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cuento

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Castillejas Felizola

Carlos Castillejas quería hacerle una mala pasada a su compadre Félix Felizola. Quería hacerlo beber una botella de tequila, pero sin ninguna de las botanas que acostumbraban comer mientras bebían. Esto porque a pesar que era el mismo Félix el que lo sonsacaba para tomar en el patio de su casa, nada más se tomaba tres copas y luego se comía el pollo rostizado, los chicharrones, el chorizo o la carne asada… La última vez que lo había invitado, apenas dos domingos antes, luego de sus tres tragos para despistar, se acabó el pollo y, muy patán, le dijo a Castillejas:

―¡Compadre, a mí ya me dio sueño; si gusta se puede quedar en el patio, yo me meto en el cuarto a dormir!

Así lo hizo y Carlos lo tomó muy a mal y junto con otro amigo que los acompañaba, recogió la botella y todo el servicio y se fueron a otro lado.

Feliz Felizola era un hombre sumamente gorrón y burlón, siempre andaba, como quien dice, a la chinga. Era conocido en toda la ciudad como un hablador y ratero, cualquier cosita que miraba mal puesta, él se la afanaba. Muchos años antes había hecho compadre a Carlos Castillejas, y antes, aunque a sus espaldas se burlara y hablara de él, le tenía un poco de respeto. Nunca le hubiera hecho tamañas groserías de mal anfitrión. Ese Félix era hijo de un anciano que en su tiempo fue muy conocido, no tanto por sus tierras y sus muchas vacas, sino por lo pichicato y vil hasta el extremo. Pero ya en la vejez, enfermo e imposibilitado, vendió todos sus animales y algunas propiedades y repartió buenas sumas de dinero a los hijos que vivían en su casa, que eran dos, uno de ellos era el mentado Félix, quien a sus cuarenta años empezó a cargar la cartera repleta de billetes y a fanfarronear… Decía que de ahí en adelante él podía vivir sin trabajar y sin preocuparse de nada. Tiraba la cartera al suelo para que la vieran reluciente de billetes y luego la recogía pero no gastaba ningún peso. Pero eso sí, si lo invitaban cinco veces al día a comer lo hacía con bulla y glotonería. Una noche, con la aprensión de un apretamiento que sentía en el pecho, contó cuántas cocas se había tomado en el transcurso del día. Habían sido trece. Por supuesto, todas de gorra. Ya cuando empezó a arriar dinero, como él decía, empezó a hacerle bromas a su compadre, a difamarlo y a murmurar de su vida con quien quería escucharlo diciendo que era un muerto de hambre.

Carlos Castillejas había tenido su dinero hasta que murió su padre. Se casó y las cosas empezaron a venir a menos. Se mantenía de un negocio de abarrotes en el mercado, pero desde que nació su primer hijo su fortuna empezó a mermar sin ninguna consideración del cielo.

Castillejas no buscaba a Felizola, pero siempre que se reunían se la pasaba bien porque este era de un carácter festivo. Y antes de enterarse de lo mal que hablaba de él, se divertía con los chistes y el relajo que hacía de los otros. Felizola seguido pasaba al mercado para jodérselo con una coca y, si la pegaba, hasta con un plato de comida.

Castillejas, después de que prácticamente lo corrió Felizola, esperaba que lo invitara a tomar otra vez para desquitarse. No tardó. Nada más pasó un domingo cuando el compadre burlón lo invitó. Por pura ocurrencia, por hacer ruido nada más porque él no tomaba, nunca llegó a ser borracho, antes al contrario, tenía un odio recalcitrante con los que gastan su dinero en alcohol. Lo de él eran las botanas y la comida. Pasó, pues, al puesto del mercado y después de su relajo que movía a carcajadas a mandíbula batiente, le dijo:

―¿Compadre, cuándo nos echamos otra botellita de jimador?

―Cuando usted guste… ―le contestó Castillejas, pensando en desquitarse.

―Pues no se diga más: este domingo.

―Ahí estaré, compadre.

―Pero mire, yo pongo la botella, ¿y qué le parece si usted lleva un kilo de carnitas?

Costaba más un kilo de carnitas que una botella de jimador con su fresca y sus hielos, pero así de ventajoso era Felizola. Su compadre, por llevar algún plan para hacerlo sentir mal, aceptó.

Ese domingo Carlos Castillejas cerró más temprano su puesto de abarrotes para estar a las cuatro de la tarde en la casa de Felizola. Llevó el kilo de carnitas y pensaba no bajarlas de su camioneta hasta que se acabaran la botella. Felizola hizo pasar al compadre, y se sentaron a la mesa donde siempre se acomodaban. A pesar que el dueño era un vividor y un mal intencionado, aquel patio transmitía paz y serenidad. Había dos cueramos y un tamarindo que daban buena sombra. El suelo, bien regado y barrido, hacía decir a cualquiera: “Aquí está bueno para un baile.”

