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Las fuerzas armadas no masacran, los criminales sí

Ayer, mientras los miembros del Gabinete de Seguridad del presidente Andrés Manuel López Obrador presentaban un informe sobre el estado que guarda la seguridad pública y las acciones que realiza el gobierno para mejorarla, 14 policías estatales michoacanos morían durante una emboscada en el municipio de Aguililla, entre las ciudades de Apatzingán y Aguililla.

El ataque ocurrió alrededor de las 8:00 de la mañana (Centro), cuando en el Salón Tesorería el secretario de la Defensa Nacional, Gral. Luis Cresencio Sandoval, presentaba su informe. Antes que él, lo habían hecho el secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y el subsecretario de Derechos Humanos, Migración y Población de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas.

Después del general, hicieron sus presentaciones el secretario de Marina, José Rafael Ojeda, el comandante de la Guardia Nacional Luis Rodríguez Bucio y, finalmente, el coordinador nacional de Protección Civil, David León Romero.

A las 10:49 horas (Centro), la Secretaría de Seguridad Pública de Michoacán (SSP-MCH) difundió la noticia por medio de un tuit: “Lamentamos la agresión a elementos de la #PolicíaMichoacán que cumplimentaban un mandato judicial en el municipio de Aguililla. En este momento se llevan acabo [sic] las actuaciones de ley para dar con los responsables”.

A las 10:57 horas (Centro), la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Ciudadana (SSPPC) emitió este tuit: “La #SSPC condena el ataque en el que murieron 14 agentes policiacos en Aguililla, Michoacán.  Nos encontramos en comunicación y ponemos a disposición del gobierno del estado todos nuestros recursos humanos y tecnológicos para dar con los agresores y llevarlos ante la justicia”.

A las 11:55 horas, la SSP-MCH tuiteó: “Reforzamos las labores de prevención y vigilancia en el municipio de Aguililla, derivado de una agresión que sufrieran elementos de la Policía Michoacán, cuando daban cumplimento a un mandamiento civil”. Y a las 11:56 añadió: “Los agentes policiales se encontraban en la localidad de El Aguaje, cuando civiles armados dispararon en su contra; hasta el momento se tiene confirmada la pérdida de la vida de 13 elementos, además 3 resultaron heridos”.

Resulta irónico que la SSPC anotara en su tuit que pone “a disposición del gobierno del estado todos sus recursos humanos y tecnológicos para dar con los agresores y llevarlos ante la justicia” cuando horas antes el titular de la misma, Durazo, aceptó que hay “solo 1.14% de probabilidades de que un delito se denuncie y esclarezca”.

En su conferencia de prensa de ayer, AMLO elogió a los secretarios de la Defensa Nacional y de Marina al decir que “Han venido adecuando sus métodos de operación y poniendo en el centro el respeto a los derechos humanos, el uso moderado de la fuerza, la manera en la que se va avanzando sin guerra, sin exterminios, sin masacres”.

Desgraciadamente, quienes no aprecian que las fuerzas armadas respeten los derechos humanos y hagan un “uso moderado de la fuerza” son los criminales, entre ellos los sicarios del Cártel Jalisco Nueva Generación que ayer masacraron y exterminaron cobardemente a los 14 policías michoacanos.

Twitter: @ruizhealy

Facebook: Eduardo J Ruiz-Healy

Instagram: ruizhealy

Sitio: ruizhealytimes.com

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Fecha: 
Martes, 15 de Octubre 2019 - 10:45
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Martes, 15 de Octubre 2019 - 19:30
Fecha C: 
Miércoles, 16 de Octubre 2019 - 06:45
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No entiendo

El secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong dijo ayer que Joaquín “El Chapo” Guzmán era el recluso más vigilado dentro de la cárcel federal de alta seguridad ubicada en Almoloya, Estado de México. Sin embargo, explicó que por cuestiones de derechos humanos, no era vigilado en el baño, lugar desde donde se fugó. En pocas palabras, para proteger la modestia de uno de los criminales más peligrosos y sanguinarios del mundo, alguna autoridad, tal vez la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), ordenó en algún momento a que no hubiera videovigilancia en los baños que usan los inquilinos de esa prisión y quién sabe cuántas otras más. Ese baño protegido de las miradas de los carceleros es el “punto ciego” desde donde se escapó el jefe del Cártel de Sinaloa.

