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20 años de Amores perros parte 1: El antes y después del cine mexicano

Viernes, 08 de Mayo 2020 - 13:30

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Luis Felipe Jurado

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El 18 de mayo del año 2000, los mexicanos nos despertamos con la noticia de que Amores perros ganó el premio al mejor largometraje en la Semana Internacional de la Crítica del Festival de Cannes. Aunque su director era un desconocido en el ámbito cinematográfico, la nota se difundió por todos lados y unos días después se saturaría la ciudad de espectaculares, anuncios y carteles que anunciaban su próximo estreno. Aunque su estreno oficial fue el 14 de mayo en Cannes, al país llegaría el 16 de junio, adelantando su fecha de estreno. El tráiler y la música se vería y escucharía por todos lados, y cuando llegó el momento de su estreno se volvió el primer gran éxito de taquilla nacional de la década (recaudó más de $90 000 000.00 de pesos en ese momento). A escasos días de que se festejen dos décadas de su estreno, es importante revaluar su importancia como referente mundial del cine mexicano.

La cinta abre con un accidente automovilístico muy aparatoso, mismo que afectará la vida de diferentes personas: Un joven de un barrio pobre, dedicado a las peleas de perros clandestinas y que está enamorado secretamente de la esposa de su hermano; una modelo que recién acaba de irse a vivir con su amante y cuyo perro se pierde bajo la duela de su piso, y un vagabundo que en realidad es matón a sueldo y se dedica a recoger perros callejeros. El accidente, los perros y la culpabilidad por sus errores, es en realidad lo único que los une.

Filmada de forma impresionante, el debut del antes locutor Alejandro González Iñárritu se volvió, literalmente en un parteaguas en la industria mexicana. Antes de que se filmara la ópera prima del creativo detrás de las exitosas campañas de WFM y Canal 5, se seguía hablando de la época de oro como el único momento en que el mundo cinematográfico había volteado a ver filmes nacionales. Cintas como Los olvidados (1950, Luis Buñuel) o Macario (1960, Roberto Gavaldón) eran recordadas por haber triunfado en grandes festivales y en taquilla. Unos años antes del estreno de la primer obra del “Negro”, como le llaman sus amigos, se habían estrenado algunas películas que fueron precedentes para que pudiera llevarse a cabo: Solo con tu pareja (1991, Alfonso Cuarón), Cronos (1993, Guillermo del Toro), Dos crímenes (1994, Roberto Sneider), Como agua para chocolate (1992, Alfonso Arau), llamaron la atención por lo cuidado de su factura, así como por su extraordinaria calidad; sin embargo, Sexo, pudor y lágrimas (1999, Antonio Serrano), que además, tenía una banda sonora llena de músicos pop muy conocidos y que fue un éxito de ventas, es quizá la que calentó a la audiencia para que al aparecer Amores perros, todo lo que se había intentado antes diera frutos, al grado que aun hoy en día se sigue hablando de las virtudes de la obra.

Empezando por su aspecto técnico, contaba con una estupenda y muy cuidada fotografía en 35 mm de Rodrigo Prieto, creada para resaltar los sentimientos de los personajes más que para hacer lucir la producción; una cuidada edición de Luis Carballar, Iñárritu y Fernando Pérez Unda; una extraordinaria música de Gustavo Santaolalla y el sonido de Martín Hernández, quien con escasos recursos logró que la película sonara como hasta entonces no lo había hecho un producto local. Destaca el extraordinario guion de Guillermo Arriaga, escrito al alimón con el realizador, que sobreponía los silencios y acciones sobre las palabras. El elenco, formado por actores poco conocidos en ese momento, resulta ser uno de los más afortunados jamás reunidos en la filmografía nacional.

