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Cartas a Tora CIII

Viernes, 28 de Septiembre 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Tuvimos una guerra en la vecindad. Más bien fue en la calle, pero nos afectó a todos más o menos indirectamente. Pero no fue una guerra de balas y bombas; ni siquiera de espadas o de garrotes. Fue una guerra comercial.

Eso ya suena más civilizado, ¿verdad? Pero no deja de ser guerra, y causa muchos daños. Pero vas a ver la historia. Es curiosa, por decir lo menos.

Muchas veces te he mencionado el hotel de la esquina, donde están las muchachas. Bueno, pues hay otro a la  vuelta, y siempre están en competencia. No hace mucho, las del hotel de a la vuelta se desesperaron un poco, y salieron a la calle a exhibirse con muy poca ropa. Y una vez hasta entraron a la vecindad, a posar en los marcos de las puertas o junto a las plantas, en su afán de atraer clientes. Pero las viejas de aquí las echaron con baldes de agua fría, y no han vuelto desde entones.

Lo que hicieron fue colgar en la fachada un letrero que decía “Escoja una, y la segunda tiene el 50% de descuento”. Y les funcionó muy bien. A simple vista se veía que tenían más afluencia de clientes que el hotel de la esquina.

Pero las de la esquina no se quedaron con los brazos cruzados. Su especialidad es abrirlos, y eso hicieron. A los pocos días colgaron un cartel con flores y pajaritos de adorno, que decía “Dos por el precio de una”. La gente se fue para allá, abandonando el de a la vuelta. Y las muchachas empezaron a decirse cosas, y hasta a insultarse. Qué feo, ¿verdad? Pues se decían barbaridades. Y todo por el dinero.

La cosa fue muy bien hasta que les hicieron trampa. ¿Y cómo crees que fue? Aquí, en los cuartos de azotea viven unos hermanos gemelos. Una vez fue uno de ellos al hotel; cuando terminó, dijo que iba a comprar unos refrescos y salió. Al rato volvió. Pero no era él, era su hermano gemelo. El hermanito se regodeó a gusto, y se fue tranquilamente. A la muchacha le pareció raro que la segunda vez hubiera estado tan activo; pero pensó que era un muchacho muy bien dotado, y hasta deseó que fuera de nuevo. Pero cuando se presentó otra vez, los cacharon en la movida. (La movida no es la que te imaginas. Aquí,“movida” quiere decir “trampa”). Y se descubrió el pastel. Es una manera de hablar. Allí no tenía nada que hacer ningún pastel. Las muchachas hicieron un escándalo, vinieron a reclamar aquí, y por poco les dan pamba a los dos hermanos. Total, que ahora a los entran les piden su identificación. Pero a unos gemelos les resulta muy fácil hacerse pasar uno por otro, y seguro que las han engañado un montón de veces. Además, a la gente no les gusta eso de la identificación, y la clientela ha empezado a disminuir

Entonces atacó el otro hotel ofreciendo “Tres por el precio de una”. Fue el acabose. Las colas llegaban hasta la puerta de la vecindad, porque ahora cada cliente se tardaba más; y los impacientes ya querían con las viejas de la vecindad (¡Imagínate!). Hubo hasta pleitos con los maridos celosos; a lo mejor las viejas ya no les importaban mucho, pero eso de que se las florearan los calentaba (Y luego tenían que ir al hotel a desquitarse).

En el otro hotel estaban muy preocupados. No podían ofrecer cuatro por el precio de una, porque ninguna quería. ¿Cómo superar la competencia? Hasta que a alguien se le ocurrió una gran idea. Al cabo de unos días colgaron un cartel enorme, muy adornado, que decía “Tres por el precio de una”. Hasta aquí, nada nuevo. Pero luego, en letras rojas, decía: “Cuando te vayas te obsequiaremos un frasco de vitaminas para que te recuperes. Vitaminas orgánicas. Las mejores del mundo”.

Los clientes corrieron hacia allá. ¿Pero sabes en qué consistía el frasco de vitaminas? En un frasquito de esos de comida para bebé, con una ensaladita de zanahoria, jitomate, cebolla y pepino con un chorrito de aceite (Que ni siquiera era de oliva) y otro de vinagre (Que si no era industrial merecía serlo). Y ni sal ni nada.

Los que cayeron tuvieron que apechugar, pero no volvieron. El del 37, por ejemplo, salió arrastrándose; las “vitaminas” no hicieron más que enfriarle el estómago. Y tuvo que pasar dos días en la clínica del Seguro Vecinal, en manos de la enfermera, que lo acogió con entusiasmo, porque siempre le ha gustado (Yo oigo muchas cosas).

Pero las muchachas estaban cansadas de tanto  trabajar y no ganar más. Tal vez alguno les diera una propinita, pero consideraron que no valía la pena, así que fueron con sus respectivas madrotas (Madrota = manejadora = madame = proxeneta. Escoge la palabra que más te guste) y les dijeron que o volvían a trabajar a la antigüita o se largaban. Las viejas, temerosas de quedarse sin mercancía (No quería decirlo así, pero es la verdad) tuvieron que aceptar,  y todo volvió a la normalidad. Pero muchos de los señores extrañan los tiempos de la  guerra. Masoquistas, seguramente.

Bueno, mi amor. Espero no haberte molestado con esta historia, pero son cosas de la vida real. ¿Tu crees que algo así pueda pasar en nuestro planeta?

Te quiere,

              Cocatú



Número 25 - Enero 2019
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