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crónicas

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Divagaciones sobre la lluvia

Ayer, envuelto en una bruma blanca y ligera, bajo una lluvia muy fina y pertinaz, caminaba por las calles e intentaba calcular desde hace cuántos días que había comenzado a llover. Sin paraguas, con los calcetines húmedos y los pies mojados, había terminado por arrepentirme de haber comprado esos zapatos de gamuza. La lluvia es una bendición; la lluvia es una catástrofe, me dije. Al final de la tarde, terminé refugiado en el café de un hospital, donde busqué la mesa más cerca de una ventana desde donde podía ver a la gente ir y venir bajo el aguacero, y donde podía escuchar el tamborileo de las gotas pegando contra el cristal. Uno se aferra a sus hábitos y a sus placeres cotidianos porque no quiere que la normalidad se altere. Pero la lluvia siempre altera esa normalidad.

El café, como era de esperarse, en días como ayer, se encontraba repleto de gente. La lluvia me llevaba a otro lugar. A mi alrededor todo respiraba calma. Es interesante ver que todas las cosas cambian cuando llueve. A pesar de ser temprano todavía, había muchas luces iluminando la ciudad. Quienes no llevaban paraguas, caminaban muy deprisa, con la cabeza baja. Otros corrían, sin darse cuenta de que no por mucho correr se mojarían menos, y de que tan sólo permanecerían menos tiempo bajo el agua. Una pareja se besaba debajo de un paraguas. Los besos, bajo la lluvia, aparecen revestidos de un romanticismo más puro. Había también quienes pasaban resguardados bajos sus chubasqueros rojos y amarillos y quienes caminaban bajo esos curiosos techos móviles: los paraguas, o los que habían tenido la astucia de inventarse un paraguas con un portafolios, un libro, un periódico o, simplemente, levantando la gabardina y escondiendo la cabeza entre las solapas.

En un mundo cada vez más deshumanizado, la realidad es que la lluvia no parece una amenaza, sino un refugio. ¿Se ha fijado alguna vez cuántos paraguas pintaron los surrealistas? Y qué otra cosa es el arte, además de un refugio de la realidad. Yo casi nunca uso paraguas: los olvido en todas partes, los regalo o los extravío. Y cuando uso alguno lo prefiero macizo; uno de esos que no se pliegan; macizo y grande; invulnerable, para usarlo también de bastón. Soy cuidadoso con todas las supersticiones, razón por la cual nunca camino debajo de una escalera y tampoco abro un paraguas en el interior de un inmueble. Me gusta estar con mi mujer y con mis hijos mientras llueve. Me gusta mirar una película mientras llueve. Me gusta leer. Supongo, que esto es un lugar común. Ya lo dijo el brillante escritor mexicano Juan Villoro, en su monólogo teatral, Conferencia sobre la lluvia: «la literatura es un lugar en el que llueve […] yo me he dedicado toda una vida a coleccionar chubascos literarios». Recuerdo días felices en los que salía por las tardes, me internaba en el Parque del Reloj y leía poemas del genial poeta argentino Oliverio Girondo. También recuerdo días menos felices en los que iba al Parque México y leía poemas del poeta chileno, Vicente Huidobro, o del peruano, César Vallejo. De Vallejo, ese es uno de los mejores versos que conozco: «Moriré en París con aguacero». Y, dicho sea de paso, poco tiempo después de haber terminado su libro: Poemas humanos, César Vallejo murió en París, un día, con aguacero, como predijo en su poema.  

La lluvia me recuerda algunas de las sonatas en tres movimientos que se componían en la primera mitad del siglo XVIII. Antes de la lluvia, los pájaros, nerviosos, vuelan más bajo, los mosquitos se alborotan y la intensidad de la luz y los colores del día cambian, creando una hermosa y sombría atmósfera. Durante la lluvia, tras un estrepitoso caos, el agua empieza a crear un concierto que, mediante el ruido del agua al caer, el viento golpeando las hojas de los árboles (dicen que, desde el tiempo del Diluvio Universal, los árboles son los que cuentan la historia de la lluvia) va, lentamente, creando su propia armonía. Después de la lluvia, como si el día se hubiera partido en dos, un antes y un después, vuelve la luminosidad a las calles y se respira el olor tan ansiado que queda después de la lluvia, en medio de una atmósfera maravillosa.

Pero, como en todas las cosas, lo importante no es lo que ocurre fuera, sino lo que ocurre dentro, en el interior del que vive la experiencia de la lluvia.

La lluvia dispara procesos internos.

Borges decía que «la lluvia es una cosa que sucede en el pasado». Tal vez porque los días de lluvia son nostálgicos y melancólicos. Sentimos nostalgia por la imposibilidad que tenemos de volver al pasado (nostos: pasado; algia: dolor), para volver a vivir situaciones que ya no existen, con personas que ya no están (o que han cambiado y no están de la misma manera que antes). La melancolía, por su parte, surge del dolor de haber sido habitado por algo que percibíamos como bueno y que después, por alguna causa, nos abandonó. Sigmund Freud decía que «el objeto del deseo perdido arroja una sombra sobre el yo». El escritor argentino, Leopoldo Lugones, lo ponía en términos más poéticos: «Lo que tiene de lágrima toda gota al caer».

Me descubrí, in promptu, a través de esa ventana atiborrada de agua, preguntándome por ese ser melancólico, viviendo su experiencia de vacío, en duelo permanente. Ajeno a sí mismo y observándose siempre desde fuera. Angustiado, exiliado, solitario. Sin una clara consciencia de sus pérdidas y con la convicción de que, en algún momento, algo dentro de él se murió. ¿No sucede eso con todo el mundo? Una llama que se apaga y algunas luces nuevas que se encienden. Pero quedan la nostalgia, y la melancolía.  

Era yo ese: «sobreviviente diario de la nada», que se aliviaba en las tardes lluviosas dentro del café de un hospital, rodeado de los familiares, de los dulces, los chocolates y los peluches que vendían para los enfermos.

Hasta que, repentinamente, caí en la cuenta de que, a pesar de esa tristeza, una tristeza neutra y blanca; sin sufrir, sin dolor, una parte de mí era inmensamente feliz. Entonces, recordé el final de un texto del escritor argentino, Julio Cortázar:

«Pero las hay (gotas en las ventanas) que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas, inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós».

Dejemos, pues, que sean ellas las que se suiciden. Poco tiempo después, dejó de llover y me fui a casa.  

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Lunes, 08 de Febrero 2016 - 16:00
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Nostalgia del pasado

Suelo titular mi columna Nostalgia del Porvenir pero he decidido dirigir mi nostalgia al pasado hoy, que comienza un nuevo año bajo los auspicios de la última triada de la mercadotecnia invernal: Malhechor, Gastar y Vaasaltar a 18 meses sin intereses.

Cuando comienza el porvenir rememoro un gran pasado que viví, al que en retrospectiva se me ha ocurrido llamar (por darle un nombre) mi Decena Fantástica, aprox. 1965-1975.

En ese tiempo cercanísimo y muy lejano despertaba yo a la vida adulta junto con millones y millones más. Comenzó el año de mi nacimiento (1946) el famoso baby boom en Estados Unidos y en los países victoriosos de la II Guerra. Nacimos a partir de ese año millones de baby boomers, uno de los fenómenos más interesantes de la historia poblacional. En la agotada Europa, ayudaron al fenómeno millones y millones de desplazados de países satélites, sobrevivientes judíos, y alemanes de raza o recientemente desinstalados de tierras liberadas de los nazis. Cuando estalló la paz, empezaron a reproducirse como conejos.

Ese baby boom marcó un peculiar capítulo demográfico cuando millones de niños pasamos al mismo tiempo a la adolescencia y la juventud. (Luego a la madurez y ser más o menos productivos y reproductivos, formar familias, para después esperar la pensión por retiro; eventualmente algunos formarán cola para tratarse el Alzheimer, y finalmente, a los panteones. Demasiados compañeros míos han pasado a ellos.)

Para nada pensábamos en eso cuando lo vigente era una explosión juvenil como nunca se había dado. Si bien los vecinos del norte tuvieron enorme importancia y la mejor música se cantaba en inglés, el Reino Unido marcaba el compás: Hail Britannia! Britannia rules the sound waves! Por primera vez en la historia Inglaterra no sólo fue central en música sino que tomó la vanguardia en composición. Viví a tope una época en que mi vida recibió la bendición que hace poco recibí de André Rieu: que tu vida esté rodeada de música.

