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condición humana

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Deshonestidad

En su libro Fraud Auditing and Forensic Accounting, editado por John Wiley & Sons en julio de 2010, Tommie W. Singleton y Aaron J. Singleton analizan diversas razones por las que algunas personas cometen el delito de fraude, definido éste como “una acción que resulta contraria a la verdad y a la rectitud. El fraude se comete en perjuicio contra otra persona o contra una organización (como el Estado o una empresa)”. Sinónimos de fraude son estafa, timo, simulación, chantaje, defraudación, contrabando, robo, substracción, usurpación, entre otros. Es un delito usualmente penado por la ley que se comete con una alta frecuencia alrededor del mundo.

Los autores aseguran que el fraude “es causado principalmente por factores externos al individuo: factores económicos, competitivos, sociales y políticos, y controles débiles”. Pero de inmediato se preguntan: “¿Y que con el individuo? ¿Hay personas que tienden a cometer un fraude más que otras? Y, si éste es el caso, ¿es esa una causa más seria para cometer un fraude que los factores ambientales internos y externos que hemos comentado? Los datos que nos proporcionan la criminología y sociología parecerían sugerirlo”.

Los Singleton afirman que se han realizado investigaciones por medio de las cuales se le ha preguntado a los empleados de una empresa si son o no honestos en el trabajo. Los resultados son sorprendentes: “40% dice que no robaría, 30% dice que sí lo haría, y 30% dice que probablemente robaría”.

Sobre este tema de qué tan honesta o no es la gente, los mismos autores, en otro libro que escribieron junto con G. Jack Bologna y Robert J. Lindquist, intitulado The Accountants Handbook of Fraud and Commercial Crime (Wiley & Sons, NY, 1993), presentan otro estudio en donde concluyen que 20% de la población de cualquier lugar es siempre deshonesta, otro 20% es siempre honesta y el 60% actúa honesta o deshonestamente según sean las circunstancias que se presenten.

En un interesante artículo intitulado The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept Maintenance, publicado en el Journal of Marketing Research en diciembre de 2008, los académicos Nina Mazar, On Amir y Dan Ariel afirman que “A las personas les gusta pensar que son honestas. Sin embargo, la deshonestidad paga _ y muchas veces paga bien. ¿Cómo resuelven las personas esta tensión? Esta investigación muestra que las personas actúan con la suficiente deshonestidad para lucrar pero con la suficiente honestidad para engañarse a sí mismos sobre su propia integridad. Un poco de deshonestidad proporciona el sabor del lucro sin echar a perder una autoimagen positiva. Dos mecanismos permiten tal mantenimiento de la autoimagen: la falta de atención a los estándares morales y la maleabilidad de las categoría. Seis experimentos apoyan la teoría del mantenimiento de la autoimagen de los autores y ofrecen aplicaciones prácticas para prevenir la deshonestidad en la vida cotidiana”.

Por lo anterior tenía razón el presidente Enrique Peña Nieto cuando el martes pasado afirmó que la corrupción, es decir la deshonestidad, es un problema que “más que aparejado a una cultura, lo está a una condición, a la condición humana”. Al decirlo sólo corroboró lo que indican diversos estudios serios realizados durante los últimos 20 a 25 años.

Los dos libros mencionados pueden adquirirse en amazon.com. El artículo de Mazar, Amir y Ariel puede leerse en people.duke.edu/~dandan/Papers/PI/Dishonest_JMR.pdf

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Fecha: 
Jueves, 25 de Junio 2015 - 12:00
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La tragedia

¡Harto!... las mismas noticias con diferentes personajes, la misma historia en diferentes momentos; la moda se repite, las emociones se contagian, el tráfico persiste, y la tierra vuelve a girar; otra vez el equinoccio de primavera, rituales para cargarse de energía, nacieron quintillizos, muere luchador en el rin, explota toma clandestina en ductos petroleros, periodistas despedidos arbitrariamente, ataque a la libertad de expresión; casi da lo mismo hojear el periódico del 20 de marzo de cualquier año, es prueba de ausencia de evolución, la historia se repite, porque nuestra condición humana también se repite.

Política, economía, corrupción, poder y pasiones; creyendo ser sólo observadores, somos en realidad actores circunstanciales de reparto en el teatro de la vida colectiva de nuestro país, a veces protagonistas ciegos que no hacemos más que repetir un libreto incomprensible a cambio de una palmadita del ejecutivo. Se pierde entonces el efecto pedagógico de la tragedia mexicana, desaparece la mímesis y la catarsis, y tarde o temprano cada quien se convierte en el dramaturgo de su propia epopeya.

Todos contra todos en la familia, pretendiendo unidad, pero arrebatándonos o negociando posiciones y derechos. Todos contra todos en la sociedad, acumulando poder lícita o clandestinamente, finalmente sólo leales a nosotros mismos, protegiéndonos de los fantasmas del futuro, donde la única y última ética se fundamenta solo en la percepción de la supervivencia individual en un contexto colectivo. Y todos contra todos en el mundo, abandonados al vacío de nuestra soledad universal, buscando el sentido de nuestra existencia.

¿Qué hemos aprendido?... ¿tolerancia?, ¿respeto?, ni siquiera somos autónomos frente a la seducción del poder, somos súbditos de nuestras pasiones, lacayos del miedo, marionetas de nuestras emociones… y pregonamos libertad... ¡Vaya engaño!

¿Crees que exagero?, continuamente se repite la puesta en escena de la tragedia, desde que la inventaron los griegos; es la historia y profesía de las civilizaciones, y así permanecerá mientras no podamos quebrantar la paz del statu quo. Eso... sólo se logra en el interés individual, aunque es inútil si no permea al interés general. Justo es ahí donde estamos atrapados; poco ponemos atención en crear el interés general, y cuando lo hemos intentado, el tiempo no ha sido suficiente; el cambio de paradigma debe ocurrir en la misma generación, cada generación tiene su propio statu quo. Si no lo logramos, entonces regresamos a la supervivencia individual, a nuestra soledad ontológica.

Basta poner las manos sobre el volante del auto para que emerja el hombre verde henchido de prepotencia, el individuo solitario tratando de abrirse paso en la jungla de asfalto, peleando con la maleza de autos en una carrera contra el tiempo; o que sienta el yugo del poder para que se convierta en el dócil y servil minino restregándose y ronroneando por una caricia. Ahí está nuestra sociedad, en el estado intermedio infinito entre Hulk y el lindo gatito, ideando siempre la forma de tragarse al Piolín. La ironía de la tragedia, es que todos desempeñamos cada uno de los roles circunstanciales que nuestra condición humana nos permite; todos somos el héroe y el villano, el sancho y la dulcinea.

Sergio Manuel Martín Gamboa

El Navegante

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Fecha: 
Martes, 14 de Abril 2015 - 14:15
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