Felizola, quien se dio cuenta que el compadre había entrado sin nada en las manos, guardó por un rato recato pero luego no pudo aguantarse más:

―¿Compadre, no trajo el kilo de carnitas?

―Sí, compadre, lo tengo en la camioneta, cuando nos acabemos la botella iré por él ―le dijo Castillejas, empezando a disfrutar de su venganza―. Es que luego que come le da sueño y me deja solo.

Por un momento Castillejas gozó la situación porque veía la inconformidad de su compadre, quien no pasaba de beber su segunda copa.

Pero Felizola ideó algo que le saldría a pedir de boca. Durante la conversación de las primeras copas Carlos le preguntó por su padre. Entonces aquel tuvo la gran idea. El viejo, ya achacoso, vivía en la casa paterna; Felizola, quien tenía la suya en la misma propiedad, se levantó diciéndole a su compadre que el viejo estaba bien y que iría por él para que lo saludara. Fue tan notorio y positivo el cambio de Felizola que Castillejas pensó lo peor.

Felizola entró en el cuarto de su padre y lo encontró sentado en el borde de la cama. Le preguntó que si ya había comido y el viejo le contestó que no. Entonces le dijo que su compadre Carlos había llevado carnitas, que saliera para que siquiera se echara un taco. Y aquel viejo se levantó, se puso una camisa y se calzó sus guaraches y salió al patio y se fue a reunir con ellos. Era un viejo que a Castillejas siempre le inspiró respeto por su cabellera blanca. Porque ese Castillejas era un hombre educado que siempre se dirigía a sus mayores con comedimiento. Y nada, mucho menos la broma que le quería jugar a su compadre, lo haría apartarse de sus principios. El anciano, como si Félix lo hubiera puesto al tanto de su plan, después de unos minutos de platicar, lanzó las palabras que esperaba oír Felizola.

―¿Qué, hoy no tienen ninguna botanita?

―¡Claro, papá! ―contestó de inmediato Felizola―. ¡Ándele, compadre, traiga las carnitas para que mi jefe se eche un taquito!

Carlos Castillejas no tuvo de otra que ir a su camioneta y traerse la bolsa de carnitas con otra bolsa con un kilo de tortillas. Apenas las puso en la mesa, Felizola rompió las bolsas y nada más esperó que su padre agarrara un pedazo con dos tortillas, para empezar a comer ventajosamente, agarraba tres o cinco tortillas en rimero, las aventaba sobre las carnitas, y las recogía con todo lo que su puño podía agarrar. Castillejas, a instancias del viejo canoso, no tuvo de otra que también entrarle a los tacos, pero no le supieron a bueno, antes le daba mucho coraje el cinismo y el descaro de su compadre Felizola. Luego que se acabaron las carnitas, el viejo volvió a su cuarto y los compadres, por idea de Castillejas, se sacaron la mesa y las sillas a la calle. A Félix le cayó bien la idea porque así le sería más fácil terminar la reunión. Él se había comido casi todo el kilo de carnitas y el kilo de tortillas. Comiendo, decía, ya no bebía, pero decidió acompañar un rato más a su compadre tomando puro refresco.

Con unas copas más a Carlos Castillejas se le pasó la jugada ventajosa de su compadre y los dos se pusieron a platicar. Vieron doblar por calle a un anciano alcohólico, conocido por su nombre Abiud, era un borracho que causaba repugnancia a Felizola, este, luego que lo vio, dijo:

―Mira pues, compadre, ahí viene ese viejo borracho, a mí pues por eso no me gusta beber en la calle, porque cualquier ave de mal paso luego se queda. De seguro aquí se va a atorar…

Estas palabras Castillejas las tomó como un pretexto de los que usaba su compadre para retirarse a su cuarto a acostar.

―Déjelo, compadre, trae su bebida ―le dijo, teniendo consideración por aquel viejo porque tenía un parentesco lejano con él.

Abiud llegó a donde estaban los compadres. Ya era la nochecita. Era un viejo que había hecho toda su vida en otras ciudades, pero que había regresado a su tierra para morirse en sus calles de borrachito. Felizola, en un gesto que le sorprendió a Castillejas, le sacó una silla y el viejo se sentó a tomarse una botella de cocacola con alcohol que traía con él.