Fueron años estupendos que no rememoro por los dudosos estudios en la universidad a la que entré en el 65 sino por lo aprendido fuera de las aulas, los amigos que hice allí, y la música. Al comenzar 1965 ya se habían ido mis abuelos, a uno de los cuales quise con tanta entraña como se puede querer a alguien; y comenzó la fase gruesa de los que desde entonces llamé alegres sesentas, prolongados hasta media década siguiente. Época de envidiable estabilidad económica, con moneda aún ligada al oro; apertura artística y musical, esotérica y floral, psicodélica y espiritual. Tiempos post Concilio Ecuménico con su explosión de renovación litúrgica, y un aggiornamento de las prácticas religiosas, que por circunstancias particulares, viví a tope.

En el 1967 hizo época Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, epítome de novedad e innovación, talento y variedad en un solo disco. Ringo con With a Little Help from My Friends y las mafufadas de John. Lucy in the Sky with Diamonds, con una guitarra estupenda y ecos que alguien asoció con el entonces popular alucinógeno LSD. Ecos de Schubert en She's Leaving Home, y el místico George, manifestando cuánto había aprendido de su amigo y maestro Ravi Shankar en Within You Without You. Y entre las juguetonas del ligerito Paul, When I’m sixty-four, que canté nostálgico hace 5 años ya.

El 2000 parecía imposible, inconmensurablemente lejano, inalcanzable. Todo mi tiempo era futuro, cuando hoy una parte grande de mi vida es pasado. Es irremediable mirar para atrás, a pesar de que yo siempre estoy empezando. Y sigo mirando p’atrás.

En la cumbre de esa década, 1968, tuve el privilegio de vivir solo en Roma dos meses; viajé a Suiza, Francia, Bélgica y al swinging London donde compré recién fresquito de las prensas de acetato el disco blanco de los Beatles. En ese año toda ciudad que se respetara estaba decorada con la bandera indispensable de la capital de esos años: Gran Bretaña. Y no se diga aquél inolvidable Londres donde, aún sin terrorismo ni demasiados árabes, las mujeres no se cubrían la cabeza sino que enseñaban generosamente las piernas en un despliegue de alegría y juventud inconcebible para quien visite hoy cualquier ciudad europea y las vea vistiendo el uniforme de la mediocridad, los asquerosos jeans.

Una querida amiga gringa muy querida me regaló en 1967 The sound of silence de sus compatriotas Simon & Garfunkel, indispensable hasta hoy. Al año siguiente apareció otro cuyo tema me hacía soñar: Are you going to Scarborough Fair? / Parsley, sage, rosemary and thyme / Remember me to one you lives there / She once was a true love of mine.

La navidad de 1968 llegó con un disco insólito que compré en la benemérita, hoy desaparecida Sala Margolín: Switched-on Bach, donde Walter Carlos recreó brillantemente en sintetizador Moog piezas de Juan Sebastián. (En 1972 traté en un barco a Wendy Carlos sin saber que ella había sido él, recientemente operada/o de cambio de sexo. Me enteré años después, pero al atracar el barco en NY, lo primero que hice fue ver A clockwork orange, de Stanley Kubrick, con música de ella/él.) Por aquél entonces empezaba Elton John con una canción espléndida, Rocket man. Y claro que era indispensable Serrat, compositor de lo bueno suyo en esos tiempos, sin nada recordable desde entonces.

Y hablando de Kubrick, en 1968 salió 2001. A space odyssey, película germinal evocadora de que todo era posible. Nació allí mi gusto por la ficción científica y por las grandiosas obras de Arthur C. Clarke e Isaac Asimov.

En cuanto a literatura, por esas épocas me aficioné también a las grandes obras de Teilhard de Chardin, autor estupendo para una época de avanzadas intelectuales, con su místico evolucionismo católico (recogido en una notable serie católica reciente, producida por el Opus Dei, donde demuestra la razonabilidad científica del evolucionismo a la luz de la fe católica y de su doctrina; nada que ver con los delirios creacionistas del Bible belt gringo y su visión literal de la Biblia). También me aficioné a la excelente literatura francesa (comencé por Saint-Exupéry, seguí con Camus) y la canción francesa con el grandioso belga Jacques Brel, Jean Ferrat, Edith Piaf, Juliette Gréco, el irreverente Georges Brassens, el excelente Charles Aznavour. Y qué decir del jazzista bachiano Jacques Loussier. Ah, y en esos años me aficioné por primera vez a lo que más hago hoy: escribir.

Seguí poco a los Rolling Stones, Jefferson Airplane, The Mamas and the Papas o los Bee Gees, aunque tuve motivos para rememorar su bellísima Massachusetts. Aún no había conocido al gran Jaime Almeida, con quien pude haber vivido mucho más de nuestra afición principal, la música. Y me quedé pendiente con Bob Dylan, pero recordaba A hard rain’s gonna fall y Something’s happening here but you don’t know what it is… do you Mr Jones?

Y es que eran épocas insólitas, en que todo (lo bueno) podía pasar. Había una consciencia social de causas mayores que nosotros, que no veo por ninguna parte en nuestro devastado y degenerado ambiente político. Se respiraba en Europa, EEUU y México una generosidad histórica que ya no existe. No había la angustia de pensar en un futuro terrible, y casi todos creíamos en ideales, aunque fueran tan espurios como el socialista, expresados en el espejismo hueco de la criminal dictadura cubana. El guapo y fotogénico Ché (psicópata, asesino, secuestrador) fue producto 100% de los 60, cuya foto de Alberto Korda en 1960 ha pervivido como nostalgia de épocas en que había más de esa consciencia hoy perdida en el estercolero de la peor política.

Aquella contracultura daba espacio a las drogas (que nunca probé) y a la cultura oriental, al Zen y a la meditación trascendental, que sí me interesaron vivamente; aprendí ésta años después y nunca he dudado de su eficacia. Homenajeo aquí a mi amigo y socio, el finado Agustín Lira, con quien hice genialidades audiovisuales con poquísimos recursos.

Los años cumbre de esta mi nostalgia fueron 1968, 1970, 1972, y desde luego 1975, año de la fundación de mi familia (hoy somos 21) con una notable mujer que había conocido desde 1969 en mi universidad, la célebre Totina, quien llegó a ser madrina de la estudiantina en la que hice música durante todos esos años.

Eran tiempos de flores y perfume, sueños realizables y visión hacia delante, de poco resentimiento y mucha echarse p’adelante. Nostalgia quiere decir dolor por la casa (nostos casa, algos dolor). Lo que yo empecé a ser se fundó en esos años estupendos. Ya no regresarán porque lo pasado ya pasó pero parte de ese algos es saber que las generaciones contemporáneas —mis hijos— no habrán conocido lo que se vivía entonces, con ese empuje tremendo hacia el futuro, con ese apetito por cosas mayores que nosotros y que inspiró desde entonces mi interés por la cosa pública. Carole King cantaba por el 72 you know wherever I am, I'll come running, to see you again… Aparece la carne femenina de la nostalgia: to see you again…

Soy hechura de esa época, pero no dejé de aprender entonces. Nunca he dejado de aprender, sobre todo en mi estilo preferido: el autodidáctico. Y como he decidido no morirme todavía, lo diré de nuevo en el idioma de esos años musicales: I’m beginning.

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Jueves, 07 de Enero 2016 - 16:00
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Vamos a dar la vuelta…

¿Alguna vez ha usted experimentado un momento de su vida como un verdadero parteaguas?

¿Ha habido una ocasión que recuerde especialmente como el punto de partida de un cambio radical en su forma de pensar, de vivir, de ver las cosas, de interactuar con el mundo?

Hoy quiero compartir con usted la experiencia de la que estoy hablando; el momento en el que me percaté de cuanto había cambiado mi vida sin que me hubiera dado cuenta todavía.

En algún momento del año 2005, iba yo  por el camino entre Brownsville y El Paso.

Eran alrededor de las dos de la tarde.

Hacía calor. El cielo estaba intensamente azul, y el sol brillaba sin rivales en lo alto del cielo.

Soplaba un viento verdaderamente fuerte; tanto, que el autobús que iba delante de nosotros, parecía que iba a despegar en cualquier instante…

Cuando pensé en esa posibilidad, recordé que yo iba en un autobús idéntico, y ¡expuesto al mismo riesgo de salir volando!

En torno nuestro, todo era desierto.

A pesar del embate del viento, me fui entregando a pensamientos y recuerdos sin orden, cuando de pronto llamo mi atención un letrero que decía “PECOS”.

