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¡Cácaro!

Martes, 06 de Diciembre 2016 - 15:00

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Con el presente año a punto de concluir y con miras a preparar el terreno para el que está por comenzar (me lo imagino tras bambalinas esperando a salir al escenario) les dejo la última cápsula del tiempo en la que echaremos un vistazo al ambiente cinematográfico que se vivió hace algunos ayeres en la Ciudad de México, cuando asistir al cine significaba todo un ritual antes de la existencia de las multisalas.

¡Cácaro!

El término cácaro por definición (según el Diccionario de la Real Academia Española) es un mexicanismo que se refiere al operador del proyector en un cine. De su origen y uso existen diversas versiones, mismas que pueden consultarse en el siguiente link https://cinesilentemexicano.wordpress.com/2012/09/03/mitos-sobre-la-creacion-del-vocablo-cacaro/ pero cuentan mi madre y tías que solía ser frecuente y divertido gritar en la sala de cine al unísono ¡Cácaro! cuando por alguna razón la película se interrumpía o se quemaba durante la función y quien se diga cinéfilo de corazón debe conocer al menos, la existencia de la palabra.

La llegada del cine a México se realizó a través de dos proyeccionistas: Claude Ferdinand von Bernard y Gabriel Veyre que fueron enviados por los hermanos Lumière quienes ya gozaban de fama y reconocimiento en Francia y pensaron en promocionar la invención al entonces presidente Porfirio Díaz así como realizar algunas vistas del país. Fue así que el 6 de agosto de 1896 se realizó una proyección privada en el Castillo de Chapultepec para el presidente, su familia y miembros del gabinete. (Fuente: Revista Algarabía, No. 93, Junio 2012, pp. 20) Algunas fuentes refieren que fue gracias al gusto afrancesado del presidente Díaz y la buena relación que entonces existía entre ambos países, que la introducción del cinematógrafo en México fue todo un éxito por lo que algunos días después de la proyección privada se presentó al público en el sótano de la droguería Plateros, en la calle del mismo nombre (hoy Madero) de la Ciudad de México. La droguería Plateros se localizaba muy cerca de donde, unos años después, se ubicaría la primera sala de cine del país: el Salón Rojo. (Fuente: Wikipedia)

No ahondaré aquí en la historia del cine en México (que es como un barrilito sin fondo) pues pretendo que sea parte de otra extensa colaboración, me referiré entonces a la experiencia que implicaba la asistencia al cine en una época en la que existieron el Majéstic, Ópera, Mariscala, Diana, Chapultepec, Insurgentes, Palacio Chino, Teresa, Cosmos o Lindavista por mencionar unos cuantos. Un tiempo en el que los cines constaban de una sala (algunas más chicas que otras) en donde se programaban por orden alfabético las cintas, por lo que había que conformarse con lo que se proyectaba en la sala más cercana o hacer la travesía de cruzar la ciudad si se quería disfrutar de un filme proyectado al otro lado de la ciudad. También fue el momento de la permanencia voluntaria que consistía en quedarse el tiempo que se quisiera en la sala por el mismo costo de una sola entrada, de tal forma que si uno llegaba tarde al inicio podía quedarse a la siguiente función y recuperar lo perdido o bien, disfrutar de otra proyección sin necesidad de pagar otro boleto.

Con la llegada de las multisalas y las grandes cadenas cinematográficas la oferta de la programación se diversificó y el cine cedió un poco de su estatus de séptimo arte para masificarse y globalizarse llegando a casi todos los rincones del mundo, por lo que para las generaciones del nuevo milenio debe resultar difícil imaginar un domingo de película haciendo fila para comprar un boleto en la única taquilla que solían tener los cines, comprar palomitas, refrescos o dulces en la única dulcería que se encontraba en el lugar y tener que pedirle al Cácaro que continuara la función ante las pausas involuntarias pero no se trata de una escena surrealista sino de la realidad que vivieron nuestros padres y abuelos y que incluso todavía alcanzamos ciertas secuelas los de la generación de los 70´s y 80´s.

Con el tiempo, los formatos Beta, VHS, DVD y Blu-Ray nos brindaron la posibilidad de disfrutar del cine en casa aunque para mi gusto, la magnificencia del cine está en la pantalla grande.

El salto que en México ha dado el arte cinematográfico desde aquéllas primeras vistas filmadas que protagonizó el presidente Díaz en El presidente de la república paseando a caballo en el Bosque de Chapultepec hasta Las Elegidas (México, 2016 / Ganadora de 4 Arieles) pasando por el Palacio Chino (por cierto cerrado desde el pasado mes de agosto según un escueto comunicado de la cadena Cinemex) hasta llegar a Cinépolis, Cinemex, Cinemark o Lumière es kilometral y encierra anécdotas, emociones, sensaciones, historia, legado y experiencias únicas tanto para los realizadores, productores y distribuidores como para los cinéfilos de corazón y los espectadores casuales, un momento en la historia de nuestro país que no debemos pasar por alto.


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Número 34 - Octubre 2019
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