Abiud hizo una plática muy conocida entre los que alguna vez lo habían oído: de su niñez de sueño y su juventud esplendorosa, de su adultez dedicada al trabajo, de las calles de las ciudades de su recuerdo macerado, del trago que acabó con sus sueños más robustos, de su oficio de bolero con el cual se mantenía, de su cabellera china y azabache libre de canas, del buen día que soñó a Dios: “…Yo he visto su rostro, solía decir, su rostro como un trono de luz y oro”, de que ese rostro le había señalado el buen camino pero que él torció por el camino equivocado… Estas y otras chácharas platicaba sin lograr la atención de los compadres. Porque mientras él hablaba, los pensamientos de ellos se afanaban en los vericuetos del odio y la maledicencia. Sin embargo, lo disimulaban con otras chácharas que se endilgaban uno con otro:

―Mire compadre a este hombre, el vicio lo ha dominado. Verá que terminará loco y desnudo en las calles. Para allá vas tú, compadre borracho. Ya acabaste con el dinero que te dejó tu padre. Mira nada más que te gusta andar en fiestas, hasta has agarrado la mañita de comprarte sombreros para irte a divertir…

―Compadre, uno nunca sabe los sablazos del destino. Ay, compadre, con un piojo sientes un piojero; con el dinerito que tienes ya te sientes un “don”. Pero ese dinero que presumes no es nada con el dinero que yo he manejado.

―Yo no digo… hay que echarse unas…, compadre, así como tú y yo lo hacemos. Terminarás de perro, ya no has de tardar en pedirme dinero prestado. ¡Mira nada más, cuando te busqué de compadre tenías tu dinero, ahora eres un hombre tirado a la calle! No tardarás en caer. No cabe duda que mi padre tiene razón, hay que cuidar, hijo, hay que cuidar, hijo…

―Pues sí, compadre; hay que trabajar, ya ve a mi padre, en otras ocasiones le he platicado todo lo que llegó a tener…Quieres hacerte de aires de dinero, pero eres un vil, un vil como dicen que fue tu padre. Ay, compadre, yo sí te he matado el hambre.

―Compadre, pues no nos queda de otra que seguir el ejemplo de nuestros viejos, hay que aprender de sus canas y sus arrugas… Ya vas a empezar a hablar de cuando vivía tu padre. Háblame qué tienes ahora, perro muerto de hambre. No tardarás en humillarte ante mí…

Mientras ellos estaban en estas pláticas y murmuraciones, el borracho Abiud se quedó callado, se levantó, se estuvo un rato parado, como en trance; y después de mascullar: “Ya me ganó…”, soltó un pedo que sacó del odio que Felizola y Castillejas disfrazaban con inofensivas palabras. Y luego vieron escurrirle un líquido espeso por debajo de la tela del pantalón.

―Viejo cochino y asqueroso ―gritó Felizola―. ¡Vaya a cagarse a otro lado!

Abiud pudo caminar un pedazo, sin poder evitar que el líquido de su excremento fuera haciendo una rayita en el suelo que hacía escandalizar a Felizola. Pudo doblar la calle, es decir, la barda de la propiedad de los Felizola y desde ahí se oyó otra ventosidad, era lugar oscuro y ahí el viejo pudo hacer sus necesidades.

Mientras tanto, Felizola aprovechó para despedir al compadre. Y vean lo que pasó: Castillejas, que ya estaba borracho, mientras se levantaba tiró su cartera sin darse cuenta. Se le salió de la bolsa de su pantalón. Su compadre vio, pero no dijo nada. Aprovechó un claro de descuido para agarrarla y, mientras metía las sillas, tirarla en lo oscuro del patio. Ya con este suceso apuró más la despedida y acompañó al compadre hasta la portezuela de la camioneta con chistoretes y carcajadas. Antes habían ido a ver al borracho infeliz pero este ya no estaba. En el suelo vieron una nata espesa que brillaba con la luz tenue y mendiga de las esquinas solitarias. Castillejas arrancó su camioneta y se marchó. Mientras tanto Felizola se dirigió a donde había aventado la cartera y la recogió, la abrió y sacó cuatro billetes de doscientos pesos. Muy ufano se dirigió a desaparecer la cartera y las credenciales de su compadre. “La cagada de ese viejo borracho bien que valió la pena”, dijo para sus adentros.

 

Al otro día, antes de amanecer, Castillejas llegó a la casa de Felizola. Por el camino pensó en los ochocientos que traía en su cartera, pero sobre todo en las tarjetas y credenciales que se suelen ponderar. Después de tocar varias veces una puerta de rejas y hasta de echar grito, salió Felizola muy contento. Sonriente, burlón, hablando de episodios pasados que sabía que al compadre le hacían gracia. Pero no le dijo nada de la cartera y ni del borracho cagón. Después de tanta chocarrería que llegó hasta molestar a Castillejas, este le dijo el motivo de su visita:

―¡Mi cartera, compadre! Si la encontró por aquí devuélvame nada más mi credencial y mi tarjeta del banco.

―¡Cómo cree, compadre! Yo no acostumbro a hacer eso… Te la devuelvo pura verga, compadrito pendejo… borracho…

―¡Eh jeee!, compadre rata, ya vi que no me la devolverás. No me explico, compadre, si no se me hubiera caído aquí, se me hubiera caído en mi camioneta.

―Pero aquí no tumbó nada… que yo sepa. ¡Fue el borracho, ese méndigo borracho!… No me conoces nada, compadrito, ¡cuándo cochos te iba a decir: “Sí, aquí está”!, ¡qué pendejo eres, compadre!