La verdad es que no entiendo como, para proteger un supuesto derecho a la privacidad de un delincuente, una institución del Estado mexicano decidió poner en riesgo el derecho a la vida de cientos o miles de personas que seguramente morirán cuando empiece la balacera entre los sicarios del Chapo y los de las organizaciones delincuenciales enfrentadas a su cártel. Y no solo perderán la vida estos violentos; también la perderán los inocentes que tengan la mala suerte de estar en medio del fuego cruzado durante los enfrentamientos entre bandas rivales. Hombres, mujeres y niños inocentes morirán por una decisión estúpida de alguna autoridad.

Osorio Chong también aceptó que el Chapo sólo pudo escaparse teniendo como cómplices a empleados y funcionarios de la cárcel de Almoloya. Y esto tampoco lo entiendo en vista de que el gobierno nos ha presumido con insistencia que el personal que trabaja en las áreas de seguridad está constantemente sujeto a los tan cacareados “controles de confianza”, controles que aparentemente fallaron rotundamente en esta cárcel de alta seguridad.

Finalmente, no entiendo cómo las autoridades creen que podrán atrapar nuevamente al Chapo Guzmán. Se tardaron 13 años para aprehenderlo después de que se escapó en 2001 de otra cárcel dizque de alta seguridad. ¿Qué les hace pensar que esta vez será diferente si en casi dos años no han podido localizar al prófugo fundador del cártel de Guadalajara, Rafael Caro Quintero, quien indebidamente fue liberado el 9 de agosto de 2013 por el Primer Tribunal Colegiado en Materia Penal del Tercer Circuito en Jalisco?

No cabe duda, en lo que a la fuga del Chapo se refiere, hay mucho que no entiendo y creo que nunca entenderé.

Foto: pijamasurf.com

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Fecha: 
Martes, 14 de Julio 2015 - 12:00
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De la fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán, de su personalidad sociopática clásica y más...

Escribir sobre el escape del Chapo es hoy en día tarea harto difícil. ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya por parte de los integrantes de la llamada comentocracia?: que todo es producto de la corrupción, que la ineficiencia e ineficacia de las autoridades es atroz, que tendrá que castigarse a los culpables, que el presidente Peña deberá hacer cambios en el gabinete, de acuerdo. Y en el terreno de la “imbecilocracia” he aquí algunos sesudos comentarios que casi mueven a risa: que el Chapo era el operador político de Peña (!!!) frente al resto de los cárteles, que Peña lo dejó escapar (!!!) por no haber podido llegar a un demencial “acuerdo” con el escapista, en fin… cualquier cantidad de estupideces dichas con tono de erudición y experticidad sobre el tema y publicadas en prestigiados medios de comunicación. Desde luego la gravedad de los hechos es contundente y claro que todos exigimos la recaptura del maleante y el castigo para los cómplices (de dentro y de fuera) del mal llamado penal de “máxima seguridad”. En eso creo que todos estamos de acuerdo. Pero de lo que poco se ha hablado es de cómo se gesta y de qué se alimenta una personalidad tan peligrosa y extraordinariamente compleja como la del señor Guzmán Loera. Evidentemente este individuo tiene una personalidad sociopática clásica, es decir, es muy inteligente, sanguinario, carece de valores y su egocentrismo no tiene límites. Recientemente, investigaciones en psicología se han interesado en cómo se da el desarrollo moral en los niños, y en general en los humanos. En las Universidades de Yale y Harvard, se han llevado a cabo dándose seguimiento durante muchos años a niños para entender cómo se da la capacidad de hacer juicios morales. En estas investigaciones, se les planteaban a escolares participantes diversos problemas que requerían de una respuesta moral y explicar el porqué de tomar una u otra decisión. A partir de este tipo de pruebas se definieron diversos niveles de desarrollo moral por los que, idealmente, deberíamos atravesar a lo largo de la vida. Ubique usted en cual de estos niveles se encuentra el Chapo y la mayoría de los capos y delincuentes, además de otras distinguidas personalidades:

