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Árboles de Navidad

Martes, 12 de Diciembre 2017 - 15:00

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Silvia Alicia Balbuena

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8 de diciembre.

Día de mezcla de alegrías y nostalgias.

Hace calor. El cielo está cubierto de nubes coposas, de algodón. No se ve el sol. A veces la vista se fija firmemente y alguna nube se corre y aparece una ventana. Creo que deja ver el celeste de un cielo lejano. O tal vez abre el alma a los recuerdos.

Y en sucesivas ventanitas van apareciendo mis árboles.

Aquel de la primera niñez en la casa humilde de la abuela. Como todos los años el tío Chiquito, el menor y único soltero de los ocho hermanos de mi mamá, trae del bosquecillo junto a la vía del tren una rama de pino cuidadosamente elegida. La acomoda en una lata forrada con papeles y le cuelga algunas bolitas de colores intensos y algunos juguetes, todos de vidrio cuidados amorosamente y también unas tiras de algodón amarillas y blancas. Veo las manos pequeñas, rugosas de mil faenas, de la abuela trabajar junto a él primorosamente para que con escasos recursos el árbol sea una fiesta. Siento que ella trajo los adornos de su añorada campiña austríaca, por el amor con que toma y acaricia cada uno. Y finalmente, en la rama más alta, la abuela prende el canario de larga cola de plumas y cuerpecito dorado, que será la fascinación de todos los nietos cuando lleguemos la noche del 24. Como si en ese cuerpito frágil de vidrio se condensaran los misterios de la Navidad.

Otra ventana se abre. La de la niñez en la casa de mis padres. El árbol es muy grande, de abundantes plumas teñidas de verde, que le dan un aspecto sólido, señorial. Penden de él esferas, instrumentos musicales, casitas, todos de vidrio de brillantes colores y con esfumes de arabescos e iridiscencias. Cuelgan cintas brillantes, plumosas, que le dan ese aspecto festivo de una celebración mágica de Navidad. Coronado por una punta muy frágil de colores intensos. Es tan lindo ver las manos de mi mamá, acompañadas por las de mi papá, poniendo con cuidado cada pieza para que el árbol nos acompañe con su magnificencia como cada año.

Por la misma ventana y en el mismo living, el mismo árbol, ahora en mi juventud. El mismo, pero distinto. Penden de él los mismos adornos. Pero el caminar de los tiempos, hizo que se le incorporaran el Papá Noel –aparecido por ese entonces en estas tierras americanas australes- y las cintas de algodón amarillas del árbol de la abuela. Ella ya nos dejó en un vuelo de alas abiertas a su eternidad y permanecen en nuestro árbol sus recuerdos. Aparece el titilar de las primeras luces navideñas en un árbol, las que fueron mágicos testigos del descubrimiento de mis primeros besos de amor. Y como un signo del valor de mi abuela en mi vida, por ser la única nieta mujer de hija mujer, pude prender en la rama más alta, como en aquellas Navidades de mi niñez, el canario de cola de plumas y cuerpecito dorado de vidrio. Condensa ahora mis sueños de juventud.

Una nueva ventana, me muestra armar mi árbol acompañada por las manos ansiosas y las miradas esperanzadas, de mis dos pequeños hijos. El árbol es muy alto, con muchas cintas, adornos de vidrio y de plástico, luces intermitentes, colores. Con mucha magia de niños esperando la Navidad. Con muchos deseos de alegrías. Y como la vida da y quita y es un constante fluir en círculos concéntricos, es la primera Navidad en la que falta mi madre y entonces el canario, mi símbolo casi perfecto del amor y la alegría de la Navidad familiar, luce en la rama más alta de este nuevo árbol. Y es ahora el que resume los deseos de mis niños.

Esfumándose, aparece la última ventana. Me asomo y es el living de mi vejez. Los hijos dejaron el nido y armaron el propio. Ya no necesito el árbol tan grande. Uno pequeño, de plumosas ramas plateadas, tan plateadas como mi sien, se adorna con objetos rojos. Rojos intensos, que atrapen con intensidad el latir de los últimos años. Rojos de fuerza, de resistencia, de placeres vividos y revividos. Con luces led para que ejerzan la magia en mis dos pequeños nietos. Pero como siempre, en la rama más alta, el canario de cuerpecito de vidrio dorado y cola, ahora ya con sólo una pluma. Sigue condensando en su estirpe, los secretos y los misterios de mis navidades.

8 de diciembre. Cierro las ventanas de mis recuerdos. Sé que siguen viviendo, tatuados en mi ser, todos mis árboles de Navidad. Voy al desván, desempolvo cajas, saco el árbol y los adornos, y me pongo a armarlo. Sola. Con la esperanza de concentrar a su alrededor las fuerzas de mis recuerdos y las risas y los afectos de mis seres queridos. Con la presencia siempre señera de mi canario de cuerpecito dorado, como una permanencia del árbol, de la Navidad, de los afectos, de los deseos. Como una muestra de que hay cosas que el tiempo no puede disolver…



Número 26 - Febrero 2019
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