―No, no creo que el parientito Abiud tenga algo que ver… Te conozco, compadre. Yo te he visto cómo robas a los huérfanos y a las viudas…

Y estuvieron mucho rato en estas pláticas. Empezó a clarear el día. Felizola nunca le devolvería nada a su compadre. Para quitárselo de encima le dijo que si gustaba él le prestaba lo que necesitara. Castillejas sintió tal proposición como un aguijón de rabia en los lóbulos de sus orejas. Eso era precisamente lo que había pensado en el camino: Será mucho humillarme si le pido cinco mil pesos prestados a mi compadre. Con cinco mil pesos bien podía surtir su puesto. Pero mandó al diablo tal proposición. Le agradeció al compadre y se empezó a salir a la calle. Felizola, siendo la burla misma no dejaba de echar pullas. Una nublazón de pesar pasaba por el rostro de Castillejas. Y aquí viene lo que lo salvó de su tribulación. Por petición de Felizola fue a echarle un vistazo a la cagada del viejo Abiud. Al principio no quería. Desmoralizado como andaba, nada más quería llegar a su casa a hundirse en sus remordimientos. Pero era tanta la bulla y la insistencia del compadre, quien no dejaba de hacer aspavientos y de proferir maldiciones, para que fuera a ver la escatológica retorta, que Castillejas cedió. Dio un paso adelante de Felizola y no vio nada de retorta ni de inmundicia, sino una moneda que con su faz color del alba esperaba al primer afortunado para resplandecer: era una moneda Centenario. La recogió Castillejas ante el silencio de Felizola, quien luego mudó de cara. Porque era sumamente envidioso. Hicieron mil conjeturas. Ninguna les pareció. El mismo Felizola llegó a decir que aquel viejo era de buen agüero porque cagaba monedas de oro. Ningún rastro de inmundicia. Ese día se alivianó Castillejas. Un Centenario, por esos días, valía arriba de treinta mil pesos. El mismo Felizola para probar su buena ley no se resistió a morderlo: “Es oro puro”, dijo.

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Martes, 05 de Noviembre 2019 - 12:55
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Martes, 05 de Noviembre 2019 - 15:10
Fecha C: 
Miércoles, 06 de Noviembre 2019 - 04:10
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Cartas a Tora CXLIII

Querida Tora:

Lo que te voy a contar les pasó a los vecinos del 10, una pareja mayorcita, pero muy agradables. Saludan a todo el mundo, ella hace amistad con todas las viejas (a ella no la llamo así, porque es distinta); y a mi hasta me acarician el lomo cuando pasan a mi lado. Él fuma; ella, no; ésto es un antecedente importante para lo que les pasa.

Resulta que ella cambió de repente: se volvió tristona, no platicaba con  las amigas, se pasaba el día tirada en la cama quejándose de todo: si hacía frío, malo; si hacía calor, malo; si no hacía ni frío ni calor, malo. No quería comer; pero de pronto, en la noche despertaba gritando “¡Tengo hambre!”, y quería que le trajeran un plato de pozole (por decir algo). Y allá iba el señor a conseguir el pozole, a veces al King´s, a veces más lejos. Y cuando llegaba a la casa, ella le decía “Ay, lo trajiste blanco; yo lo quería rojo”, o al revés. El hombre lo iba a cambiar. Pero un día se cansó (eran como las cuatro de la mañana); y lo que hizo fue echarle al pozole un refresco de color rojo que tenía y bastante chile (el chile tapa todos los sabores), y la señora lo encontró muy sabroso.

Una noche el señor no podía dormir por la preocupación. Se puso a ver la televisión, pero no había nada medianamente potable. Quiso leer; sólo tenía el periódico, y las noticias no eran precisamente agradables.. Alargó la mano para tomar sus cigarros, y no los encontró. Los buscó por todos lados: nada. Por fin se fue a dormir, más preocupado que antes, creyendo que alguien les robaba. ¿Pero sabes qué? Le pareció sentir olor a cigarro. Se puso a husmear (es apalabra aprobada por la Academia de la Lengua, no vayas a pensar mal); y el olfato lo condujo hasta su esposa. ¡La señora olía a cigarro!

Para colmo, al día siguiente la señora se levantó un poco menos pesimista que de costumbre, y hasta le sonrió al darle los buenos días.

El señor quiso hacer una prueba, y dejó su cajetilla de cigarros en su buró y salió a la calle. Cuando regresó, la cajetilla estaba donde la había dejado, pero faltaban cinco o seis cigarros. Entonces, lo que hizo fue no traer cigarros a la casa, y observar lo que pasaba. ¿Y sabes lo que pasó? Que la señora tenía un humor de perros (pobrecitos animales. Si supieran lo que los humanos dicen de ellos…); se negó a hacer comida, a salir a la fonda a comer, y ni siquiera le pidió el pozole nocturno (ni rojo, ni blanco ni en technicolor). Y en la noche, lloró. Así, sin dar explicaciones.