(Pecos es el nombre por el que me llaman desde muy pequeño, y con el que se refieren a mí mis amigos más cercanos).

Unos quinientos metros adelante, del mismo lado derecho de la carretera, vi otro letrero que decía: “WE  HAVE TO TALK”…

Luego pasamos por un parque eólico cuyas hélices giraban a toda velocidad, hasta parecer que se nos unirían en el ascenso a las alturas, si esa clase ventarrón continuaba.

Finalmente, otro poco más adelante, había un letrero que decía: “GOD”…

El mensaje no podía ser más claro:

“Pecos; creo que debemos hablar”… firmado: ¡Dios!

Llevaba para entonces, poco más de tres años fuera de mi casa.

En ese momento comencé a repasar lo vivido en los últimos tiempos, y di gracias ante todo, porque mi camino (claramente) podría haber sido mucho más difícil y penoso.

Mi gratitud se manifestó con exactitud, distinguiendo el punto en que se bifurcó  mi suerte y en vez de ir por un rumbo, Dios me  llevó  por otro.

Todo había sucedido en un instante.

Una tarde de noviembre de 2003, estaba yo tranquilamente sentado en mi oficina, disponiéndome a ir a mi restaurante favorito, cuando una llamada telefónica cambió mi vida.

Durante esa llamada, pase de la incredulidad al miedo.

Un instante antes, vivía yo “la vida perfecta”; tenía éxito profesional, una oficina a mi gusto, colaboradores eficientes, comodidades, “TRANQUILIDAD”

Después de colgar el teléfono, mi mundo ideal había desaparecido por completo.

Hasta habría podido recordar la canción de Jose Alfredo Jiménez “el Rey de todo el Mundo”.

Y yo que me creía… que el mundo estaba a mis pies…

Aquel mensaje de Dios, ingeniosamente puesto a mi vista en los letreros adyacentes al camino, fue una llamada de atención para que aprovechara la oportunidad de “ir a dar la vuelta”.

No hubiera servido de nada mi peregrinar que duró  12 años, si no los hubiera yo transitado atento y consciente de la extraordinaria oportunidad que me había sido dada.

Cada cambio de año, se suelen hacer buenos propósitos; se hacen promesas; se toman decisiones…

…pero una cosa son “nuestras buenas intenciones” movidas por la corriente de la celebración del calendario, y muy otros los caminos por los que Dios nos invita a transitar.

He aprendido que el “año nuevo”  de cada quien, puede comenzar cuando lo queramos.

Cada instante trae la oportunidad de un nuevo comienzo; tanto como es cierto que súbitamente podemos dejar de existir aquí. Por eso no podemos dejar las cosas “para mañana”…

Ninguno de nosotros cree que se pueda uno “ir a dar la vuelta” dejando todo en suspenso,  y menos por 12 años, para aprender las lecciones que la vida nos tiene deparadas.

Y no lo creemos, porque pensamos que somos indispensables; imprescindibles…

Que el mundo es uno antes de nuestra llegada, y será otro cuando nos hayamos ido…

Así de grandes nos creemos en nuestro fuero interno, aunque rara vez lo reconozcamos.

Estas no son líneas escritas “bajo una especial iluminación” mágica, sino compartidas por un compromiso espiritual surgido de mi obligación de gratitud.

LA MEJOR FORMA DE AGRADECER, ES COMPARTIR LO BUENO QUE SE HA RECIBIDO.

Yo no soy un modelo a seguir; no soy un elegido “único” en exclusión del resto de la humanidad; TODOS SOMOS ELEGIDOS UNICOS, en cuanto CADA UNO viene a este mundo porque el mundo necesita a todos y cada uno. No hay nadie de sobra ni por casualidad.

La vida es un don directo de Dios.

No hay una gran bodega de “almas” depositadas a granel para ser infundidas a cada nuevo ser humano.

Creo firmemente que Dios le infunde el alma A CADA UNO de nosotros, en un momento especialísimo, determinado por El, desde toda la eternidad.

La buena noticia que les quiero compartir esta vez; si quieren como REGALO DE REYES, es la siguiente:

Para meditar en serio no es necesario irse a los conventos budistas del Tíbet, porque se puede meditar a bordo de un microbús atestado de pasajeros, si realmente se quiere meditar.

Para tomar decisiones trascendentes sobre nuestra propia vida, NO TENEMOS QUE IRNOS A DAR LA VUELTA  por 12 años o más, o menos.

No tenemos que renunciar al trabajo; no tenemos que abandonar a la familia; no tenemos que hacer otra cosa que detenernos en algún momento con humildad, con sinceridad y sencillez, y preguntarnos con honestidad:

¿Estoy haciendo lo que debo hacer?

¿Estoy viviendo la vida como honestamente creo que se debe vivir?

Y por supuesto, actuar en consecuencia; rectificar a tiempo.

No es necesario pertenecer a alguna iglesia en particular.

Todos podemos saber, si queremos saberlo, la clase de seres humanos que estamos siendo.

De mi experiencia personal, tengo todo que agradecer.

Celebro haber tenido la oportunidad “de ir a dar la vuelta” cubierto de toda clase de bendiciones.

Lamento que mi peregrinar haya tenido consecuencias dolorosas para quienes más amo.

Recordando a Robert Frost, el poeta americano, ahora que ha pasado mi tormenta, puedo citar sus palabras para describir el momento en que me encuentro:

“…tengo promesas que cumplir

Y un largo camino que recorrer

Antes de descansar…”

Por eso ahora, que me espera el camino de regreso, quiero compartir con ustedes esta parte de mi aprendizaje:

Es mucho mejor tomarse el tiempo cada dia para vivir alertas y hacer lo mejor posible, que verse en la necesidad de posponerlo todo y dejarlo todo atrás, para “IR A DAR LA VUELTA” y aprender lo que necesitamos aprender; especialmente, porque esta última forma, implica el dolor de muchos otros a causa nuestra.

“Ir a dar la vuelta” implica el riesgo de no encontrar a los que estaban a nuestro lado cuando iniciamos el recorrido.

Implica que, mientras para nosotros parecen haber pasado escasos minutos, para quienes quedaron atrás, han transcurrido completos (como en mi caso) los doce años.

Con esto dicho, les deseo que sus propósitos personales no requieran “ir a dar la vuelta” y que esta noche de Reyes, la vivan en familia, felices, cobijados, disfrutando de la tradición en la que Mexico se reafirma como nación creyente; nación de fe, de esperanza y de amor; bajo el manto de Nuestra Madre indiscutible, la Virgen de Guadalupe.

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Miércoles, 06 de Enero 2016 - 18:30
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Apología de la felicidad

Enrique Vila-Matas, uno de los escritores que más disfruto, decía que las conversaciones en las que se pronunciaban más de dos tópicos seguidos, le parecían una pérdida de tiempo. De manera que si, por ejemplo, un taxista le preguntaba si se había fijado en el tiempo, él le respondía que no, que él se había fijado en la luz. Y si alguien le decía otra obviedad, por ejemplo: «Está lloviendo», él le respondía que no: que no estaba lloviendo. Hacía esto para romper el cliché, pero también para romper con la realidad.

A mí me pasa lo mismo que a Vila-Matas, cuando la gente me habla de la felicidad. No soporto a las personas que juzgan a alguien por ser infeliz. Y mucho menos que le quieran mostrar el camino de la felicidad, mediante un montón de frases hechas que no llevan a ninguna parte. Uno de los clichés que más he escuchado dice que la felicidad consiste en alcanzar la paz con uno mismo, con las personas y las situaciones que lo rodean. Y sin embargo, yo vivo en guerra constante conmigo mismo y con muchas de las personas y situaciones que me rodean. De manera que, mientras que no encuentre la fórmula para conciliar todas las cosas, he llegado a creer que la felicidad, como escribió Javier Cercas, supone soportar con valentía cierta carga de sufrimiento. Con esto, quiero decir que he decidido unirme a la postura filosófica de los estoicos.

John Keats, el poeta inglés, escribió: «Soy un cobarde, no puedo soportar el sufrimiento de ser feliz». Me identifico con esa frase. He pasado cada etapa de mi vida sintiéndome infeliz para terminar, a la vuelta de los años, sintiendo una terrible nostalgia por lo feliz que fui en ese tiempo sin darme cuenta. Lo peor de ser feliz es que cuando lo somos, no lo sabemos.

La felicidad, al final, es como las liebres que persiguen los galgos en las carreras.

¿Será cierto, como dijeron Ausonio y Goethe, que la felicidad consiste en no ambicionar lo imposible y aprender a limitarse?

