola en compañía de su perro. Más que perro, es flor. Se llama Orquídea (Es hembra, y eso explica un  poco las cosas).  No sabes la cantidad de ropa que tiene el animalito. Ella misma se la hace: le toma medidas, busca las telas más apropiadas para el modelito que se le ocurrió, le cose y le prueba hasta que el vestido le quede a la perfección; luego le compra accesorios, mascadas, pashminas y hasta joyas. Leíste bien: joyas.  Claro que no son piedras preciosas; son de plástico, pero dan el gatazo (esto no tiene nada que ver con los gatos, osease, conmigo; pero así se dice).

Pues fue el cumpleaños de la perrita, y la señora le organizó una fiesta, a la cual invitó a todos los perros de la vecindad; menos al del 59, que es muy corriente y siempre anda sucio. Llegaron todos muy acicalados, aunque ninguno llevaba vestido ni traje, porque sus dueñas no quisieron gastar en eso (bastante era tener que llevar el regalo para la festejada).

Ese día, la del 8 llevó a Orquídea al salón de belleza para que le tiñeran el pelo y le hicieran unas luces de color castaño en la zona de la cabeza.

Hubo carreras, juegos de habilidad y destreza (todos los ganó la perrita del 8 que, por lo menos, está muy bien  educada). Los otros perros se negaban a obedecer y, cuando mucho, ladraban a destiempo. La comida fue un verdadero banquete: Croquettes de Agneau au Vieille Paris, Croquettes au Vin Blanc, Croquettes au Vin Rouge (imagínate cómo se pusieron todos) y, de postre, Gateau (tampoco tiene que ver conmigo) au l’Orange  (si tengo faltas de ortografía, así estaban en el menú que circuló esa tarde y que todas las viejas se llevaron de recuerdo. La del 37 lo enmarcó  y lo colgó en la sala). Y una pequeña orquesta de cuerdas armonizó el evento.

Claro, toda la vecindad salió a participar de la fiesta (se hizo en el patio, a pesar de la oposición del portero): Y todos los habitantes de la azotea, incluídos los humanos que allí viven, nos asomamos a ver. Todo iba de maravilla, hasta que el perro del 59 saltó  por la ventana (lo habían dejado encerrado, para que no incordiara) y se robó una Croquette. No sé si fue por efecto del vino que esta contenía, pero se puso como loco: empezó a saltar, a morder a los invitados (ante el espanto de todas las viejas), a ladrar como si le fuera en ello la vida y, finalmente, a lamer a la festejada. ¡Hubieras visto cómo se puso la señora del 8! Empezó a darle de escobazos, pero el animal no cedía. Y lo peor era que la perrita parecía muy contenta, Cuando la señora del 8 logró darle una patada que lo lanzó al extremo del patio, ella corrió a lamerle los raspones. La dueña se desmayó, pero despertó al ver que la perrita no se apartaba de “aquel patán”. Y cuando los vio encaminarse hacia la puerta de la calle gritó para llamar a la policía y a los bomberos para que los detuvieran. Por supuesto, ninguna de las corporaciones acudió, y tuvo que salir ella a corretearlos por la calle. Pero los animales eran mucho más veloces que ella, y pronto la dejaron atrás.

La pobre mujer cayó en cama, y las vecinas se turnaban para atenderla. El portero se presentó, un día para decirle que se alegraba de lo sucedido, y que nada hubiera pasado si le hubiera hecho caso. Todas lo abuchearon, pero él se fue tan orondo. Por fin llamaron a un cardiólogo, que le recetó un reconstituyente, y la señora logró abandonar la cama.

Así pasó una semana, durante la cual la señora dejó de comer y lloró de las seis de la mañana a las ocho de la noche. (después no, porque empezaba su tele-novela, y necesitaba distraerse un poco y, por fin, Orquídea regresó. ¡Pero en que estado! Ya no era una flor, era un cardo pinchurriento. Del magnífico vestido de organdí quedaban unas cuantas hilachas; las luces de color castaño estaban más negras que el alma de un político, los ricitos que le hicieron a los lados de las orejas eran mechones lacios y disparejos; y el coqueto sombrerito parecía tamal podrido. Pero eso sí, venía muy contenta.

La señora le perdonó todo, la bañó, la llevó a que le hicieron un ondulado permanente y la tiñeran de rubia platino, le hizo nuevos vestiditos y la sacó a  pasear. Las vecinas decían con sorna “a ver si no le sale dentro de unos meses con unos bastarditos”.

Pero no. La del 8 la había mandado operar tiempo atrás. Se conoce que ya había tenido experiencias similares en el pasado.

Bueno, mi amor, hasta la próxima.

Te quiere

Cocatú


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Número 35 - Noviembre 2019
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