Nivel 1.- “Es bueno lo que yo o la autoridad queremos”

Edad: Hasta los 10 años
Estar subordinado a una autoridad es correcto. Las respuestas morales se generan por miedo al castigo o búsqueda de recompensa.

Nivel 2.- “Según lo que tú me hagas, yo te hago”

Edad: Hasta los 13 años
Lo justo es lo que me aporta ventajas y me ahorra problemas. El principio básico es “ojo por ojo y diente por diente”

Nivel 3.- “Me gustaría mucho ser una buena persona”

Edad: Hasta los 16 años
Es justo lo que fortalece las relaciones interpersonales. La venganza y la revancha no se consideran motivos válidos.

Nivel 4.- “La moral está al servicio del sistema social en el que vivo”

Edad: Más de 16 años
Lo justo es cumplir con el deber. Hay que observar las leyes y buscar el bienestar de la sociedad.

Nivel 5.- “ Justicia democrática universal”

Edad: Más de 20 años
Es justo lo que se decide en forma mayoritaria y más allá de los intereses personales. Los derechos fundamentales como la igualdad, la libertad y el respeto al otro son determinantes para tomar una decisión.

Nivel 6.- La justicia ideal

Este nivel solo lo alcanzan personas maduras y éticas que mayoritariamente toman decisiones convenientes para el individuo y la sociedad. Se actúa con base a principios morales universales.

Estos distintos niveles nada tienen que ver con la capacidad intelectual de una persona, se puede ser muy inteligente y al mismo tiempo carecer de la llamada inteligencia social que nos permite vivir en comunidad y en paz con otros. Una persona socialmente inteligente es capaz de ponerse en los zapatos del otro, actuar en consecuencia y crear un lazo afectivo con otras personas. ¿Cuántos de los mexicanos somos capaces de hacerlo?.

A pesar de los pesares no puede faltar la recomendación de la semana. Para comida italiana deliciosa: Aromi y Sapori, un restaurantito pequeñito y con estilo ubicado en Lamartine 112, casi esquina con Ejercito Nacional en Polanco. Mi platillos favoritos: los gnocchi al pomodoro, el risotto de espárragos, los ravioles de pato, entre otras muchas delicias inolvidables. Tiene terracita para fumar y los postres son trascendentales. El negrito en el arroz…el servicio es regular tirando a malo. Vayan con paciencia, la comida bien vale la pena. Besitos a los niños.

Foto: El Blog del Narco

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Fecha: 
Lunes, 13 de Julio 2015 - 17:00
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Columnas:

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¿Futuros Capos o sicarios?

El tema del narcotráfico no es algo nuevo en nuestro país. Hay todavía cosas de las que no se habla, tanto que tienen un mayor impacto en la sociedad. Uno de ellos son las comunidades campesinas, destacándose la participación de los niños que viven en estas zonas marginadas, quienes están expuestos a servir a los capos a fin de obtener beneficios y “salir adelante”. Siempre se habla del narcotráfico, pero, ¿cuándo nos hemos puesto a pensar en los niños que trabajan para éstas organizaciones?

Creciendo entre la maleza

Hoy, Julián (a quién le llamamos así para proteger su identidad) es un chico de 21 años. En su cara se puede ver la dureza de la vida, que a su corta edad conoce lo peor de ella. Es el segundo de cinco hijos en el matrimonio de sus padres. Recuerda que desde niño ha sufrido por falta de recursos y sólo pudo estudiar hasta la primaria. Para poder estudiar más tenía que viajar una hora o caminar hasta dos o tres horas por entre la sierra del estado de Michoacán, lo que implicaba más gasto para sus padres y menos comida para sus hermanos.

