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Cartas a Tora CLVIII

Viernes, 06 de Diciembre 2019 - 09:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Otra vez hubo agitación en la vecindad, y por lo mismo de siempre. Empezó por un olor terrible, que invadió todas las viviendas; y eso recordó a los vecinos el asunto de los baños, luego lo de los lavaderos, el hoyo en el patio, las escaleras en mal estado, y tantas cosas que hay que arreglar en la vecindad. Entonces empezaron a murmurar, a juntarse en grupitos y a decir que iban a exigir al portero que cumpliera con su deber. Como siempre.

Los guaruras corrieron con el chisme. Como siempre. El portero se preparó a combatir lo que parecía el principio de una insurrección. Y al cabo de unos cuantos días, inventó (esa es la palabra: inventó) que iba a cumplirse un aniversario más del día en que había tomado posesión de su cargo, y decidió que eso ameritaba una fiesta. E invitó a  todos los vecinos a celebrarlo con él el domingo siguiente, todo el día, en el patio.

Los vecinos se animaron, pues a todos les gustan las fiestas, y llegaron al domingo con  ganas de divertirse mucho. La cosa empezó muy bien, con un grupo de niños cantando las “Mañanitas” a sus madres. Todas lloraron de emoción, por supuesto. Luego hubo unos perritos que bailan y se tiran por resbaladillas, un  mago que les robó monedas a todos los vecinos que las facilitaron para algún truco, etc. Y en los intermedios se sirvieron refrescos y hasta una que otra "cuba", con la aprobación entusiasta del sexo fuerte (y del no tan fuerte).

         Lo que nadie esperaba era que en la azotea se armara otra “fiesta”, pero así fue. Allí se juntaron todos los que no se dejan engañar por el portero, que se pusieron a cantar consignas contra su actuación, Y hasta sacaron pancartas desaprobándola.  Los del patio se dieron cuenta de lo que pasaba, desde luego. El portero tampoco lo pudo ignorar. Y menos cuando una de las pancartas cayó al patio “por casualidad”. Un guarura la levantó y se la llevó, pero él no la quiso ni ver y le indicó que la tirara a la basura. Los de arriba se molestaron, y arreciaron en sus cánticos, y algunos temieron que fuera a haber un encontronazo.

Pero entonces vino el número culminante del programa: la Flor (y su prima), la prima se limitó a retocar el maquillaje de la “estrella”, y se retiró. Pero la Flor se puso a cantar (De alguna forma hay que llamar a lo que hace) una canción muy sensual, muy insinuante, que arrancó estruendosos aplausos, que acallaron  el ruido proveniente de la azotea. Otra pancarta cayó al patio, pero se repitió lo de antes: a la basura. Y cuando el griterío arreció arriba, el portero hizo una señal y la Flor, con un gesto audaz y grandilocuente, se quitó la parte superior del vestido, dejando al descubierto un pecho que, si no otra cosa, tiene mucha carne que oscila a la menor provocación.

Hubo un alarido, que se convirtió en aullido cuando la Flor se puso a saltar frenéticamente, con la temblorina de su carne medio floja ya. Los “caballeros” brincaron en sus asientos pidiendo más; y las viejas intentaron bajarlos a fuerza de trompicones y pellizcos, ofendidas y apenadas. Pero ni ellos se bajaron, ni la Flor frenó sus temblorinas. Y hubo un momento en que pareció que los “caballeros” se iban a subir al escenario a hacer quién sabe qué, que yo no me atrevo ni a insinuar. El caso fue que la Flor hizo un ademán, obedeciendo al cual la prima apagó la música; y luego dio la espalda al público y salió, mostrando la temblorina  audaz de otras partes de su anatomía.

El caso es que se armó la tremolina. Algunos señores se metieron a sus viviendas, arrastrando a la esposa (o a la que se dejó agarrar); y las señoras se quedaron  en el patio, haciendo comentarios de diversos tipos; pero, en general, agradeciendo al portero el espectáculo que les había presentado, y entrándole a las “cubas”, que ahora sí corrieron en abundancia.

         Los de arriba se quedaron con las ganas de que los oyeran. Y ya ni siquiera pudieron decir a los de abajo que para hacer esa fiesta, el portero se había gastado las cuotas de mantenimiento de tres meses; y que durante ese tiempo, les iba a faltar todo, pues ni siquiera le quedó para pagar el agua. Pero en ese momento ya no les importaba nada, ya estaban muy a gusto con la administración del portero.

         Todo ésto me recordó lo que ocurrió hace muchos siglos con el Imperio Romano, que llegó a dominar el mundo conocido por ellos. Los emperadores decían “denle al pueblo pan y circo”, y con  eso los tenían contentos. Y sí, eso duró mucho tiempo, pero el Imperio Romano acabó por caer vergonzosamente. A ver si no le pasa lo mismo al portero.

Perdóname si te parezco muy negativo, pero es que a veces me da mucho coraje que esta gente sea así. Tienen muchas cualidades; podrían hacer una comunidad modelo de su vecindad pero, por lo visto, no les importa.

Te quiere

Cocatú


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Número 35 - Noviembre 2019
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