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Cartas a Tora CLVI

Viernes, 22 de Noviembre 2019 - 09:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora

Ya te he dicho que en los cuartos de azotea viven un montón de muchachos, ¿verdad? Hay uno que siempre anda tomando fotos “para practicar y convertirse en fotógrafo profesional”. Pues un día se puso a fotografiar a sus vecinos de cuarto a través de las rendijas en las paredes. (Los cuartos son de tablas y cosas así) y fotografió el portero en plena acción erótica con la señora del 44.

El chavo (no lo vas a encontrar en el diccionario galáctico, pero te lo imaginas, ¿verdad?) esperó un momento oportuno y le enseñó la foto al portero. Este se puso hecho una furia y le exigió que se la entregara. El muchacho dijo que sí, con la condición de que le diera un departamento vacío que hay, sin cobrarle renta durante toda la vida. El portero lo amenazó con  todas las represalias posibles, pero tuvo que darse por vencido. Por supuesto, el portero no es el dueño del departamento, pero para los efectos, es como si lo fuera, porque la dueña no se ocupa de esas cosas y le basta con  que le manden un dinero todos los meses.

Al día siguiente, ya estaba el chavo en su nueva casa. A mí me extrañó, la verdad, que el portero hubiera cedido tan fácilmente, y me fui a espiarlo (se oye feo, pero es la realidad). Estaba con sus guaruras, diciéndoles que le iban a dar al muchacho unas mascotas para que se entretuviera. Los guaruras protestaron: “corren mucho”, “a mí me dan asco”, “son muy sucias”, etc, etc.; pero no les valió de nada, y salieron con malas caras a cumplir la orden.

Dos días después, aprovechando que el chavo había salido, abrieron una ventana y vaciaron en el departamento el contenido de unas cajas, ¿y sabes lo que era?  ¡Exacto! Cucarachas. Los animalitos cubrieron el piso y las paredes. Cuando el chavo llegó, casi se desmaya. Empezó a pisarlas con entusiasmo, pero no pudo con ellas, y tuvo que llamar a sus amigos de la azotea. Se estuvieron toda la noche matando bichos, pero por la mañana sacaron varias carretadas de cucarachas.

El portero insistió, y dos días después le llenó la casa de moscas. Estas son más difíciles de pisar, y tuvieron que recurrir a aspiradoras para eliminarlas. Los aparatos se obstruyeron con tanto cadáver apachurrado de insecto, y se las tuvo que pagar a quienes se las habían prestado.

El chavo se dio cuenta de dónde provenían los ataques, y juró que no se saldría con la suya. Estuvo varios días sin salir; pero en una ocasión que subió a la azotea, al volver encontró el departamento lleno de…¿qué crees? ¡De arañas! Con eso sí que no pudo, porque “no soporta la idea de que tantas patitas caminen sobre él”. La realidad es que le dan miedo, pero eso nunca lo va a confesar.

Así que el chavo se fue del departamento y de la vecindad, porque no pudo hacer nada contra el portero. Al tomar posesión de la vivienda, este le exigió que borrara la foto de su celular y él accedió gustoso, envanecido por su triunfo. Buscó una vecindad muy alejada donde no lo fueran a  seguir los animales (en realidad temía al portero, pero ésto tampoco lo va a confesar nunca, porque  sé las da de muy bragado) y se quedó imaginando una venganza, pero hasta el momento no ha hecho nada.

El portero ordenó a sus guaruras limpiar la vivienda. ¿Cómo? Como pudieran. Ellos protestaron pero, como de costumbre también, el portero no cedió y les dio tres días  para sacar a los animales “antes de que se pasen a otras viviendas y se me vayan los inquilinos”.

Los muchachos pasaron dos días cavilando, ofreciendo soluciones al problema. Uno propuso entrar con planchas de acero para aplastarlas en bonches (tampoco la vas a encontrar. Más o menos significa “cantidad”) pero resultaba poco práctico. Otro sugirió hacer una hoguera para que las ahuyentara el humo o se quemaran todas; pero eso resultaba peligroso para ellos mismos, y hubo que desecharla. Pero del fuego se derivó la idea de la gasolina, y eso fue lo que hicieron: entrar con baldes de gasolina y bañar piso y paredes para matarlas “por asfixia o abrasión” (es que no saben lo que ”abrasión” significa).

La vivienda tuvo que estar cerrada varios días, y luego la lavaron muchas veces de arriba abajo, hasta con lejía. Pero quedó algo del olor, así que tardó mucho en alquilarse nuevamente. Pero el portero quedó muy contento (al fin que no era él quien perdía dinero). Bueno, estaba tan contento que esa noche nos pasó una película vieja llamada “Yo Quiero Ser Tonta”, que divirtió mucho a todos. Y como al final a la protagonista le iba muy bien, todas las viejas salieron diciendo “Yo también quiero ser tonta”.

No te canso con más cosas de por aquí. Salúdame a tu mamá. Sí, aunque no me haya contestado el saludo del otro día.

Te quiere

Cocatú


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Número 35 - Noviembre 2019
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