Recuerda que de niño le encantaba disfrutar de la compañía de su hermano mayor, con quien coreaba los corridos que escuchaba la mayoría en la región y que además era su cómplice en juegos entre la sierra y los cultivos de maíz de su padre. Desde muy pequeños tuvieron que ayudar para poder incrementar el poco dinero para sobrevivir. Como es de esperarse, lo hicieron crecer desde muy temprana edad; se tenía que hacer responsable de duras tareas para apoyar a su padre; pronto tenía que dejar de jugar, pues era una “pérdida de tiempo”. Ahora tenía que ser un hombre más en la casa.

Cuando se le ocurría hacer travesuras con sus hermanos la felicidad les duraba poco, porque en menos de lo que canta un gallo salía su madre con el lazo que tenía más próximo y con toda la fuerza lo dirigía a la espalda para castigarlo por lo que había hecho. Pero el castigo no terminaba ahí, al enterarse el padre recibía una golpiza de nueva cuenta y había más labores para el día siguiente. Cuenta Julián que eso lo marcó mucho, porque tuvo que crecer y dejar los juegos “pa’ luego”.

Su hermano mayor emigró a Estados Unidos en busca del “sueño americano”. Su padre enfermó, murió y él tuvo que tomar el papel del hombre de la casa a los 14 años. Tenía que ir a sembrar al campo, recolectar, vender y llevar lo necesario a casa para mantener a su madre y sus hermanos; poco a poco el hambre era mayor, la necesidad crecía y el trabajo escaseaba.

Por la zona se empezaba a saber de unos vándalos que habían llegado de Morelia. Los desalmados que se robaban a las chicas, pedían cuotas a los ganaderos y a los productores, se la pasaban extorsionando a quien se les ponía enfrente. Se emborrachaban y viajaban siempre en “camionetotas”, portaban armas, algunos tenían grandes cadenas, no vestían como toda la gente, traían tenis de los buenos –recuerda. La violencia y la carencia se empezaron a apoderar de los pobladores, si demandaban eran asesinados entre ráfagas de armas. El temor era sembrado por un grupo de criminales sangrientos llamados “Zetas”, quienes habían llegado al lugar para apoderarse del territorio, llevándose todo a su paso.

Julián decidió sumarse al grupo de los Zetas, orillado por la necesidad de tener un poco más de dinero para su familia. “Quería vestir bien, comer bien, andar en las camionetas y cantar los corridos”, es así como describe su deseo para ingresar a las filas de los “poderosos”.

Cuenta que para irse ganando los primeros pesos, tenía que andar vigilando, era “halcón” o también llamado “puntero”. Se la pasaba en la plaza, sólo observaba y se memorizaba los movimientos de cada uno de los policías y hasta de los militares. Avisaba de cualquier movimiento raro para alertar a su jefe. Esto parecía fácil, pues ¿quién podría desconfiar de un niño que sólo se la pasaba solitario por el centro? A la vista parecía un indefenso chaval y nada más.

Recuerda que a los punteros es a los que más se les maltrata y los que en la cadena del narco están hasta abajo; sólo son los informantes. Los encargados de avisar cualquier movimiento en el pueblo, quién entra, quién sale y si hay extraños, pero a la primera que fallen se les trata de lo peor “Nos golpean hasta que se cansan y hasta que entiendes que no puede volver a pasar, y a veces sientes que ya no habrá una oportunidad más, no puedes llorar o eres un maricón”. Julián dice estas palabras, él está sentado frente a mí, pero sus ojos tocan aquel recuerdo que debe ser muy doloroso, pues la voz se entrecorta, los ojos se llenan de lágrimas, a pesar de que parece que ya no puede sacar una lágrima más. Un lapso de silencio invade la fría habitación.

