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20 años de amores perros parte 2: 5 lecciones que le dejó al cine mexicano (Y que les valieron m/%#”s a los cineastas)

Lunes, 15 de Junio 2020 - 11:00

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Luis Felipe Jurado

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El 16 de junio del año 2000, un mes después de su primer visionado en el Festival Internacional de Canes, la ópera prima de Alejandro González Iñárritu llegó a las pantallas mexicanas. Como bien me señalaron algunas personas en redes sociales, antes de ella hubo trabajos que quizá fueron superiores y que sentaron las bases para la primera obra maestra de “El negro”, pero ninguna llegó a penetrar no solo en el ideario colectivo del mexicano, sino que se posicionó como referente y modelo a seguir en gran parte del mundo. Trabajos como Cidade de Deus (2003, Fernando Meirelles y Kátia Lund) o El secreto de sus ojos (2009, Juan José Campanella) se vieron beneficiadas por el repunte que tuvo el cine latinoamericano en general y que en menor medida sigue teniendo. Lo que hizo importante a la cinta fue que cambió las reglas del cine que se venía realizando en el país y eso se pudo ver también reflejado en gran parte del mundo. El secreto de su éxito se puede entender si se ve también el legado que dejó en cuanto a producción y distribución, y que por desgracia casi nadie actualmente sigue.

1.- La anécdota y el guion son la base de la cinta

Una máxima dice que un buen guion puede dar lugar a una cinta buena aunque el director sea un baboso; sin embargo, un pésimo texto siempre dará vida una mala película. Si de algo adolecían los filmes hechos en buena parte de los años 80 y 90 fue precisamente de buenas historias. Algunas obras como La mujer de Benjamín (1991, Carlos Carrera), Dos crímenes (1994, Roberto Sneider) o El callejón de los milagros (1995, Jorge Fons) se caracterizaron por tener un libro cinematográfico tan sólido que dieron lugar a trabajos invaluables, esto aunado al extraordinario oficio de sus directores. El resultado fue un gran triunfo de taquilla, aunque no tanto como el del primer producto hecho por Iñárritu. El éxito de estas maravillas se debió a que el trabajo de guion era muy accesible para cualquier clase de público, aunado a su ritmo y fantásticos diálogos. Pero Amores perros llegó aún más lejos. Guillermo Arriaga y “el negro”, dotaron su obra de un libreto lleno de acciones que por sí mismas expresaban más que los parlamentos. En ocasiones una mirada o un movimiento decía más que una frase rebuscada. Sin embargo, pocos autores mexicanos han seguido esta dinámica y por desgracia, la producción que se realiza hoy en día privilegia la palabra y el chiste fácil, quizá porque está dirigido a espectadores acostumbrados a las series de tv y las telenovelas, y aunque hay films extraordinarios, como Los insólitos peces gato (2014, Claudia Sainte-Luce), tristemente son trabajos a los que poca gente accede, ya sea por poca difusión o porque no están acostumbrados a verlos. 

2- El cine es ante todo, un espectáculo

Algo que caracteriza a las mejores películas es que logran impactar al público y mantenerlo atento. Amores perros inicia con un choque de autos impresionante, uno de los mejores que se han logrado filmar en el país. Mucha gente recuerda la opus de Iñárritu solo por lo que significaron los primeros cinco minutos de la cinta. Y por lo mismo, muchos productos posteriores intentaron imitar esa impresión. Matando cabos (2004, Alejandro Lozano), contaba con un automóvil que en una persecución entra volando a la cancha del Estadio Azteca, mientras que el siguiente trabajo del mismo realizador, Sultanes del Sur (2007), tuvo una gran persecución de autos. Salvando al soldado Pérez (2001, Beto Gómez) o Kilómetro 31 (206, Rigoberto Castañeda), se caracterizan por los logrados efectos visuales que son su soporte. Según Steven Spielberg, los trucos deben ayudar en la narrativa del filme, no los protagonistas del mismo. Por desgracia, en las películas comerciales que se producen en estos días, los FX son inexistentes o cuando los realizan, son tan paupérrimos que dan pena. El peor de los casos lo tiene la muy fallida El día de la unión (2018, Kuno Becker), que fuera de los 5 minutos que dura la escena del terremoto del 85, todo el resto del trabajo va de lo ridículo a lo mal hecho. La de Iñárritu usa ese elemento como un impacto en el espectador, para que empatice y comprenda el por qué los personajes hacen lo que hacen. 

3- La música es tan importante como una buena fotografía

Algo que caracterizó al cine de la llamada “Época de oro” fue la muy cuidada factura técnica de sus producciones. La hermosa fotografía de genios como Rosalío Solano, Alex Phillips y sobre todo Gabriel Figueroa, así como las hermosas músicas incidentales y soundtracks, de genios como Raúl Lavista, Silvestre Revueltas, Manuel esperón, entre otros, fueron tan importantes como la dirección y la producción. Sin embargo, debido a la escasez de presupuestos que se vivió a partir de los años sesenta, estos aspectos fueron descuidándose cada vez más, hasta que se llegó al límite en los ochenta, etapa en la que se reciclaba la música de un filme a otro e incluso, se dice que se llegaban a editar las cintas en cámara, para ahorrar dinero y filmar más rápido. Uno de los aspectos que destacó en Amores perros fue lo cuidado del score, todo basado en la guitarra solitaria de Gustavo Santaolalla y la producción musical de Lynn Fainchtein, usando canciones populares del momento. La fotografía de Rodrigo Prieto, extremadamente cuidada, en la que se dio el lujo de experimentar en encuadres, texturas y colores, hizo ver al cine mexicano como nunca había ocurrido. Aunque algunas películas posteriores intentaron imitar la fórmula con menor fortuna, esto se terminó de diluir y los directores se enfocaron en el aspecto más superficial, que fue la introducción de canciones que pudieran venderse posteriormente. El ejemplo sería Cindy la regia (2019, Catalina Aguilar Mastretta y Santiago Limón), que tiene una producción decente, con una fotografía decorosa pero cuyo mayor logro es el tener una banda sonora pensada como una playlist de Spotify, infaltable en las fiestas. Y el resto de la producción de la segunda parte del siglo XXI, está lleno de tomas con drones, desenfoques y malos encuadres, aunque cuesten más de ocho millones de pesos.