No había duda. ¿Pero quién necesita llenarse los pulmones de humo? Con el daño que eso hace… Y desde entonces, el hombre está atormentado por la duda: el cigarro le hace daño a su esposa, como a todo el mundo. Pero la depresión le hace daño a ella, y también a él, porque hay días en que no la aguanta y la quisiera matar (o, por lo menos, amordazar).  Pero, ¿te imaginas a una persona (sobre todo, si es mujer) desesperada y sin poder hablar? Perdóname  por decir ésto, pero es un hecho fisiológico (debidamente comprobado, del cual yo no tengo la culpa). ¿Qué será peor? A veces se disculpa diciendo que lo hace por el bien de ella, o de los dos; y en momentos de mayor preocupación, que lo hace en defensa propia (eso le parece el colmo del egoísmo pero, ¿qué otra cosa puede hacer?).

Total, que el hombre se está desgastando inútilmente y culpándose de no sé cuántas cosas, cuando la realidad es que su mujer está mejor de lo que ha estado en años.

Ah, una cosa, ella no ha admitido que fuma, y él no quiere admitir que sabe que fuma. Se engañan mutuamente, pero parece que eso los hace felices.

¿A ti qué te parece todo ésto?

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 09 de Agosto 2019 - 12:50
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Viernes, 09 de Agosto 2019 - 15:05
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Sábado, 10 de Agosto 2019 - 04:05
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Cuento para Cecilia

Abril de 1993.

En ese momento, ignoraba si los celadores del conjuro maléfico, habían complicado su estrategia aún más; si para rematar sus acciones, habrían enviado ya a alguien que pudiera robarle su corazón.

  Si pudiera yo volver a los prunos…

Para poderse dar ánimos, dejo volar su mente hacia el instante preciso en que la dicha pareció sonreírle por primera vez en su vida sobre el planeta.

Cecilia se lo había recordado en las letras de marzo:

“Te sientes como nunca antes; tienes lo que nunca antes; todo lo que necesitas. ¿No es así?

-        El hijo que posiblemente llevas en ti,

No es parte de conjuros ni espejismos;

El ya nació en tu idea y en mi sueño/

-        Al aceptarme en ti, surgió su vida.

-        No le impidas que llegue.

-        Lo deseo con el alma/

-        No importa si lo tengo tomado de mi mano,

O si simplemente me permites soñar con él,

-        Acercándome a traves de los arboles

O detrás de los riscos.

-        Acepto ser la altura lejana de su cometa

Cuando sostenga con un cordón

Sus juegos y sus fantasías.

-        Si tú me amas (continuaría)

Y el precio de que me ames, es soñarte;

(Soñarte solamente)

-        Y si para soñarte necesito alejarme de esta vida,

Estoy dispuesto a hacerlo.

-        Solamente me quedan dos caminos:

(Y en ninguno de los dos puedo ser censurado sin misericordia).

-        Si tú, mi amor, eres en verdad la compañera (tanto tiempo silenciosa)

Con la que estuve desde mi infancia ya lejana/

(Esa infancia que todavía me espera)

-        Sabrás perdonar que hoy, este tan confundido como tú.

No tomaras a mal que te haya sospechado

Como parte de la estratagema y del conjuro;

-        De esa persecución que nos acosa.

-        Si finalmente nos encontramos aquí

Habremos terminado con el hechizo

Y seguiremos nuestro camino.

Podremos por fin, envejecer juntos (esta vez)

-        Por una vez

-        Entre todas las dimensiones y tiempos suspendidos.

Si por el contrario

No eres quien yo buscaba originalmente

Te amo lo mismo/

Porque tu ilusión

Tu espejismo

Ha generado en mi vida, actos de valor y decisión

Que no había intentado nunca antes.

-        El acto supremo de amor

Que ante tu “espejismo” querría realizar

Es precisamente, arrebatarte del dominio

De ese bando contrario del nuestro

Para llevarte donde los sueños ocurren en la luz.

-        Solamente si tú me rechazas por ambos caminos

Tendré que llevarme tus palabras

Grabadas en la mente

Puesto que aquí se quedarían contigo

Tus palabras; tus letras en papel

Las que dijiste en marzo

Para que así  evitemos un encuentro futuro.

-        Si hoy te devuelvo tus palabras de marzo

Que en tu ausencia serian tus vestigios

Y como vestigios, puentes;

No habrá conexión que nos mantenga unidos

Al menos no con la fuerza suficiente

Que pueda hacer factible coincidir de nuevo.

Yo envejeceré (entonces)

Mucho más rápidamente que tu/

Y moriré en el sitio que he escogido

Para dejar el mundo.