Una de las cosas más recordadas por muchos fue que el minucioso montaje permite la identificación y empatía con los personajes, debido a la ambigüedad moral que manejan. El guion de Arriaga, que en ese momento comenzaba a ser reconocido como uno de los mejores escritores mexicanos contemporáneos, habla de las consecuencias de los actos, de cómo los seres humanos somos prisioneros de nuestras pasiones e instintos, mismos que son capaces de llevarnos a realizar actos inconcebibles y salvajes. Los perros del título no son los canes que pululan como mascotas de los protagonistas, sino los hombres y mujeres, los que se dejan llevar por lo peor de cada quien y al final terminan solos, mutilados, fracasados o muertos.

El accidente del auto es simplemente un pretexto para unir las historias, como un recuerdo de lo inconmensurable del azar – “uno propone y Dios dispone”, dice un viejo refrán – que puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. Es el catalizador que lleva a destapar el lado oscuro de cada persona.

Iñárritu y Arriaga logran un filme redondo, en el que sus fallas y debilidades son asumidas y disfrazadas para que no aplanen el producto. Y a pesar de haber sido imitada hasta el agotamiento, ningún otro producto mexicano ha logrado quitarla del pedestal en que se encuentra hasta el día de hoy, vamos, ni siquiera Roma (2018, Alfonso Cuarón) ha logrado destronarla ni siquiera por ser la primera en ganar el Óscar a mejor película extranjera.

Otro aspecto en el que es pionera es en el uso de todos las formas posibles de publicidad, misma que está pensada para atraer como moscas a la gente hacia el producto, de tal forma que el cartel es uno de los más recordados hasta el momento, así como la portada del álbum que contenía el soundtrack empleado, además de un disco adicional con canciones creadas especialmente, basándose en escenas de la cinta, que es uno de los más vendidos de la década. Iñárritu empleó todas las mañas que aprendió en sus años como publicista.

A partir de Amores perros comenzaron a surgir diferentes trabajos que de una u otra forma intentaron capitalizar su éxito. Algunas se fueron por los aspectos más superficiales, como el uso de canciones y cantantes de moda – Todo el poder (2000), Amarte duele (2002), ambas de Fernando Sariñana – o sus historias entrelazadas –Ciudades  oscuras (2002, también de Sariñana), Corazones rotos (2001, Rafael Montero)–, también su reflejo crudo de la ciudad –De la calle (2001, Gerardo Tort), Perfume de violetas (2001, Maryse Sistach)–, aunque al final todo derivó en la triste realidad actual de las producciones mexicanas.

Hoy se celebran 20 años de su estreno. Y es triste que su festejo haya sido aplazado por la pandemia del Coronavirus. Es interesante ver hasta dónde han llegado los artífices de este trabajo, con su director ganando el Óscar a mejor director en 2 ocasiones y transformado en uno de los más importantes y prestigiosos del mundo; uno de sus protagonistas, Gael García Bernal, ahora es un próspero actor mundial; su guionista sigue ganando premios internacionales de novela y su fotógrafo, Rodrigo Prieto, multinominado a diferentes premios y siendo el retratista de cabecera de las películas de Martin Scorsese.

Su aniversario llega en un momento en que el destino no solo de los filmes locales sino del mundo entero se encuentra en la incertidumbre, en el que no se sabe si el cine se podrá recuperar de la peor crisis a la que se ha enfrentado. Nadie sabe cuándo volverán a abrirse las salas de exhibición y si el público se atreverá a volver. Los servicios online están por el momento, viviendo su mejor momento y quizá – ojalá me muerda la lengua – no volvamos a ver una sola película en la gran pantalla. Si este fuera el caso y tuvieran que elegirse únicamente una cinta por cada país, la de México, sin duda, sería la primera de Iñárritu, por su importancia como fenómeno comercial y artístico.

Su legado y qué tanto aprendieron los cineastas aztecas sobre ella, serán otra historia que contaremos previo al aniversario de su estreno nacional.

https://www.youtube.com/watch?v=A5HTBYR7m0o

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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