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Cartas a Tora CLIII

Viernes, 18 de Octubre 2019 - 09:50

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Llegó una familia a vivir al 27; entre ellos, una muchacha bastante mona y muy aventada. Nada se le atora, y embiste contra todo. Además es muy simpática, y me extraña que no tenga novio. Más bien me extrañaba, pero ahora creo que es precisamente por todo eso que no lo tenía. “Tenía” es tiempo pasado, lo que significa que ya lo tiene. Orita te explico lo que pasó.

 Yo la oía a veces quejándose con las amigas (Ya se hizo amiga de todas las jóvenes, y hasta de las viejas, de la vecindad). Decía que le gustaba mucho, que lo quería y no sé cuántas lindezas más. No le hice mucho caso, porque esas conversaciones las tienen  la muchachas todos los días, y cambian de sujeto con la misma frecuencia con que se bañan (Lo cual no es mucho, pero te da una idea). Un día la oí casi llorando de dolor y despecho (O eso me pareció), y ya puse más atención; pero no pude saber qué era lo que se proponía hacer.

Lo supe esa noche. Como a las dos de la mañana se oyó el gran escándalo, y entró a la vecindad un mariachi completo cantando a gritos, como lo hacen siempre.  Puras canciones de ardido (Así les dicen a las que tratan de hombres despechados y adoloridos), aunque en este caso las modificaron para que fueran de ardidas. Todos los vecinos despertaron y estaban en ascuas, pues no sabían a quién iba dirigido el “gallo” (¿Por qué le dirán gallo y no gallina? Misterios del lenguaje humano). Claro que no tardamos en saberlo. Era la chava esa, que se lo dedicaba… ¿a quién crees? Al güerito del 41.

 No sabes cómo se puso el muchacho. Los colores se le subían y se le bajaban, y temblaba como si tuviera fiebre. Su amigo, el moreno, trataba de mantenerse sereno, pero se le notaba el esfuerzo que hacía para contenerse. Por fin, el güero fue con la chava. No le salía la voz, y tuvo que carraspear varias veces para poder decir un “Hola” apenas audible. Cuando se repuso, le dijo a la chava que le agradecía mucho el regalo, pero que estaba equivocada; que él era un hombre serio, que no le gustaba andar levantando pasiones sin  buscarlas, que lo perdonara por no poder corresponderle en la forma que se merecía, y que no sabía qué podía haber hecho él para inspirarle un sentimiento totalmente ajeno a su voluntad (Esto último se lo sopló al oído el moreno). ¿Me creerás si te digo que casi se echa a llorar? Es muy sensible ese muchacho. El moreno, también; si hasta se llevó al otro a su vivienda abrazadito, y casi casi limpiándole las lágrimas que el otro se esforzaba en ocultar.

Durante unos días, el güero no salió para nada. El otro iba corriendo a comprar algo que necesitaran y se volvía a encerrar. Y espiaban por la ventana el momento en que hubiera poca gente en el patio; y si estaba la chava, no salían hasta que se iba. ¡Qué terrible debe haber sido para ambos vivir así, escondidos, con miedo a lo que los vecinos dijeran! Afortunadamente, todo aquello pasó; y un domingo volvieron a salir los dos, agarraditos de la mano, mirando disimuladamente hacia todos lados para que no los sorprendiera la chava y procurando no saludar a nadie. Pero poco a poco se fueron normalizando, y volvieron a ser amables y corteses con todos, como antes.

Para la muchacha fue más difícil. La noche de la serenata se emborrachó, y se la pasó cantando y llorando. Pero a los pocos días fue a verla el muchacho del 58, que es muy tímido y poquita cosa. Se le notaba el esfuerzo que estaba haciendo, y cuando la muchacha salió de su vivienda, tuvo que sujetarse a una maceta para no caerse. Cuando pudo hablar, le dijo que la admiraba por ser tan valerosa y desafiar al mundo entero; que comprendía el esfuerzo que aquello le había costado porque a él le pasaba lo mismo; pero que al verla tan decidida, se había enamorado perdidamente de ella y que estaba allí para ponerse a su disposición, y que hiciera de él lo que quisiera.

La chava le tomó la palabra, y se trajo al muchacho como su trapeador durante unas semanas. Pero al final se vio conquistada por su devoción, por sus atenciones, y cayó con él como caen tantas: con los ojos cerrados. Ya van a tener un niño y se van a casar. Y mira por dónde, el escándalo aquel no tuvo tan mal final.

 Bueno, manita, nos vemos. Es un decir, claro. Aunque no sabes las ganas que tengo de verte. ¿Cuándo llegará el día en que te decidas y te vengas para acá? Toma ejemplo de esta chava, y manda a tu mamá a freir espárragos, aunque estén tan caros (Yo los pago, si es necesario).

Te quiere

Cocatú


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Número 34 - Octubre 2019
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