Robertson Davies, escritor canadiense, aseguraba que, debido a su temperamento, ciertas personas tenían la propensión innata a ser felices. Tengo amigos que no paran de reír y decir cosas graciosas. Creo que la risa les deja poco espacio para la infelicidad. Pero también he conocido a personas muy simples, que no se han hecho grandes expectativas de la vida y que parecen ser felices. Aunque este texto no es una apología del sufrimiento, debo reconocer, por paradójico que parezca, que en medio de algunos de los momentos de mayor sufrimiento he experimentado momentos muy felices.

Cuando alguien quiera darme consejos banales para ser feliz, tal vez haga lo mismo que Enrique Vila-Matas y le diga que la felicidad no existe. Y si la felicidad no existe, nuestra obligación es inventarla.

Yo la invento en el silencio de la mañana, en el primer trago del café, en el instante en que abro un paquete con un libro, en las conversaciones con mi hijo y cuando lo observo dormir, en mis paseos por la ciudad al ir al encuentro de algo o de alguien.

Descubrir aquellos minúsculos e insospechados placeres; aquellas satisfacciones íntimas que rompan en medio del día. Y todo eso, para poder soportar con valentía cierta carga de sufrimiento.

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Martes, 17 de Noviembre 2015 - 16:00
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Se encontraron a alguien que no querían ver… ¿y luego?

Nadie habla de este acto terrorista.

Me doy de topes cada vez que ésto me pasa. Mucho me quejo de los personajes que pintan a las mujeres como criaturas torpes e incómodas pero en esta situación, me duele admitir, yo no soy mejor. Me causa tanto conflicto emocional que tengo una lista mental de los lugares que debo evitar según el día, hora y época del año. Para poner las cosas en perspectiva, para mí es tan trágico como para un hipster escuchar su banda favorita en Alfa, o como para los Godínez encontrar la cafetera vacía.

Creo que todos, o la mayoría, tenemos esa persona o grupo de personas que cada vez que las encontramos en algún lugar damos media vuelta. No me dejen sola, no puedo ser sólo yo la que corra con todo y carrito a esconderse atrás del refri de los quesos, ¿verdad? No sé qué sería peor, que cachen a uno queriéndose hacer el disimulado (que nunca me ha pasado… bueno, sí pero poquito), que no quede de otra más que acercase a saludar, o las tonterías que, según nosotros, decimos por cortesía. Mi favorita de hoy, mañana y siempre es “te ves… descansada… no, o sea, te ves… bien” cortesía de M., y no fue dirigida a mí por si se lo preguntaban.

Déjenme decirles que la confección de estas frases es toda una ciencia, sobre todo cuando se trata de alguien que no vemos en mucho tiempo. Hay que pensar rápido y eso mismo es lo que nos lleva a decir puras… impertinencias. Puede que no nos demos cuenta, pero desde la entonación que le damos al aparentemente robótico “¿cómo has estado?” sabemos si va a ser uno de esos encuentros incómodos o no. Todos sabemos que la traducción real de esa frase abarca desde “¿qué le pasó a tu cabello?” hasta “no sé si felicitarte o recomendarte a un gastroenterólogo” (claro que si son como mi mamá, se saltarían la incógnita para pasar de lleno a la felicitación).

Si lo piensan es demasiada responsabilidad; por un breve momento tenemos el poder de hacer saber a la persona que, efectivamente, su corte de cabello es tan desafortunado para ella como para los demás o que se nota que empezó a comer pan de muerto desde agosto (…yo…). Y todo lo que hicimos fue alargar una sílaba o dos, e inclinar la cabeza de lado para darle el bonito toque condescendiente.

Si son como yo, uno hace su mejor esfuerzo por lograr un equilibrio entre sonar lo suficientemente amistosa y evasiva para dar a entender a la persona que te da gusto verla pero al mismo tiempo no taaaanto como para querer hacer planes con ella, así que se desencadena otra tanda de babosadas. Una muy común es “¡qué milagro!” y probablemente sea la que más me revienta las pelotas escuchar. ¡¿Qué milagro qué?! ¿Se perdió la paloma mensajera? No nos hagamos, en este tiempo si quisiéramos saber uno del otro simplemente lo haríamos, ¿qué no?  

Otra frase engañosamente inocente es “¿hace cuánto que no nos vemos?”, con esa no hay pierde, en la mayoría de los casos es para decir “has subido de peso y se nota”. Normalmente viene acompañada de un estudio de pies a cabeza y de regreso. Para los que se las dan de sutiles y disimulados no se engañen, ¿ok?, disimulados mis honorarios, no hay tal cosa.

A mí lo que me desconcierta por completo es el shock de no haberlos visto yo primero para tener tiempo de esconderme, lo siento como un ataque hacia mi persona. En ese estado me resulta imposible tomar en cuenta mis propias reglas y estoy demasiado consciente que con cada palabra meto la pata un poquito más; empiezo a tartamudear y decir cosas que no quiero como “me dio…eeehhh…gusto verte” o “a-a ver cu-cuando nos vemos”. Y cuando toca que me lo digan respondo con “sí, yo te llamo”, “luego nos ponemos de acuerdo”, o para hundirme más empiezo a proponer extender la invitación a otro grupo de personas que tampoco quiero ver. “¡Hay que invitarlos a todos!”

Nunca faltan los que me toman la palabra. ¡Ja! No lo decía en serio, ¡sólo quería mi queso Oaxaca!  

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Lunes, 26 de Octubre 2015 - 16:30
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La novela de formación

«A falta de sol, se aprende a madurar en el hielo»
Henry Michaux

Después del terremoto que devastó una parte de la ciudad de México en 1985, mi vida dio un giro brusco e inesperado. El terremoto fue, por ponerlo de algún modo, el pretexto para que mi madre, de espíritu profundamente nómada, decidiera nuestra próxima mudanza. Esa vez nos trasladamos al puerto de Tuxpan, al norte de Veracruz, donde planeba hacerse cargo de un edificio y un viejo cine que habían sido de mi abuelo. A mi llegada tenía catorce años y mis únicos amigos eran mis vecinos, algo mayores que yo, con un padre ganadero y gallero, mundos que me eran completamente ajenos, y que más tarde, al casarse dos de ellos con mis dos hermanas, se convirtieron en mi familia. Las calles de la colonia Rodríguez-Cano, donde vivíamos, todavía no se pavimentaban, la vida se hacía en torno a una miscelánea (la tiendita de doña Meche) y conocíamos a muchas personas en la colonia y en toda la ciudad. Frente a nuestra casa, cada tarde, atracaban dos o tres barcos camaroneros. Ahora todo está pavimentado, el muelle donde atracaban los barcos ya no existe y, a la mayoría de la gente de la ciudad, no la conozco. Lo primero, al llegar, para recuperar el año escolar, fue inscribirme en el Instituto Nacional de Educación para los Adultos (INEA). Cada tarde, junto a un grupo de estudiantes mayores que provenían de rancherías aledañas y que también trataban de terminar la secundaria, me sentaba en una rústica mesa de madera, con un refrescos de piña Squeeze y unas galletas saladas Gamesa, a leer unos libros de texto de pésima calidad. No había profesores, sino una especie de consejeros escolares o todólogos que tenían la misión de aclarar nuestras dudas y que, la mayoría de las veces, sólo las enturbiaban. A los quince años entré en un colegio privado y me hice de un puñado de buenos amigos (de los mejores que he tenido a lo largo de mi vida). Mis amigos y yo bebíamos como cosacos, dos o tres veces por semana. Por esa misma época el hermano menor de mi madre me encomendó la tarea de administrar su rancho ganadero, del cuál mi madre poseía una pequeña parte, y mi vida empezó a girar alrededor del trabajo, la escuela y mi manera desenfrenada de beber (a las cervezas algunas veces añadíamos ron Richardson que, según las malas lenguas, podía cegarte si lo bebías en exceso, así que cuidadosamente lo diluíamos con refrescos de cola o de sabores). Así, ingresé en el bachillerato y deambulé por dos o tres escuelas más; algunas, vespertinas, para poder trabajar por las mañanas. Era privilegiado. Nada podía hacerme más feliz que el rancho, un trabajo cargado de experiencias; además de que mi tío me pagaba más dinero del que podía gastar.  