Recuerda que en algunas ocasiones rondaban las escuelas en camionetas de lujo, ofrecían regalos a las menores y a base de seducción y engaños las poseían, las secuestraban, en algunas ocasiones luego de pasar muchos días rondando las escuelas. Los fines de semana elegían a las mejores chicas, a las más bonitas y las invitaban a fiestas, las subían a las camionetas. Los punteros cuidaban en la calle por si pasaban los policías o los militares; las drogaban, las violaban y en algún momento de la fiesta los punteros eran requeridos. Los obligaban a drogarse y consumían alcohol para más tarde poseer a las jovencitas, las desaparecían hasta por tres días, luego las abandonaban en la calle.

Cuenta Julián que había ocasiones en las que se metían a la escuela y se robaban a las menores a punta de pistola, y a los primeros padres que quisieron hacer la denuncia fueron asesinados a balazos. Así se ganaron el “respeto” de los otros pobladores quienes ante tantas atrocidades permanecían callados; era lo mejor "o se los cargaba la chingada”.

En estas fiestas fue como Julián empezó a drogarse y a consumir alcohol. Luego llegaron otro tipo de trabajos, le dieron una pistola, ya no sólo se encargaba de dar algunos avisos, empezó a extorsionar, se encargaba de ir a cobrar el dinero o la famosa “renta”, o ir a levantar a alguien que se había pasado de abusado o que simplemente no quería cooperar.

“El primer jalón del gatillo cuando matas a alguien es el más difícil. Algo me decía que no lo hiciera, habíamos levantado a un cabrón que se quiso pasar de listo y no quería entrarle, pero había hablado de más. El jefe dio la instrucción de pasar por él y darle una vuelta. Ya después que valiera madres, era mi turno y esa noche tenía que demostrar que era valiente. Jalé el gatillo directo a la cabeza, era él o yo, así me hicieron hombre”.

Es así como Julián recuerda su primera vez, jalando el gatillo de un arma, que para la edad de 16 años ya era un sicario. Por unos dos mil o tres mil pesos hacían los trabajos que les encargaban. Mientras cuenta el primer jalón del gatillo, se asoma esa desesperación del momento. Hasta las manos se le tensan al recordar el hecho; su frente empieza a sudar frío, sale la segunda lágrima de sus ojos.

“Luego llegaron a la zona un grupo contrario a los Zetas, llegaron con fuerza y protegidos por la gente a la que habíamos hecho daño, nos agarraban desprevenidos, corrió mucha sangre en el estado, se morían muchos amigos, unos se fueron con LFM pa’ salvarse; otros huyeron del estado. Yo me quedé”.

Menciona que de volver el tiempo atrás, jamás se hubiera metido en esas cosas del diablo. Ganó un poco de dinero, pero no pudo disfrutarlo con su madre y sus hermanos. De quienes sólo viven en México él y dos más chicos; los otros se fueron para Estados Unidos y no sabe nada de ellos.

Hasta el día de hoy, Julián no sale a la calle por temor a que la gente busque venganza y lo maten. Cuando llega a salir es sólo a la tienda más cercana y se regresa a casa tan rápido como se puede. Se la pasa el día entero dentro de la casa, casi no come, tiene los nervios a flor de piel y cuando llega la noche llega de nuevo el martirio, no puede dormir hasta que el cansancio lo vence. Algunas veces sueña que llegan por él, llega a sus sueños ese primer jalón del gatillo, pero el que está enfrente es él mismo.

Detrás de ese rostro fuerte, aparentando más edad de la que realmente tiene, esa voz quebrantada por revivir el pasado, se puede entrever el miedo en el que vive. En su mirada de arrepentimiento también muestra a ese niño que podía jugar con sus hermanos y que a pesar de ser pobre, podía vivir tranquilo. Se refleja ese niño que ha quedado encarcelado por la dureza de la vida que le ha tocado vivir y que tuvo que madurar más temprano que cualquier otro infante, es sólo uno más de los miles que han crecido entre la maldad, tachados por una sociedad a la que poco le interesan los niños y su futuro, marginándolos y mostrándoles que lo más importante en esta vida es el dinero y lo material.