-        Envejeceré recordándote en silencio

Sin intentar buscarte nuevamente/

Nunca hablare de ti/

Alguna sonrisa (tal vez) escapara a mis labios

Cuando evoque tu cabello o tu mirada.

Cuando sienta tus manos en mi pecho

Mi cuerpo estará tenso, pero solo.

-        Lamentaré, si no eres quien buscaba,

No haber sido capaz de transformarte

O de arrebatarte al bando del conjuro

Que habrá segado el amor en mi horizonte.

Moriré de soledad y de sequía/

Me dejare morir

Porque en este final de mi verano

No deseo realidades ni espejismos

Diferentes de ti.

 

-        Roto el cordón astral que nos ha unido

No habrá en todo el universo una manera

De que nos volvamos a encontrar.

Se confirmara entonces, como una profecía

Esa carta de marzo

Y yo,

-        Vagaré  extraviado eternamente.

     ___________________________

Acapulco,  verano de 1993.

Fecha: 
Miércoles, 26 de Junio 2019 - 13:25
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Miércoles, 26 de Junio 2019 - 15:40
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Jueves, 27 de Junio 2019 - 04:40
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Cartas a Tora CXXXIII

Querida Tora:

      Tuvimos una fiesta en la vecindad. Fue una fiesta poco común: el abuelo (y bisabuelo y hasta tatarabuelo de unos vecinos cumplió 100 años). Y los parientes le organizaron un fiestón. Empezaron por pedir el patio para la comida, porque iba a venir una cantidad enorme de gente: el señor tuvo diez hijos; de ahí salieron 40 nietos, y lo demás ya ni lo quieras saber. Eran más de 100 los invitados, sin contar a algunos vecinos que también asistieron porque los conocían de mucho tiempo antes.

      El portero se mostró generoso, y no les cobró por alquilárselos ni les puso obstáculos (Pero porque los vecinos están empezando a exigirle que tape el hoyo y arregle los baños, y quiso quedar bien con ellos). La comida la pusieron entre todos, y hasta la tía de Zacatecas (Sí, el centenario tiene una tía, porque su abuelo tuvo un montón de hijos, y esa mujer nació después que el señor, ¿te imaginas?) trajo unos tamalitos, que ya llegaron secos y pulverizados, pero como dijo ella misma, lo que cuenta es la intención.

      También una tataranieta que ni siquiera lo conocía tuvo la intención de llevar unos chiles en nogada; pero lo único que llegó fue el rabo de ,los chiles, porque se agusanaran en el camino (Pero los pusieron en la mesa, para que todos los vieran; y si no se los comieron, fue porque los gusanos se pusieron a bailar como poseídos en cuanto oyeron “Las Mañanitas”).

      La familia se levantó a las tres de la mañana, para poder estar listos a las dos de la tarde, que era la hora de la cita. Todo fue muy bien hasta que quisieron despertar al centenario. Lo tenían en una especie de ropero, porque no tenían habitaciones suficientes para todos, y por la noche le cerraban la puerta (Al fin que nunca necesitaba nada); y cuando abrieron la puerta, el señor dijo “Nos vemos”, y estiró la pata. Así como te lo digo: se murió.

       ¡Había suspender la fiesta! Pero la tía dijo que no, que el centenario siempre había sido muy fastidioso, y que no iba a permitir que les fastidiara la comida. Además, los cien años los había cumplido de todas formas, así que ¡adelante!

       Llegada la hora, sacaron al centenario en un  sillón, lo sentaron a la cabecera y dijeron que estaba dormidito. A nadie le extrañó que durmiera durante toda la comida, porque en realidad nadie lo conocía, y sólo sabían que era muy dormilón. Así que comieron, bebieron y bailaron con todo el entusiasmo que despertó la ocasión. Todos quisieron felicitar al centenario, y como no le podían  estrechar la mano “porque estaba un  poco cansado” (En realidad, no querían que se dieran cuenta de que ya estaba frío) se contentaron con darle unas palmaditas en la espalda, que más de una vez lo derrumbaron sobre el mole o los chilaquiles. Pero no hubo consecuencias, y todo se redujo a limpiarle la cara y la camisa, que era nueva y blanquísima, porque se la acababan de comprar (Después vino el pleito de quién la heredaba, pues todos la querían; pero se la llevó la tía, para acordarse de las necedades e inconsecuencias de su sobrino favorito, que le recordaban tanto a su papacito).

       Como a la una de la mañana metieron  al centenario a la vivienda, “no le fuera a hacer daño el frío de la noche”, y el baile siguió hasta las seis de la mañana, momento en que una de las nietas salió llorando, diciendo que “su abuelito se acababa de morir”. El impacto que causó en los invitados fue terrible, y no faltó quien dijera que no debían haberlo expuesto a tanto jaleo, que lo habían matado con su exceso de cariño. Pero fueron unos cuantos, y los demás los abuchearon hasta callarlos. Total que en unos minutos organizaron la capilla ardiente con  una de las mesas, y empezaron a servir café con piquete (Del cual tenían todavía bastante), y lo velaron ese día y la noche siguiente, para aprovechar lo que sobraba de la fiesta. Ya luego lo enterraron y le rezaron lo necesario (De lo cual se encargó la Mocha con muy buena voluntad, aunque no la habían invitado a la fiesta).