Resulta curioso que, de todos los recuerdos de aquella época, tan agitada y confusa, los primeros que soy capaz de evocar, son los de aquellas noches que empezaba a beber con mis amigos a orillas del río y que terminaba amaneciéndome frente a un depósito de cerveza Carta Blanca, en compañía de mis vecinos. Cuando pienso en esas madrugadas, vuelvo a experimentar las mismas sensaciones de aquel entonces. Mareado y adormecido; con la impresión de estar muy lejos de todo y experimentando una sensación de paz que, conforme avanzaba la madrugada, se convertía en una disimulada angustia.

También es curioso que en ese tiempo me diera por leer, tumbado en las escaleras del Colegio Patria, algunas de mis primeras novelas de formación y que, en medio de mi trabajo, mis borracheras y el arte marcial que empecé a practicar, me haya dado por leer todos los libros de la biblioteca de mi madre, libros que sólo mi hermana mayor, lectora compulsiva, y mi madre, habían leído alguna vez.

Aunque debo aclarar que en Tuxpan también me aficioné a leer Condorito y que en el rancho, con los jornaleros, leía ejemplares de El libro vaquero; historietas de tipo western, ilustradas, que no podías dejar.

El tema de la novela de formación es el desarrollo de la vida de un individuo con rumbo a su autorrealización. En otras palabras, es la transición del protagonista hacia la madurez. El personaje, luego de cometer errores, aprende de ellos, corrije lo que puede y, luego de atravesar por diversas etapas, empieza a conocerse mejor a sí mismo. ¿No es ésa la historia de todos nosotros?

Fue en Alemania donde se utilizó por primera vez el término Bildungsroman (novela de formación o de educación), aunque algunas obras del Renacimiento, dentro del género picaresco, ya tenían características de este tipo. El lazarillo de Tormes, es un ejemplo de lo anterior.

Para muchos, la primera novela de este género es Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (publicada en 1795), de Goethe. En México hay una novela de la época de la Independencia, que leí durante una de las tantas crisis asmáticas que padecí, titulada: El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi, que para muchos es algo así como el Don Quijote mexicano. En todo caso, es una novela notable y muy divertida, con muchos elementos de la novela de formación.   

Pero fueron las novelas de Hermann Hesse (Premio Nobel de literatura, 1946) las primeras obras de este género, propiamente, las primeras que leí: Peter Camenzind, Demian, Siddhartha, Bajo las ruedas, Narciso y Goldmundo. Casi toda la obra del huraño escritor alemán (nacionalizado suizo), Hesse, suelen centrarse en el desarrollo del individuo frente a la sociedad, en medio de una incesante búsqueda de su propia identidad.

En estas historias, la formación del protagonista suele darse después de una revisión retrospectiva que hace a partir de los errores que cometió durante el período en el que, buscando conocerse mejor a sí mismo, torció o equivocó el camino.

Dada su naturaleza, este tipo de obra suele tener una estructura circular.

Quizá una de las novelas que más me han marcado, y que leí algunos años después, al terminar mis estudios de posgrado, sea Hambre, del escritor noruego Knut Hamsun. Se trata de una novela de artista, que para algunos es algo así como un subgénero de la novela de formación. La historia se trata de un escritor que, persiguiendo la perfección artística y negándose a ejecutar otros trabajos que no estén relacionados con la escritura, vagabundea día y noche por Christiana (Oslo) muriéndose, literalmente, de hambre. Clara metáfora del hambre artística que siente alguna vez todo creador.

Quisiera no haber vivido muchas cosas en aquella época. Haber bebido menos, haberle dado menos dolores de cabeza a mi madre. Pero visto en retrospectiva, volvería a vivirlo todo, sin cambiar nada, tal como le ocurre al protagonista, Ivan, en la brillante novela de Ouspensky, La extraña vida de Ivan Osokin. Una historia que es como un espejo y que muestra un proceso circular en la vida del protagonista, que recuerda al Eterno retorno de Nietzche. Según Ouspensky, si viviéramos una y otra vez las mismas experiencias, reaccionaríamos siempre de la misma manera. A menos de que despertáramos (despertar la consciencia) y nos diéramos cuenta de que, a pesar de que tuviéramos que vivir lo mismo una y otra vez, podríamos vivirlo de otra manera (experimentar lo mismo con una actitud distinta).

Lo anterior, me hace suponer que la vida consiste en vivir cada etapa con lo que se tiene, pero también con lo que no se tiene. Para Nietzche hacía falta vivirla con estoicismo, pero creo que Ouspensky, de manera más sencilla, va todavía más lejos.   

Siempre he pensado que hay libros que deben leerse en una época determinada, y las novelas de formación son algunas de ellas, aunque la mayoría de éstas las leí más tarde, de lo cual no me arrepiento: El guardián entre el centeno, de Salinger; El retrato del artista adolescente, de Joyce; La Montaña Mágica, de Mann; En busca del tiempo perdido, de Proust ; La edad de la punzada, de Xavier Velasco (escritor mexicano contemporáneo); Juventud, de J.M. Coetzee; y una novela que es muy diferente a todas las anteriores y cuyo personaje es un antihéroe: Malebolge, de Pablo Soler Frost, un extraordinario escritor de culto, discreto y de altos vuelos. 

Al final, como escribió Schwanitz, la literatura no es otra cosa que el arte de escribir la historia en forma de vivencias y experiencias personales que se cristalicen en determinados personajes literarios.

Mi madre me decía que no es necesario andar buscando siempre la literatura en los libros, ya que la literatura está en la vida misma. «Si pasas todo tu tiempo en los libros, corres el riesgo de perderte la vida».

Fotografía: Hermann Hesse

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Viernes, 18 de Septiembre 2015 - 16:00
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Tijuana, su transporte y la aventura

Los conflictos con el transporte público cobran fuerza todos los días: los que exigen porque son sindicato, los que discuten porque son independientes, los que se esconden porque son clonados, los que se enojan porque tienen unidades viejas y las autoridades que se callan porque ya no saben de qué manera poner orden.

En Tijuana hay taxis colectivos o de ruta, taxis libres, microbuses o “Calafias” y camiones que se adquieren la mayoría de ellos en Estados Unidos, y son autobuses reciclados de las escuelas. Cada uno tiene su historia, su concesionario y parece que también, cada uno tiene su propio reglamento porque cada quien hace lo que quiere.

Como cosa de rutina, la precepción de los usuarios que se transportan todos los días y la mía es muy diferente porque utilizo el transporte pocas veces por semana y en diferentes horarios, también me subo sólo para escuchar conversaciones ajenas y encontrar anécdotas o historias cuando no se me prende el foco para escribir. Entonces los conflictos y pleitos entre concesionarios y autoridades en realidad no me interesan tanto como para investigarlos y escribir una crítica sobre ellos, prefiero ir directo a las aventuras que se suscitan y que quienes viajan todos los días ya no ven.

En Tijuana no existen las paradas o lugares específicos para subir o bajar pasaje, se detienen en donde sea, donde el pasajero quiera, para bajar se escuchan cosas como: “en la ferretería”, “pasando el semáforo”, “en la clínica”, “en las hamburguesas”, “en el mercado”, “en la farmacia”. Nunca “en la esquina” y jamás “en la parada” como debería de ser, y es porque el espacio reservado para ello siempre está ocupado como estacionamiento. En una ocasión pedí bajar “en la parada” y el chofer me preguntó "¿En dónde?". Tuve que buscar cuál negocio estaba en su lugar -“en la taquería”– dije.

Hay tantos camiones y taxis en todas las calles y avenidas que si uno se para en la esquina y levanta el brazo para hacer la parada, se detienen al menos 5 de ellos. Si uno está parado en la esquina para cruzar la calle, cada taxi bajará la velocidad y sonará el claxon como avisando que ya llegó; a todos se les tiene que hacer la seña “no quiero”, de no ser así, se quedan esperando a que uno se suba.

He escrito historias de muchas hojas o unas líneas que describen un momento, como el que me sucedió hace poco, que al subir escucho la risita de un bebé, el cual en cuanto me vio agitó su manita "¡Hola!". Seguí hacia el fondo buscando lugar, una señora le pidió a su hijo que me dejara su asiento -"si ella no está viejita"- le contestó. "Gracias" –dije- y yo que pensé esta mañana que sí, que ese par de sonrisas eran solo para aminorar el viaje que seguía:

Horrible camión, los asientos diminutos inclinados hacia abajo, imposible no resbalar y en el intento por no caer sentados en el suelo llevábamos los pies en puntas y las manos en el asiento de adelante. Todos haciendo el mismo equilibrio mientras que los frenos del camión recién ajustados -quiero creer- porque el hombre al volante los pisaba cada cinco segundos. Estuve a punto de sentirme enojada cuando la siguiente frenada nos echó a todos al frente, vi las cabezas todas en perfecta sincronía, no podía ser de otra forma, empecé a reír. Siguiente frenada y otra y otra y todos al ritmo, atrás-adelante, atrás-adelante. Un pasajero que sí perdió la calma y gritó –"¡Ora’, no traes bueyes!"-. El chofer lo buscó en el espejo retrovisor y el compañero de asiento de quien gritó dijo –"Pos’ quien sabe compadre, mejor ni diga"-. Entonces entre las risas escondidas de todos y el continuo baile de cabezas me di cuenta que mi bajada era tres cuadras antes, y de todas formas llegué a tiempo.

