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cultura mexicana

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Cartas a Tora CXXXIX

Querida Tora:

Llegó un vecino nuevo al 17, ¡y no sabes la que se armó! Es un muchacho de veintitantos años, bastante bien vestido, y que es “el hombre más guapo del universo”, según declaración formal de la del 42, que se dice experta en esas cosas. No es alto; tiene cara de niño anda muy sonriente, dando los “Buenos días” a todo el mundo sin  distinción y siempre alegre.

Las vecinas se volvieron locas. Todas. Se pasan el día acechándolo para “darse un taco de ojo”; le salen al paso; le llevan “unos chilaquilitos, unas enchiladas, un taco de chicharrón”, lo que sea; a tal grado que a veces no tiene que hacerse nada para desayunar o cenar (Nunca come en la casa). Una noche las oí hablar; unas decían que querían que fuera su hijo, para poder apapacharlo todos los días; y otras lo querían para “cosas más prácticas”. El caso es que hablando, hablando, le pusieron “el Niño Dios”. Pero la del 42,  que se las sabe todas (Según dice) declaró “Es demasiado guapo para ser normal. Debe ser el demonio”, Todas se quedaron medio impresionadas, pero decidieron no hacerle caso, y siguieron agasajándolo.

Como a las dos semanas, una noche se oyó un estruendo en su vivienda; y luego gritos, cosas que se azotaban, algo que se rompía. Todos los vecinos salieron y fueron a escuchar, llenos de miedo. Los gritos arreciaron, y luego hubo gruñidos y otras cosas feas.  Y la del 42 dijo “¿Lo ven? Se los dije. Se va a convertir en un monstruo”. Todos echaron a correr. Pero pudo más la curiosidad, y regresaron a escuchar. Por fin, se hizo el silencio y la del 33 se atrevió a llamar a la puerta. Y al cabo de unos segundos se oyó la voz del muchacho, pero algo modificada, como muy cansada, que les dijo que no se preocuparan, que había tenido una pesadilla horrible.

Todos se retiraron, tranquilizados pero escamados. Y a partir de esa noche, lo empezaron a mirar con desconfianza. Pero bastaron unas sonrisas para que todas volvieran a adorarlo como al principio.

Pero un día el Niño Dios salió de su vivienda vestido de blanco, como si fuera a hacer la Primera Comunión, y todas dejaron escapar un suspiro de admiración. Pero justo cuando estaba en el centro del patio, al borde del agujero, cayó al suelo y empezó a  temblar y a quejarse. No sabes el susto que se llevaron. Todas corrieron a auxiliarlo;  pero en ese momento empezó a  convulsionarse y a lanzar patadas y a gritar como un  condenado. Y nadie sabía qué hacer. El portero salió a ver qué pasaba, pero no se atrevió a acercársele (Por si las moscas, dijo). La del 42 empezó a gritar “¡Llamen a la Mocha! ¡Traigan a la Mocha!”. “¿Por qué?”, le preguntaron?”. “Pues porque es Mocha. Ella podrá hacer algo”. No hubo necesidad de irla a llamar. Ella bajó, angustiada. Y la del 42 “¡Está poseído! ¡Hazle un exorcismo!”

Lo que hizo la Mocha fue quitarle a la del 47 una cuchara que tenía en la mano (Estaba haciendo el desayuno en ese momento) y se la puso al muchacho en la boca. “Para que no se muerda la lengua, ni se la trague”, les dijo. “Es un ataque de epilepsia”. Todas se quedaron de a seis (¿Por qué de a seis y no de a cuatro o de a ocho?) “Se le pasará pronto. Sólo hay que cuidar que no se haga daño”.

Efectivamente, en unos minutos más el muchacho se calmó. Se quedó todo desguansado, como si se hubiera muerto, ante el horror de todas las viejas. Pero no estaba muerto, solamente muy cansado; y no contestaba si le preguntaban algo. Entonces, la Mocha lo empezó a bolsear, ante el horror de todas. Y el portero le prohibió abusar de un hombre que no se podía defender. Pero ella no hizo caso. Encontró una libretita; y allí, el nombre de una persona a quien avisar en caso de accidente. Allí mismo sacó su celular y marcó el número que encontró.

Antes de una hora llegó una señora muy arreglada y muy angustiada, que dijo que era su madre y que el muchacho, que por cierto se llama Julio, tiene epilepsia; pero que quería vivir solo y bastarse a sí mismo, sin tomar en cuenta su condición. Añadió que lo llevaría al hospital para que lo siguieran atendiendo, pues el doctor le daba esperanzas de que podía mejorar; pero él no había querido esperar. Dio las gracias a todos por la ayuda que le habían prestado, prometió volver a informarles cómo estaba, y se lo llevó en una camilla.