       El portero se portó bien, y no les cobró por usar el patio como capilla ardiente. Al contrario, hasta se ofreció a pasarles una película del Piporro. Pero ya sabes por qué fue.

      Te quiere

      Cocatú

Fecha: 
Viernes, 24 de Mayo 2019 - 13:05
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Fecha B: 
Viernes, 24 de Mayo 2019 - 15:20
Fecha C: 
Sábado, 25 de Mayo 2019 - 04:20
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Cartas a Tora CXXVIII

Querida Tora:

         ¿Ter acuerdas de aquel perro de la vivienda 1, que logró evitar la Tenencia de Mascotas? Pues va a ver lo que pasó con él.

         Ese perro odiaba al portero, y cada vez que éste pasaba cerca, le tiraba mordiscos; pero sólo logró alcanzarlo una vez, y no le rompió nada importante, sólo el pantalón. Pero el portero quería mucho ese pantalón (Regalo de su abuelita, la pobre), y juró que acabaría con él. Y una noche (Por la noche se hacen las  cosas más tenebrosas, como te habrás dado cuenta) citó a todos sus guaruras y les dió dos días de plazo para deshacerse del perro. ¿Cómo? Eso era cosa de ellos.

         Al más se le ocurrió una idea, y todos lo ayudaron a ponerla en práctica. La noche siguiente (Siempre la noche, ¿te das  cuenta?) le arrojaron un pedazo de carne envenenada, que el perro deglutió (No conoces ese verbo, ¿verdad?) con entusiasmo; y cuando cayó exánime, lo tiraron del piso alto a la planta baja. Al caer, el cráneo del perro se abrió y se le salieron los sesos, (Cuando bajaron, todos los guaruras se resbalaron como idiotas; y se fueron riéndose, con los trajes manchados).

         Cuando el señor del 1 descubrió el cadáver, puso el grito en el cielo (¿Te imaginas lo que tuvo que hacer, para llegar tan lejos?), y exigió al portero que encontrara al asesino. El portero dijo que eso no entraba en sus obligaciones; pero vió al señor tan alterado, que dijo que iba a “proceder a la investigación”. Para eso, hizo venir a la enfermera del Seguro Vecinal, y le dijo que le hiciera la autopsia al animal. La enfermera contestó que ella no sabía hacer autopsias, y menos a perros. Pero el portero le dijo que si no la hacía la iba a acusar en su sindicato y que, además, se olvidara de él para esas noches románticas que tanto le gustaban. La mujer tuvo que obedecer, y se puso a trabajar.

         Se pasó el día entero estudiando al perro de cerca, de lejos,  por arriba y por abajo. Y no decía nada. El chamaco del 18, en cuanto lo vió, dijo: “Lo envenenaron. Por eso tiene espuma en la boca”. La enfermera le dió un puntapié y lo amenazó con ponerle una inyección, y siguió estudiando al animal. El señor del 1 se acercó y le exigió que diera un veredicto (Pero el señor del 1 no es muy instruído, y no sabe lo que es un veredicto). La mujer siguió lo mismo (Haciéndose la tonta, en pocas palabras) hasta que llegó el portero y le preguntó qué había averiguado.

         La enfermera se puso los anteojos, para verse más sabia, y dijo que la espuma en la boca era señal de que el perro había contraído rabia. Y como los perros son animales muy inteligentes, se dio cuenta que pronto empezaría a morder a todos los vecinos; y como los perros también son bondadosos y abnegados, prefirió tirarse al patio para acabar con ese mal, a cosa de su vida.

         El portero se quedó con la boca abierta, al escuchar tanta ciencia. Y no quiso ni oir al chamaco del 18,        que le decía lo del venero; ni que el perro no podía haber saltado al vacío, porque estaba sujeto por una correa, ni que la dicha correa estaba cortada con navaja, ni que los trajes de los guaruras estaban manchados de sesos de perro. El portero ensalzó a la enfermera delante de todos los vecinos, les dijo que debían sentirse honrados de tener a una persona tan inteligente y tan culta atendíendo sus enfermedades y pidió un aplauso para ella.,(Y, aquí, entre nos, ese mismo día le regaló una de esas noches románticas que tanto le gustan) .

         El día siguiente, el portero empezó a hablar otra vez de la Tenencia de Mascotas; pero en cuanto se acercó al 1, oyó el ladrido furioso de un perro Doberman, y salió pitando de allí. Lo que pasa es que el chiquito de la familia aprendió a ladrar como el perro; y en cuanto el portero se acerca, los papás le pican las costillas para que empiece a ladrar.