Y no todo en los taxis y los taxistas es malo, aun cuando me he subido a ellos en versión contenedores de basura, cajas de herramientas, restaurantes ambulantes, choferes que creen que transportan ganado, al final siempre he llegado sana y salva a mi destino. En una ocasión me sorprendí gratamente, en un taxi Ruta 2 hacia Playas leí un letrero pequeño con letra manuscrita muy bien hecha encima de una cajita a manera de alcancía: “Pasaje pendiente, si gusta agregar a su pasaje un peso más o doble tarifa, le ayudará a pagar el pasaje a un estudiante o a una persona mayor. Soy honesto. No cubre borrachos o vagos”. Deposité mi parte pensando que alguien pudiera llegar a su destino, quisiera encontrarlo de nuevo para tomar el número de taxi, una foto de su letrero y felicitar como corresponde.

La modalidad de microbús también llamado "Calafia", como la Reina de las guerreras amazonas de la Isla de California, el color oscuro brillante de sus pieles, el orgullo en sus negras cabelleras y la fuerza de sus cuerpos, es parte de la leyenda que cuenta Garci Rodríguez de Montalvo en su novela “Las sergas de Esplandián” escrita alrededor de 1510.

Arriba de ese desvencijado camión no se puede evitar recordar la leyenda y se me antoja inventar que la historia descansa en los cimientos, piedras, muros y vientos del Hotel Calafia enclavado en los cerros que enfrentan el mar de la Baja California y que para llegar al Reino escondido había que emprender un trayecto de cielos y mares a través de las veredas inhóspitas de la costa en un transporte igualmente regio, único y muy exclusivo. Por supuesto había que bautizar al medio de transportación y su ruta, Calafia la Reina Negra, Calafia el Hotel y Calafia también ese elegante furgón.

Creo que aquel transporte sigue siendo hasta hoy, ¡el mismo! con todos los años encima acumulados en los asientos y la basura amontonada a través del tiempo en los rincones. Parece que la historia se disipa en el momento en que uno decide sucumbir ante la necesidad de atravesar la ciudad a bordo de una destartalada, triste y apesadumbrada Calafia. Al menos podrían cambiar de nombre para no olvidar la leyenda de hermosas amazonas y reinas, cuando al subir me veo inmersa en un contenedor de basura con el Ecoloco como chofer, y el letrero de “Lanzadera de Calafias” anuncia que de aquello, no queda más que un libro también olvidado en el tiempo.

En uno de mis paseos de tramo corto, en uno de los camiones escolares reciclados, se subió una mujer ataviada con una blusa de lentejuelas amarillas brillantes y un pantalón azul eléctrico; recorre el camión hasta atrás con pasos muy “sensuales”, muy coqueta ella sonriéndole los pasajeros. De pronto empieza a cantar, terriblemente entonada, su cara se ponía morada, por el esfuerzo gritaba casi, no se sabía la letra de las tres canciones con que nos deleitó.  Se afianzaba del tubo de arriba y bailaba, seguía cantando, después nos declamó una poesía que con seguridad se inventó en el momento, una letanía de tiempos y dolores y dijo que para despedirse, nos regalaría una última canción a cambio de una moneda limpia. Mal entonó y bailó Azúcar Amargo, hizo reverencia y agradeció.

Los pasajeros buscaban la “moneda limpia” para retribuirle su actuación mientras, una pequeñita sentada junto a su mamá se paró, juntó sus manitas, aplaudió y su vocecita gritó "¡Bravo!". Acto seguido, nos miró a todos y preguntó: "¿No le van a aplaudir a la señora?", y así obedeciendo, nos hizo aplaudir a todos.

Que del desorden en las calles y los camiones se encarguen las autoridades, porque de las anécdotas y las aventuras sin querer, se encarga la gente.

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Martes, 15 de Septiembre 2015 - 17:00
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Reírse del prójimo es muy buena terapia (Lo recomiendo ampliamente)

Creo que es algo que ya he dicho y lo sostengo. Toda mi vida se me ha dicho que soy burlona, pero yo prefiero decir que soy observadora. Si imito a alguien es porque admiro a esa persona o le tengo un profundo aprecio, pero si la bautizo con algún apodo, no hay pierde, realmente es porque no me interesa saber su nombre. Por ejemplo, la gente de mi edificio tuvo el placer de recibir algunos de mis bien pensados apodos. Está el “cabeza de cotonete”, que se explica solo; su hijo “el entrepreneur”, porque el muchacho se la cree, “el castor” porque así tiene la cara (“la castora”, su esposa; y “los castorcitos”, sus hijos por asociación ), bueno, ni el perro apestoso de la de abajo se salva, ese es el “inmundo animal” (ya saben, como en Mi pobre angelito “¡Feliz Navidad, inmundo animal!”) porque apesta a orines, en fin, la lista es interminable.

Para burla definitivamente las que más material me dan son mis tías, sobre todo una de ellas. Y es que con tanta bonita frase en su repertorio es imposible no imitarla. Las dos manejan un amplio rango de frases y lecciones de vida que no son el resultado de una espontaneidad calculada, son en tiempo real. Por ejemplo, sobre la decadencia de la sociedad actual la más canija de las dos ha dicho, “la moral es para siempre”. A las casadas fornicadoras y pecadoras les dice “las golfillas esas…”, (esteee, en eso no estará incluida mi santa madre, ¿o sí?); sobre política las dos han dicho “el naco ese…” refiriéndose a López Obrador; sobre su infancia “yo era una niña muy inocente”.

Pero con ellas no sólo es la frase, sino la manera en que lo dicen, es realmente un espectáculo. Es como si el desagrado se apoderara de su cuerpo sacudiéndolo, azotando un puño sobre la mesa haciendo brincar los cubiertos y sobresaltándonos a los presentes, pausas dramáticas para enfatizar el punto, parpadeos erráticos para retrasar las inminentes lágrimas y por último, la pedrada.

Es un desafío tratar de averiguar para quién o quiénes son esas pedradas. Creo que es el don que tienen ellas, hablar en pedrada como algunas personas hablan en albur.

Mi parte favorita es tomar nota mental de todas las cosas que dicen para intercambiar frases con M., él que me dice algunas de su mamá, peeero ese territorio no me corresponde.      

Luego están mi hermana y su novio, “los gordos”, que más que un apodo es un término. Son todas esas parejas que para dirigirse uno a otro se dicen “oye, gordo/a…” en los pasillos del super. Los amantes de las bermudas, cangureras, gorras, pants entallados, uñas postizas a la Niurka y suéteres estilo Papá soltero. Cabe mencionar que mi hermana preferiría morir antes de usar cualquiera de las cosas anteriores o dejar que el muñeco las use (aunque sí lo he visto siendo victimizado por el ocasional suéter de César Costa). El punto es que se han ganado el término por todo el tiempo que llevan juntos, simplemente es más práctico.

Estar con ellos es una cosa maravillosa. Tratar de entablar una conversación con ellos es casi imposible entre las voces que hacen de bebé, arrumacos, interrupciones y el casi imperceptible síndrome “yo-yo” que tiene el “muñe”. ¿Tienes una experiencia bonita/turística/religiosa/escolástica/familiar/espiritual/divertida/godinez/metafísica/intere-sante/paranormal/triste que compartir? No no no no no, tienes que escuchar la de él… por cuatro horas. Crees que te fue mal hoy pero resulta que no te pudo haber ido tan mal como a él, comiste rico pero el otro día ellos probaron algo de-li-cio-so, mejor aún, hay fotos de lo que comieron (en serio, tengo pruebas @el_deefe).

Mi parte favorita de estar con los gordos es cuando llega la hora de compartir anécdotas. Siempre tienen que empezar peleando por ver quién la cuenta o quién NO la cuenta. “Cuéntala tú… no, cuéntala tú…nooooo, túuuu”. ¡Que alguien la cuente ya! También un momento con ellos proporciona suficiente material para una buena risa, pero lo digo con la mejor de las intenciones.