Así terminó la historia del Niño Dios. Por lo menos, en lo que a la vecindad respecta, pues no volvimos a saber de él. Ya me dirás  si sacas alguna conclusión de todo ésto.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 12 de Julio 2019 - 13:15
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Fecha B: 
Viernes, 12 de Julio 2019 - 15:30
Fecha C: 
Sábado, 13 de Julio 2019 - 04:30
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Cartas a Tora CXXXV

Querida Tora:

         Me preguntaste por qué al llegar aquí no me transformé en humano, y dices que así me sería más fácil conocer esta cultura. No es por llevarte la contraria, pero… Te voy a explicar.

         Al ver cómo se impresionaban los humanos al verme, me transformé en lo primero que vi cerca, sin saber ni lo que era. Fue un gato. A mi me daba lo mismo, y así me quedé. Con el tiempo, yo también me pregunté por qué no me convertía en humano, y fue entones cuando racionalicé lo que había hecho.

         En primer lugar, para ser humano necesitaba ropa. Aquí nadie anda desnudo, salvo algún escapado del manicomio o que esté haciendo un comercial de televisión (Esto no te extrañaría si vieras todo lo que anuncian en televisión). Luego, tendría que tener un lugar para vivir (Departamento o casa, es lo mismo); comprar comida, cocinarla, alternar con la gente (A menos que me hiciera pasar por mudo, y sabes que eso me cuesta mucho trabajo). Ta,bien necesitaría un trabajo decente, checar tarjeta, entregar resultados; tener una novia (No te acalambres pero es que si no, iban a decir que era yo del lado, y eso no te iba a gustar, a mi tampoco, claro); andar de borrachote los fines de semana (Por lo menos)¸llegar a casa y darle una paliza a la vieja (Y luego me acostumbro, y cuando regrese allá iba a querer hacer lo mismo contigo; y eso ni tú ni tu madre me lo iban a tolerar, ¿verdad?) ¿Y usar palabrotas? ¡Menos todavía!

         ¿Y ser vieja? Eso es todavía más difícil. Empezando por la preocupación de no engordar, de privarse de comer lo que te gusta o estarse todo el día reprochándotelo, competir con todas las demás por estar mejor vestida (Aunque eso aquí, en la vecindad, es es al revés, y todas compiten por ser la mas desgreñada), pensar todos los días qué hacer de comer, y cómo disfrazar la sopa de pasta para que parezca de otra cosa; Ir en el metro enchinándome las pestañas con una cuchara, porque no me dio tiempo de hacerlo en la casa; criticar a unas vecinas con otras y a otras con unas; reírse de las elegantes, aunque rabies por dentro; no darse cuenta de que el marido de la otra es más guapo, más rico, más generoso y más menso que el tuyo; decirle todos los días que es el más inteligente, y que el día siguiente va a cambiar su suerte. Eso, sin contar con la epidemia de feminicidios que se ha soltado, y que ya está llegando a pandemia.

        ¡Y se me olvidaba! Cuidar a los chilpayates, para que cuando llegue el orgulloso padre te de una paliza por consentirlos demasiado. Y disfrutar la paliza, que es lo más grave, porque ya has llegado a creer que “Si mi marido no me pega, es porque ya no me quiere”. ¿Te imaginas llegar a pensar de esa forma?

         Estoy mejor como gato. Me paso el día tumbado al sol; en las noches salgo a dar una vuelta por las otras azoteas; cuando me siento romántico (Perdón, no quise decir eso. Lejos de ti no me puedo sentir rormántico) le maúllo a la luna. ¿Qué como porquerías? Según y como. No, no como filetes. Pero la señora del 7 me da unos pellejos con bastante carne. La del 56, no; esa me da lo que se llama pellejos, correosos y duros, que ya ni los huelo para no perder el tiempo. Y a mi metabolismo le caen bien los pellejos… y la leche que me robo de la cocina del 58, que la dejan junto a la ventana para que se oree, y yo no tengo má que estirar la lengua. Se pasa bien como gato. Sobre todo, cuando en el King’s tiran los restos de chilaquiles bostonianos, que me encantan.

         Lo que más me duele es no poder estar a tu lado en esas noches de luna llena.. Qué más quisiera que poder verte todas los días y escuchar la risa cantarina de tu madre y… Sé que ésto es una ridiculez. Pero díselo a tu madre. Seguro que le cae bien. Perdóname, pero es que la nostalgia me pega fuerte a ratos. Ya volveré a estar junto a ti, y entonces verás lo que es bueno.
 

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 07 de Junio 2019 - 12:55
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Viernes, 07 de Junio 2019 - 15:10
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Sábado, 08 de Junio 2019 - 04:10