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Cartas a Tora CLV

Viernes, 08 de Noviembre 2019 - 10:35

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Hay una señora, la del 18, que hace muchos años vive en la vecindad. Tiene un hijo como de 11 ó 12 años, y siempre se ha llevado muy bien con todos los vecinos. El niño también; es cuatísimo de todos los de su edad.

 Pues un día llegó una señora a su casa. Pero venía en muy malas condiciones: la ropa rota, despeinada, que apenas lograba aguantar el llanto, y tocó a su vivienda. Las otras viejas se la quedaron mirando, y querían saber quién era y qué quería. La del 18 abrió, hizo muchos aspavientos al ver en qué estado se hallaba, y la hizo pasar. Todas pegaron las orejas a las ventanas para enterarse de quién era, qué quería, por qué estaba así, pero no lograron oir nada porque hablaron, y hasta lloraron, en voz muy baja. Yo me metí por la azotehuela con  la misma intención (No creas que soy chismoso; soy investigador), pero nada más oí que un mal hombre la había llevado a  ese estado y que había sufrido mucho. Lo que me extrañó, y te lo digo aquí en confianza, es que la señora está bastante ponchada (en el buen sentido de la palabra, o sea, fuerte y robusta, no desinflada), y me extraña que no haya sabido defenderse.

La señora se quedó a vivir en el 18, y no tardó en hacerse amiga  de todas las viejas (que, aquí entre nos, seguían muertas de curiosidad). El niño del 18 parecía muy contento; y un día, sin venir a cuento, le dijo a su amigo del 21 “Esa señora es mi papá”. El del 21 no supo qué pensar, y se lo contó a su mamá; ella, a su esposo; y éste, en la primera oportunidad que tuvo de ir a la cantina (Esa misma noche), les dijo a los cuates que el papá del niño del 18 era maricón. La noticia corrió como arte de magia, y la cosa llegó a tal grado quedo que la señora del 18 reunió a sus amigas y les dijo: “Sí, era mi marido; pero un día se dió cuenta de que era una mujer encerrada en un cuerpo de hombre, y se quitó lo que le sobraba y se puso lo que le faltaba”.

¡Hubieras oído todo lo que dijeron! Pero con  el tiempo la cosa se calmó, y las viejas (que se las dan de muy modernas), la aceptaron como una vecina más, y se llevaban “de a cuartos” con ella. Todos, menos el señor del 21, que es muy broncudo. Y resulta que un día que su mujer se iba al mercado con  la susodicha (me gusta esta palabra. Búscala en el diccionario) se le subió el machismo a la cabeza, y dijo que “aunque se hubiera quitado eso, no iba a tolerar que se tomara esas confiancitas con su mujer”, y le arreó una patada en donde ya no tenía nada. A la señora le dolió igualito que si todavía lo tuviera, y en cuanto se repuso le correspondió con igual fineza. Total, que empezaron a pelear; el niño del 18 entró a defender a su papá, y el del 21 al suyo; luego llegaron sus amiguitos, y se repartieron en dos bandos iguales; las señoras también intervinieron, y si los señores no lo hicieron fue porque “ya se iban a trabajar y no tenían tiempo”.

Total, ese día el Seguro Vecinal trabajó poniendo fomentos calientes y administrando aspirinas. Pero los odios que el incidente levantó no podían curarse con chiquiadores de ruda. Y tras unos días de gritos y amenazas, la señora del 18, su marido y su hijo se fueron de la vecindad. Con eso volvió la calma. Aunque muchas de las viejas los extrañaron, porque decían que la señora que era señor tenía una conversación muy agradable y que les contaba cosas que ellas nunca habían oído, y que qué lástima que el viejo del 21 fuera tan atrabancado. Y el muchacho del 21 se quedó sin su amigo del alma.

         Para que veas cómo se las gastan estos humanos.

         Bueno, cuídate. Y salúdame a tu mamá, que hace mucho tiempo no sé de ella. Supongo que sigue pareciéndose a mis vecinos, ¿verdad?

         Te quiere

Cocatú


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Número 34 - Octubre 2019
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