Es algo fantástico ser interrumpida con la frase “uuuy, nooo… lo que yo hice fue…” en medio de una crisis o simplemente ser interrumpida por omisión de la existencia de uno, como en esas ocasiones en las que he logrado perder su atención con apenas decir unas cuantas palabras. Inmediatamente se voltean uno con el otro y empiezan a hablar y reír en voz baja.

Lo justo es que haga saber al lector que mucho me burlo de mis tías, pero son ellas las primeras en saltar ante las desgracias que le puedan ocurrir a su servilleta y ni hablar de mi sisterna. Es en estos momentos en los que me gustaría escuchar que alguien me dijera que es lo más risible o ridículo que hago. Seguro no tardará M. en tuitearme varias cosas penosas ocurridas en veintitrés años de amistad. 

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Lunes, 14 de Septiembre 2015 - 18:00
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6. El santo que expulsó a las serpientes

Westport, County Mayo, Irlanda – El monte sagrado Croagh Patrick lleva el nombre del gran santo del siglo V, Patrick (Pádraig). Según la tradición, allí pasaba largas jornadas de penitencia y oración. Hoy ese monte no es el más alto (764 m) pero sí el más sagrado de Irlanda, y lugar de peregrinación además de deporte alpino.

El santo patrono de Irlanda es el más patrono de todos los santos patronos de un país: san Patricio viste de verde y de tréboles a medio mundo en la parte occidental de este planeta, venturosamente cuajada de descendientes de irlandeses, que cada 17 de marzo recuerdan con justificado orgullo el linaje de sus ancestros (por caprichos de la genealogía, as far a I know, no me cuento entre ellos).

El trébol de tres hojas, el shamrock, según reza la tradición, sirvió a san Patricio para explicar el misterio de la Trinidad: tres personas distintas que sin dejar de serlo forman un solo Dios verdadero. Y si bien el arpa es símbolo oficial en la heráldica irlandesa desde el siglo XII y figura en los blasones de esta república, el verdadero distintivo popular es el trébol, que llena de color verde el imaginario mundial cuando se recuerda a san Patricio en esa fecha de marzo. Trinity es el nombre de su principal escuela del país, como lo es de la novela sobre Irlanda que así se llama, de Leon Uris.

El así llamado Apóstol de Irlanda es un santo tan grande, que para los ortodoxos orientales resulta paralelo a los 12 apóstoles de Jesús. Y para Irlanda, aparte de su labor civilizadora y evangelizadora, es autor de una beneficiosa hazaña: dice la tradición que desde ese monte —el Croagh Patrick— luego de un ayuno de 40 días en que el santo estaba siendo atacado por serpientes, decidió arrojarlas al mar para que ya nunca más hicieran daño al pueblo irlandés. Esa historia me recuerda la parábola evangélica de una piara de cerdos endemoniados que se precipita al mar, así mandada por Jesús. Y sí: en Irlanda no hay serpientes, a diferencia de la cercana Escocia.

Ni modo: hay que decirlo. Según los paleontólogos nunca hubo serpientes en Irlanda, y tampoco aparece alguna mención directa de san Patricio asociado con la anécdota de la Trinidad y los tréboles durante ¡1,200 años! ¿Pero qué importan los hechos, ante tan bonitas historias?

Irlanda no se acaba en Patricio, que es solo el mayor en una tierra de amplia espiritualidad cuajada de santos y de videntes. Un país predominantemente católico, aunque no tanto como antes. La vidente Christina Gallagher, nacida en 1953 (nada que ver con un personaje homónimo de la serie House of Cards) desde 1985 tiene visiones sobrenaturales y recibe mensajes espirituales, principalmente de una advocación de la Virgen María, Nuestra Señora de la Paz. Christina misma presenta los estigmas de la pasión de Jesucristo, como los tuvieron San Francisco de Asís y el padre Pío de Montalcina, y también Therese Neumann (1898-1962), beneficiosa ella para cierto momento crítico en mi familia. Mi padre se lo agradeció años después personalmente en su casa de Konnersreuth, Baviera, cerca de la frontera checa.

Christina, por instrucciones recibidas, ha abierto desde 1993 una casa de oración en la isla marítima de Achill, más allá de Westport y de Newport, County Mayo, ya muy al oeste de la isla. Cuando la visitamos estaba repleta de orantes y pudimos oír a María pero no verla, porque estaba convaleciendo de una cirugía en la garganta. Una de las cosas que dijo fue que, según había oído en varios mensajes, Irlanda había sido una joya brillante de la corona de la cristiandad, pero ahora esa joya ha perdido brillo. Y pide lo de siempre en las apariciones marianas, que por lo visto son constantes para Christina: oración y más oración, novenas, rosarios; y la protección del arcángel Miguel. Por ello ha establecido una casa de oración en ese lugar.

Me dicen que Christina, como vidente, habla de cosas que han de ocurrir en el mundo pero las da como advertencia, no como predestinación de un hecho inevitable. Habla de que viene una gigantesca crisis económica. Y de algo que seguramente vendrá pegado a la debacle monetaria, financiera y económica de que muchos hemos hablado desde hace años: una guerra mundial. ¿Será? Las guerras casi siempre tienen origen económico y no es nada improbable que haya una, pero no sé si en este momento una guerra brutal, mutuamente destructiva, sirviera para tales intereses... Si los malosos que hacen guerras son sensatos para cuidar sus negocios las harán no mutuamente destructivas. En fin.

No sabíamos de la existencia de esta vidente, como tampoco de que en la ciudad irlandesa de Knock, cerca de Claremorris, también en el County Mayo, el 21 de agosto de 1879 (cosa reconocida por la Iglesia) ante 15 jóvenes y viejos se apareció durante dos horas María, acompañada de san José, san Juan Evangelista, y una cruz en un altar con un cordero, y ángeles alrededor. Tan ha sido corroborado eso por la Iglesia que Juan Pablo II viajó allá en el centenario de tal suceso. Ha sido proclamada reina de Irlanda, así como Guadalupe lo es de México y es emperatriz de América.

En ese lugar hay una excelente capilla, perfectamente establecida y con todos los servicios (incluso baños limpios y bien avituallados, cosa frecuente en las iglesias irlandesas y en las abadías y panteones) y tuve el gusto de ver a mi ahijado concelebrar una misa, con coros extraordinarios, música bien tocada, la aromática delicia del incienso, y sencillas pero solemnes ceremonias.

La religión es tan importante para los irlandeses que hasta su país fue dividido en dos en función de ella. En el norte había más protestantes y se lo quedaron los ingleses para su Reino Unido de Gran Bretaña a Irlanda “del Norte” (término geográfico que agregaron en 1922, cuando se independizó la República de Irlanda). Ya había platicado de una región católica rica, la de Belfast, que no quisieron perder; realpolitik en acción.

Hasta una cruz de especial diseño tienen, la cruz celta, una especie de mezcla de un antiguo rito de adoración al sol. Es un círculo (el sol) en cuyo centro se encima una cruz con sólo el vástago vertical inferior largo. En toda tumba, iglesia o monumento aparece esa cruz irlandesa, angosta y esbelta, a veces fabricada en artículos artesanales de una derivación dura del carbón (turba) autóctono de Connemara.

En Galway, importante ciudad portuaria al sur del County Galway, la catedral es producto del reciclaje: antes fue una prisión. (En México a los apandos, calabozos y mazmorras los llaman “Centro de Readaptación Social”, pues readaptan a la sociedad; como los reos peligrosos siguen ejerciendo adentro, los liberan o se escapan, logran ellos que la sociedad se vaya readaptando a la situación carcelaria de adentro y se parezca cada vez más a lo que ocurre en esos “centros”.)

Pero ¿dónde andaba? Ah, sí: la prisión de Galway la convirtieron en catedral, por allí de 1939; la terminaron hasta 1965. Ya había dicho que los ingleses acabaron con casi todos los lugares de culto católico a partir del rey de las 6 esposas, de su pirática hija Isabel y del Lord Protector (sic) Oliver Cromwell (1599-1658), de modo que como Galway no tenía catedral y no encontraron mejor manera que aprovechar lo que estaba a la mano, usaron las paredes donde imperaba la tristeza en muros de una catedral algo gris-negra con cierta solemnidad, buena luz, discutible arquitectura y bonitos vitrales. En una capilla lateral hay un mosaico redondo con el rostro de perfil de un hombre de saco y corbata, rubio, con tres siglas: JFK. ¡Curioso! El único presidente católico de Estados Unidos, descendiente de emigrados a Boston por la hambruna y de pura sangre irlandesa tanto por Fitzgerald como por Kennedy (Ó Cinnéide), está representado orando en la catedral de Galway.