4– El cine se ve mejor (y se oye) en el cine

Hace unos meses, Fernanda Solórzano se preparaba para entrevistar a Alejandro G. Iñárritu y preguntó en su Twitter qué había significado para el público Amores perros, a lo que yo le contesté: “Fue la primera vez que escuché al cine mexicano”. Si algo tuvo la producción hasta los años setenta fue que a pesar de sus limitaciones técnicas, los diálogos se escuchaban con claridad, porque se postproducían mucho, incluso se regrababa o se doblaba toda la cinta; sin embargo, en los 90, a pesar de que subió mucho la calidad técnica, se evidenció que los actores mexicanos sufrían de una escasa educación de la voz. Iñárritu cuidó tanto este aspecto en su cinta porque entiende que no importa qué tan bueno sea el guion si no se cuenta con un riguroso trabajo de montaje de diálogos. Aunque se tengan los mejores micrófonos y la más alta tecnología, no se va a entender ni madres lo que digan. Hoy en día se pueden tener equipos de primera sin gastar demasiado, hasta se puede filmar con un celular y obtener una factura profesional; no obstante, parece que las prisas y el ego han hecho que los realizadores crean que no se requiere hacer nada más que poner en frente el micro y grabar. Como ejemplo se puede ver cualquiera de las porquerías nacionales que pasan en el canal Golden los domingos en la tarde.

5- Con una buena publicidad se puede vender cualquier cosa

Esto parece que lo entendieron demasiado bien, aunque por desgracia, no como Iñárritu. El “Negro” no es cineasta de carrera, en realidad se formó como locutor y publicista. Esto le permitió entender dos cosas: lo que ves y lo que escuchas es lo que te queda en la mente. Llenó su película de canciones, un sonido y una fotografía impactantes, y una edición vertiginosa, que balanceaba como nunca antes la estética del videoclip con un aspecto semidocumental, que apelaba tanto al público cinéfilo como a la audiencia convencional. Y esos fueron los factores que resaltó en la propaganda del filme. Saturó la ciudad con carteles que solo ofrecían la imagen de dos sombras de unas manos que tomaban la forma de unos perros ladrando, en otros eran stills de la película como un collage, usó canciones especiales para promocionarla y cuyos videoclips daban una idea de lo que se trataría. Resultó un éxito brutal en la taquilla, equiparable solo al fenómeno de  Roma (2018, Alfonso Cuarón), que usó una estrategia similar. Sin embargo, si algo caracteriza a la producción contemporánea es el exceso de publicidad engañosa, que usa imágenes prefabricadas, pensadas para dar la idea de que sus subproductos tienen algo que ofrecer, como la propaganda de las hamburguesas, que te prometen que son saludables y sabrosas, y te terminan provocando diabetes, hipertensión u obesidad. Un ejemplo: Todo mal (2018, Isa López), aunque están en el cartel los elementos que conforman el muy fallido filme, dan la idea de que estamos ante una comedia sofisticada y resulta tan vulgar y aburrida como cualquiera de las porquerías que se estrenaban hasta antes de la pandemia cada semana.

Amores perros fue indiscutiblemente el filme más trascendente que ha tenido el cine latinoamericano desde el comienzo del siglo y su legado ha llegado a influir a una buena parte de los realizadores jóvenes. Lo mejor de ella no fue su cuidadosa realización ni su muy pensado guión, lleno de símbolos, referencias intelectualoides y filosofía de libro del Sanborns que se conjugan muy bien con un espectáculo de primera. Lo más importante del debut de Iñárritu fue que se desprendió de los clisés clásicos del cine mexicano y latinoamericano. Por primera vez se pudo ver el barrio sin ñerismos exagerados y a la burguesía sin el clásico tono fifí. Se vio a la ciudad no como un lugar lleno de lujos o de mugre, sino como una mezcla de todo, un lugar ecléctico y que muta constantemente, como la naturaleza humana. En la producción que se ha hecho desde entonces, se ha olvidado esto y se está reflejando constantemente a la miseria como miseria ficticia, de barrio lleno de “chales” y “vistes”, de zonas de alta sociedad que se presumen cosmopolitas y “bonitas”, llenas de mexicanos blancos y bien vestidos, que tienen cara de actores de telenovela (de hecho, lo son). No intentaba reflejar la realidad sino reinventarla para que se pareciera a ella. Eso si bien ya lo habían hecho antes y se seguiría haciendo después, la cinta del “negro” supo vender a una audiencia un espejo en cualquiera de los personajes. Y de eso hablaremos después. El director y sus productores tenían planeado reestrenarla para celebrar sus 20 años pero por desgracia se cruzó la pandemia que estamos sufriendo y ahora se espera que pueda regresar a las salas de cine en una versión restaurada. Y entonces tendremos todavía un último pretexto para seguir la discusión.

 

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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