Lo más triste y preocupante es que historias como la de Julián hay muchas en el país. Hay algunas que tal vez se le asemejan, pero hay otras tantas que terminaron ya sea en muerte, en tutelares, en niños con problemas de alcoholismo y drogadicción o peor aún, la historia simplemente no ha terminado y esos niños siguen dentro de la delincuencia, reclutando a otros menores, repitiendo y heredando esos estilos de vida.

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Fecha: 
Martes, 05 de Mayo 2015 - 18:30
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Reacción vs prevención

Un conocido mío, propietario de una mina de plata en Durango, me comentó hace unos seis meses que le salía más caro satisfacer las exigencias monetarias de los soldados que supuestamente estaban para protegerlo a él y a los demás pobladores de la región que las que les hacían los delincuentes que operaban en la zona. En pocas palabras, los buenos le pedían más dinero que los malos para que su mina operara sin problemas.

El problema es que estaba obligado a darle a las dos organizaciones, la militar y la criminal, para no verse perjudicado por alguna de ellas.

Esto me lo platicó el minero hace seis meses, es decir mucho antes de que una banda delincuencial se robara, la semana pasada, 900 kilogramos de oro valuados en 8.4 millones de dólares de la mina El Gallo 1, ubicada en la zona serrana de Mocorito, en Sinaloa, uno de los estados más inseguros de nuestro país.

Lo que el minero me dijo no es nuevo, tal como le lo ratificaron varios de sus colegas con quienes hablé después.

Por eso me llama mucho la atención de que el robo del oro propiedad de la minera canadiense McEwen Mining haya causado tanto alboroto. Tal vez el escándalo obedeció a que el propietario de la empresa, Robert McEwen, declarara en un programa de finanzas de la televisión canadiense que ésta nunca había tenido problemas porque mantenía “una buena relación” con las organizaciones criminales de la región. Durante el programa McEwen explicó: “Si queremos ir a explorar a algún lugar les preguntamos y te dicen 'no', pero luego dicen 'regresen en un par de semanas cuando terminemos’ lo que estamos haciendo”.

Lo dicho por McEwen de alguna manera confirmó lo que meses atrás me habían dicho los mineros que entrevisté, aunque el canadiense después tratara de aclarar que no dijo lo que dijo sino que quería decir otra cosa.

A raíz del robo del oro propiedad de la empresa canadiense la Comisión Nacional de Seguridad anunció que investigará a las minas que estén colaborando con el hampa o sean víctimas de ésta. Para variar, se necesitó de un escándalo mediático con repercusiones en el extranjero para que las autoridades federales decidieran actuar en torno a una realidad que desde hace tiempo se conoce y se comenta en las zonas mineras afectadas, situación que desde hace meses denuncié en mi programa de radio y TV sin que algún funcionario del las áreas de seguridad pública o nacional me contactara para obtener más información sobre el caso que denuncié públicamente.

Conozco desde hace casi un cuarto de siglo al Comisionado Nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido García, y no tengo porqué dudar de que es un funcionario probo y capaz. Por eso le sugiero que no solo investigue a las empresas mineras sino a los mandos del Ejército, la Policía Federal, la Marina y las policías estatales y locales que aparentemente descubrieron que vender sus servicios para proporcionar seguridad a las empresas es un negocio altamente redituable. No olvido lo que me dijo el minero duranguense: “Me sacan más dinero los soldados que los delincuentes”.

También le sugiero a los responsables de  los servicios de inteligencia que demuestren que la tienen atendiendo a las denuncias que se hacen a través de los medios de comunicación nacionales y no solo los extranjeros. Que sean capaces de prevenir los delitos y no limitarse a reaccionar una vez que estos se cometen, como aparentemente ha sido la norma hasta ahora.

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Fecha: 
Miércoles, 15 de Abril 2015 - 12:00
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