         Ya te informaré si el portero vuelve a la carga. Aunque yo sé que los vecinos se bañan ahora más seguido, para que no les cobre por los piojos que tengan.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 12 de Abril 2019 - 13:15
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Fecha B: 
Viernes, 12 de Abril 2019 - 15:30
Fecha C: 
Sábado, 13 de Abril 2019 - 04:30
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Cartas a Tora CXII

Querida Tora:

            El otro día llegó un  inquilino nuevo, y desde el primer momento causó sensación. ¿Sabes por qué? Porque nadie sabía si era hombre o mujer (Yo tampoco lo sé, pero a mi no me importa). Fueron los vecinos a preguntarle al portero, pero éste les dijo que a él sólo le importa que pague su renta puntualmente y que se llama Guadalupe. Pero Guadalupe es nombre de mujer y también de hombre (Pero más de mujer, por aquello de la Virgen).

            Viste pantalones (Puede ser hombre o mujer) y una  sudadera o playera grande (Lo mismo), y siempre de color verde (Eso no indica nada) ¿El pelo? Más largo que muchas mujeres y más corto que muchos hombres. ¿Maquillaje? Eso se discute mucho, y hasta les preguntaron a los del 41su opinión. Los muchachos dijeron que quién sabe, que no se le notaba nada, pero que ahora había verdaderas maravillas en afeites de todo tipo; que la cara igual podía ser de una mujer tosca o de un hombre blandito, y eso no significaba nada. ¿Curvatura del cuerpo? La ropa no deja adivinar más que el ángulo del codo, que combina igual con los genitales masculinos que con los femeninos.

            Lo único que quedaba era verlo (O verla) desnudo (O desnuda). Mira, para no estar escribiendo en masculino y luego en femenino voy a escribir en neutro, porque me choca estar usando tantas palabras. ¿Pero cómo lo iban a lograr? ¿Por las buenas? ¿Pidiéndole que se bajara los pantalones? ¿O bajándoselos cuando estuviera descuidado (Aquí entre nos, te diré que nunca está descuidado, y se fija en quién camina detrás él o a su lado, como si temiera algo). Ya tuvieron un problema similar, ¿te acuerdas? Cuando llegaron unas japonesitas y quisieron averiguar si de veras tenían el mono atravesado. Inventaron muchas cosas para verlas, y quedaron siempre en ridículo. Ahora no podían emplear los mismos métodos de esa vez. Tenían que ser más inteligentes.

            A los del 12 se les ocurrió  colgar a uno de sus hijos pasándole una cuerda por las axilas y descolgarlo hasta la puerta de su baño. Esperaron pacientemente a que el individuo ese se fuera a bañar (Tuvieron que esperar varios días). Por fin, un sábado se presentó la ocasión y empezaron a descolgarlo. Pero el chamaco no pudo evitar que el peso lo venciera, y empezó a escurrirse por el lazo, de modo que la cuerda le subió los brazos y amenazaba con llegarle el cuello,. A ruegos (Y manazos) de la atribulada madre, el padre lo subió y se les frustró el método.

            Otro sábado descolgaron un teléfono celular en modo de video, pensando que al no tener cuello el teléfono no habría ningún problema. Pero sí lo hubo, porque la ventana estaba  cerrada. Ya desesperados, los vecinos movieron la reata para que el teléfono se columpiara y luego rompiera el vidrio de la ventana (Ya no les importaban las consecuencias) y filmara al señor de verde. Pero calcularon mal, y el teléfono entró por la ventana del vecino de enfrente y filmó a su ocupante en amigable coloquio con una de las muchachas del hotel (No quiso pagar el cuarto, y se la llevó a su vivienda).

            El señor-señora (Lo que más te guste) se dió cuenta de lo que pretendían, se enojó y se fue de la vecindad, dejándolos con un palmo de narices (¿Por qué se dirá así? ¿Qué tienen que ver las narices con una desilusión, por violenta que ésta sea?)

            El que salió ganando fue el señor del 12, que vió la oportunidad de hacer un negocio, y le vendió el video al que se llevó a la muchacha a su vivienda, diciéndole que si no se lo compraba se lo entregaría a su esposa (Esa señora tiene un genio espantoso, y no quiero imaginar lo que le haría al marido).

            Yo vi todo desde la azotea y, a diferencia de los vecinos, sí logré ver al señor-señora desnudo. Pero no voy a decirte lo que era, porque es pura curiosidad malsana. Y, además, no te importa. Perdóname que lo diga con esas palabras, pero es la verdad. Y, por encima de todo, yo quiero protegerte de todas las cosas feas que tiene la vida.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 14 de Diciembre 2018 - 10:20
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Fecha B: 
Viernes, 14 de Diciembre 2018 - 12:35
Fecha C: 
Sábado, 15 de Diciembre 2018 - 01:35