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Cartas a Tora CIV

Viernes, 04 de Enero 2019 - 15:15

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

            Un sábado llegó a la vecindad un individuo a presentar un espectáculo, con el fin de recoger algunos pesos para mantenerse. Al principio, nadie le hizo caso; pero su cháchara logró interesar a algunos vecinos, y al final fueron en montón a ver lo que presentaba, aunque no les había dicho de qué se trataba.

            Pidió que le permitieran pasar al baño más grande de la vecindad, para que cupiera el mayor número posible de personas, porque sólo lo podía presentar una vez; para la segunda función tendrían que esperar varias horas, y tal vez hasta el día siguiente. Como no hay ningún baño grande en las viviendas, en los baños comunes quitaron algunas paredes (son de madera, y luego se pueden volver a poner), y cupieron casi todos. Cuando quedó listo el escenario, sacó de una caja una gallina colorada, y la presentó como La Gran Chucha. ¿Y qué iba a  hacer la Gran Chucha? Cuando el hombre sacó una armónica y tocó una melodía alegre y bonita, la Gran Chucha se subió a… a un mueble que usan los humanos para hacer sus necesidades (busca en la enciclopedia,  si no sabes de qué se trata), y  depositó en él una determinada cantidad de… Ya te imaginas de qué, ¿no? Pero de gallina, por supuesto. Los vecinos aplaudieron, pero con pocas ganas. Pero entonces, el hombre tocó en la armónica una marcha muy brillante, muy apantalladora (esa es la palabra justa). Entonces, Chucha saltó a la manija del aparato, se posó en ella e hizo fluir el agua. Eso arrancó una salva estruendosa de aplausos, y hasta algunos “¡Vivas!”.

            Todos le dieron algo de dinero, y le preguntaron cómo había hecho para entrenar a la gallina, y todo lo que él respondió fue “Con paciencia y amor”. Varias señoras se fueron a sus viviendas dando coscorrones a sus hijos y diciéndoles que parecía mentira que una gallina, que seguro es estúpida, fuera capaz de aprender lo que ellos no lograban dominar.

            Pero lo peor fue la del 34, que empezó a llorar y a recriminar a su marido por lo mismo. Y ya es un hombre hecho y derecho. A él le dió mucho coraje que se lo dijera delante de los otros señores, y hasta la dió una patada. Pero la señora siguió y siguió y siguió. A los tres días, el señor le dijo que si no le gustaba, que se fuera.

            La señora se fue. Pero no muy lejos, nada más hasta el 37, donde vive su hermana. Al día siguiente, el señor la fue a buscar, y le dijo que ni él ni sus hijos tenían nada que comer. La señora fue a su vivienda, les hizo chilaquiles y se regresó al 37. Así estuvieron varios días, hasta que él se quejó de que los chilaquiles ni siquiera picaban. Ella le dijo que si quería chile, que lo comprara. El, muy digno, se fue a un tianguis (Diccionario, por favor); pero no se fijó, y le vendieron unos de plástico. Muy grandes, muy parejitos y muy verdes, pero de plástico; y cuando los echó a los chilaquiles no pudo comer nada, y hubo que tirarlos.  Esa noche, todos (incluyéndolo a él) lloraban de hambre.

            Y allá fue el señor a buscar a la señora otra vez. Estuvieron hablado toda la noche. Y a la madrugada se regresó ella al 34. Desde entonces, todas las noches se oye una armónica en el 34 que toca la marcha esa tan brillante y tan apantalladora. Algunos se ríen pero otros (sobre todo las viejas) se conmueven por el valor de la señora y por el amor que el señor le tiene, que hasta en eso tuvo que transigir.

            Yo quisiera aprender a tocar la armónica, a ver si logro tocar esa marcha para que los gatos de la azotea y los ratones que corretean por aquí se vuelven como La Gran Chucha de felices recuerdos porque la azotea es una verdadera porquería. Pero no encuentro a nadie que tenga el menor talento musical.

Te quiere

Cocatú

           



Número 30 - Junio 2019
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