En todas partes nos enfrentamos con el lenguaje gaélico, que está muriendo y pretenden conservar, con letreros viales en ambos lenguajes y en alguna parte un ordenamiento con multa de 3,000 € sin traducción al inglés, lo cual resulta peligrosísimo... Por ejemplo, Dublín en gaélico es Baile Átha Cliath, nada que ver con cómo se pronuncia: algo así como Baya Oja Clia.

No es usual en los pubs la cerveza embotellada, bebida cuyo proceso de pasteurización altera no sólo el sabor sino las cualidades metabólicas con que el cuerpo la procesa. Se metaboliza mucho más aprisa y se puede beber en mayor cantidad, pues es menor efecto del alcohol. El verdadero bebedor de cerveza prefiere la draft beer, cerveza tirada (España), birra a Spina (Italia), o de barril (México). En Irlanda es lo que se bebe en los lugares respetables, como los pubs.

Bebí la Murphy (un stout un chirris más amargo que Guinness) en el pub llamado The King’s Head, significativo nombre. Ese sitio fue propiedad de un natural de Galway apellidado Gunning, que atendió la invitación del inefable Cromwell luego de buscar voluntarios en Irlanda, Escocia y Gales para verdugo del rey Carlos I, pero con esa ración de hipocresía de los regicidas, no querían que fuera un inglés quien hiciera ese dirty job aunque lo ordenaran ellos. Al irlandés que le separó la cabeza del cuerpo lo premiaron en 1649 con una casa en su ciudad natal, hoy reciclada en ese pub. Ignoro si sean descendientes de tan próspero verdugo los regenteadores de ese negocio pero bien que exhiben en una placa la hazaña de su coterráneo.

No quiero terminar este texto con una alusión mortuoria. Junto a ese pub (public house) está el Galway Woolen Market, donde venden lana gruesa (tipo Santa Ana Chiautempan) de las islas Aran; lana de la región, lana virgen fina, gloriosas bufandas, y desde luego, tweed. La mejor lana del mundo, en la no docta opinión de este usuario y amador de los productos de County Donegal.

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Lunes, 07 de Septiembre 2015 - 17:30
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5. Dos mujeronas, dos reinas, dos piratas

Westport, County Mayo, Irlanda – Westport House es, para el visitante que no investiga alguna cosa más, una especie de micro mini chirris Disneylandia con borregos de negro hocico pastando en la verde grama a la vera de algunos juegos infantiles, un ferrocarrilito, barcas de pedales, tenis, caballitos y —desde luego— atracciones piratas.

Digo desde luego porque este lugar tiene fama pirática. Pero no como los Piratas del Caribe de la auténtica Disneylandia sino por su raigambre auténtica en el noble y señero negocio de la piratería.

Al ojo del visitante parece que la feria pirática ayuda a mantener los gastos de una palacio que, como a fuercitas tenía que ser, es enorme, suntuoso y más propio del siglo XVIII en que fue renovado que del XXI en que lo visitamos.

Su ubicación es, desde lueguísimo, privilegiada (no sé por qué los grandes aristócratas encontraban sitios privilegiados para construir sus megamansiones): cerca del Atlántico y con acceso al mar, y además, abundancia de agua dulce, tierras fértiles, y en bellísimos lugares de esplendoroso paisaje. Era indispensable porque un gran señorón de Irlanda, Eoghan Dubhdara Ó Máille, tenía un próspero negocio de naves mercantes pero (según las malas lenguas) en realidad se dedicaba a la piratería.

Claro que es enteramente posible que en el siglo XVI un personaje muy potente se haya dedicado a usar sus barcos en ambos lados de la ley. Y claro también que, como siempre ha ocurrido, quien escribe la historia es el dueño de la verdad. Y la historia la escribieron los ingleses, que detestaban a la hija de ese señor; que en realidad, en sus tierras, era una reina.

Se llamaba esa hija suya Gráinne, que ha pasado a la historia como Grace O’Malley porque, aunque al parecer tan distinguida señora no hablara inglés, su nombre gaélico lo escribieron así los que escribieron su historia. Por lo visto era toda una mujer: de armas tomar, competente, apta, audaz, extraordinariamente inteligente y con todas las facultades para manejar y superar el negocio mercante de su padre, que él le heredó; y también recibió cuantiosos bienes de su muy rica madre. Supo ella aprovechar y acrecentar esos bienes, y acumular un tremendo poder.

En sus legados también estaba una serie de fortificaciones costeras, porque no se podía ser un buen navegante o buen pirata si no se protegía bien de sus enemigos. Y además, como señor feudal, cobraba peaje a quien quisiera pasar por sus tierras y también metía la mano en el bolsillo de quien pescara en esas costas o merodeara en ellas. Y sabía cómo obligar a pagar o a cobrarse a lo chino, pasara lo que pasara.

Vaya vida, con material para todo tipo de novelas y películas. Grace O’Malley se casó dos veces, una con un gran terrateniente con quien tuvo dos hijos y una hija. Al mayor de los varones lo mataron para poder quitarle un castillo. Y luego de morir su primer marido se casó con otro noble al que, una vez que le quitó a su vez otro castillo, se divorció y lo abandonó. “Richard Burke, I dismiss you!” le gritó desde las torres de su ahora apropiado castillo, que había tomado con quién sabe cuántas tropas. Sin embargo (aparte de dos hijos y una hija de su primer matrimonio) tuvo con él un hijo, que fue nombrado vizconde de Mayo por Carlos I de Inglaterra. Las tierras que se pueden visitar hoy siguen perteneciendo a ese linaje.

Estamos en tiempos de Isabel I, que había extendido sus dominios en Irlanda y no podía soportar competencia de esa estupenda irlandesa, que apoyaba además las luchas revolucionarias contra Inglaterra. Así, quién sabe si por consejo o de plano por orden de la reina, un noble inglés avecindado en Irlanda decidió secuestrar a sus dos hijos varones. Tan seria fue la cosa que Grace tuvo que ir a interceder por ellos ante la mera Isabel, quien la recibió en el castillo de Greenwich. Hablaron largamente en latín, porque la cultísima Grace no sabía o no quiso demostrar que sabía inglés, pero sí tuvo todo tipo de desplantes ante la reina, a quien no reconocía como soberana de Irlanda y por ello no se caravaneó ante ella; y le propinó otras ofensas como llevar un puñal escondido. Recuperó a sus hijos luego de una serie de mutuas concesiones que Isabel luego traicionó y desde luego Grace también; y al parecer ambas soberanas —de cierta manera, almas gemelas— murieron el mismo año, 1603.

Mi primera lectura sobre Isabel I, de niño, fue La reina mártir, de Luis Coloma, sobre la vida María Estuardo. A ésta le daba trato de santa, y a Isabel el de pirata (y claro que lo era, si sostenía entre otros al corsario Francis Drake y construyó su gran época dorada combatiendo y robando a España, aunque ni de chiste tanto como los ingleses presumen; Isabel sufrió, ante los españoles, mucho más derrotas que victorias). Es un libro escrito por un sacerdote español, que ninguna consideración puede tener por la peor archienemiga de España. Una de cal por las que van de concreto armado, que hasta el abuso ponderan en las series televisivas inglesas y en los libros de historia, todos ellos elogiando desmesuradamente a Isabel I. Hay que buscar un poco de equilibrio ¿no?

Sirva esa cortísima historia de una larguísima y riquísima vida de una mujerona que supo dar el quienvive a otra mujerona, nada menos que la mayor reina que ha tenido Inglaterra, para evocar cuánto puede ocurrírsele a una mujer que entre muchos otros castillos y torres vivió en un lugar, Westport House, que le sigue perteneciendo a sus descendientes directos (la familia Browne), y que visitan como 4 millones cada año.

Desde allí se mira con claridad el monte sagrado Croagh Patrick, en el mismo County Mayo. Un monte de agraciada forma puntiaguda casi perfecta desde ciertos ángulos, que vi cubierto de nubes, que mi ahijado ha escalado hasta la punta y que sirve como lugar de peregrinación. Ocurrió en ese simbólico monte una significativa historia, que trataré en mi próxima entrega.

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Miércoles, 02 de Septiembre 2015 - 16:00
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