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comida mexicana

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Una bandera de México

Para este septiembre que se avecina;

Que ya se acerca como beso robado

En la promesa de una novia tímida

Con la esperanza de mejores tiempos,

¡Quiero una bandera de México!

Una bandera pequeña que pueda yo llevar a todas partes;

Una bandera que me permita celebrar mi patria

para que todos sepan que soy de ella;

En este suelo que no me es extraño,

Pero que no es el  mío;

Del que yo, no soy suyo.

Una bandera mexicana; con el  barro brotado de su entraña;

Tierra de mi tierra;

Lodo en mezcla de lágrimas y polvo.

Polvo de sus caminos.

De mi largo camino…

Quiero una bandera que antes de cruzar el mar

Haya besado los horizontes del desierto;

El que reverbera entre Chihuahua y paso del norte.

Una bandera que deslumbre en el espejismo

Con el águila viva y vencedora;

Águila que promete el vuelo eterno

El anhelado vuelo del regreso.

Una bandera impregnada con el viento de México;

Con sabor a chiles y capulines;

A tortillas y a mole.

Con tres colores como las cocadas.

Con el sabor de todas sus canciones

De mariachis, de bandas y marimbas

Donde Dios nunca muere.

Quiero una bandera que pueda yo traer junto al corazón

Pequeña y viva;

Con la que los niños de Allende el inmenso mar

Los chilpayates;

Los escuincles

Agitan México en sus alegrías

Afirman México en sus desafíos

Germinan México a pesar de los pesares.

 

La bandera festiva de los lunes

De los lunes en todas las escuelas

La de todos sus patios.

Con la que nuestros hijos

Vitorean a los héroes

Nuestros juanes de tropa

Pueblo en armas

Pueblo rebelde bravo y generoso.

Una pequeña bandera que ondeé maravillosa

Sobre el inmenso océano que no acaba;

Una bandera viva para convocar sueños

Y forjar realidades de justicia.

Una bandera que, cuando ustedes se vayan,

Cuando ustedes regresen

Se quede aquí conmigo

Señalándome el camino para volver

Indicándome el rumbo para seguirlos.

Brújula de colores apasionados

Claros, nítidos, recios;

Colores ciertos en verdades puras.

Una pequeña bandera que mientras vuelvo

Pregoné donde vivo

Donde sueño esperando

Que termine el destierro.

En esta casa lejana de mi suelo

Que sin embargo es un rincón de México…

Una bandera de“por si las dudas”

Para que si me duermo,

No me cubra la tierra de Alemania.
 

Tráiganme nada más

Ahora en septiembre

La muy amada bandera de mi patria.

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Stahringen, Baden Wurtemberg

6 de Septiembre de 2019

En recuerdo de México

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Fecha: 
Viernes, 06 de Septiembre 2019 - 13:20
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Viernes, 06 de Septiembre 2019 - 15:35
Fecha C: 
Sábado, 07 de Septiembre 2019 - 04:35
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Cartas a Tora CXXXIII

Querida Tora:

      Tuvimos una fiesta en la vecindad. Fue una fiesta poco común: el abuelo (y bisabuelo y hasta tatarabuelo de unos vecinos cumplió 100 años). Y los parientes le organizaron un fiestón. Empezaron por pedir el patio para la comida, porque iba a venir una cantidad enorme de gente: el señor tuvo diez hijos; de ahí salieron 40 nietos, y lo demás ya ni lo quieras saber. Eran más de 100 los invitados, sin contar a algunos vecinos que también asistieron porque los conocían de mucho tiempo antes.

      El portero se mostró generoso, y no les cobró por alquilárselos ni les puso obstáculos (Pero porque los vecinos están empezando a exigirle que tape el hoyo y arregle los baños, y quiso quedar bien con ellos). La comida la pusieron entre todos, y hasta la tía de Zacatecas (Sí, el centenario tiene una tía, porque su abuelo tuvo un montón de hijos, y esa mujer nació después que el señor, ¿te imaginas?) trajo unos tamalitos, que ya llegaron secos y pulverizados, pero como dijo ella misma, lo que cuenta es la intención.

      También una tataranieta que ni siquiera lo conocía tuvo la intención de llevar unos chiles en nogada; pero lo único que llegó fue el rabo de ,los chiles, porque se agusanaran en el camino (Pero los pusieron en la mesa, para que todos los vieran; y si no se los comieron, fue porque los gusanos se pusieron a bailar como poseídos en cuanto oyeron “Las Mañanitas”).

      La familia se levantó a las tres de la mañana, para poder estar listos a las dos de la tarde, que era la hora de la cita. Todo fue muy bien hasta que quisieron despertar al centenario. Lo tenían en una especie de ropero, porque no tenían habitaciones suficientes para todos, y por la noche le cerraban la puerta (Al fin que nunca necesitaba nada); y cuando abrieron la puerta, el señor dijo “Nos vemos”, y estiró la pata. Así como te lo digo: se murió.

       ¡Había suspender la fiesta! Pero la tía dijo que no, que el centenario siempre había sido muy fastidioso, y que no iba a permitir que les fastidiara la comida. Además, los cien años los había cumplido de todas formas, así que ¡adelante!

       Llegada la hora, sacaron al centenario en un  sillón, lo sentaron a la cabecera y dijeron que estaba dormidito. A nadie le extrañó que durmiera durante toda la comida, porque en realidad nadie lo conocía, y sólo sabían que era muy dormilón. Así que comieron, bebieron y bailaron con todo el entusiasmo que despertó la ocasión. Todos quisieron felicitar al centenario, y como no le podían  estrechar la mano “porque estaba un  poco cansado” (En realidad, no querían que se dieran cuenta de que ya estaba frío) se contentaron con darle unas palmaditas en la espalda, que más de una vez lo derrumbaron sobre el mole o los chilaquiles. Pero no hubo consecuencias, y todo se redujo a limpiarle la cara y la camisa, que era nueva y blanquísima, porque se la acababan de comprar (Después vino el pleito de quién la heredaba, pues todos la querían; pero se la llevó la tía, para acordarse de las necedades e inconsecuencias de su sobrino favorito, que le recordaban tanto a su papacito).

       Como a la una de la mañana metieron  al centenario a la vivienda, “no le fuera a hacer daño el frío de la noche”, y el baile siguió hasta las seis de la mañana, momento en que una de las nietas salió llorando, diciendo que “su abuelito se acababa de morir”. El impacto que causó en los invitados fue terrible, y no faltó quien dijera que no debían haberlo expuesto a tanto jaleo, que lo habían matado con su exceso de cariño. Pero fueron unos cuantos, y los demás los abuchearon hasta callarlos. Total que en unos minutos organizaron la capilla ardiente con  una de las mesas, y empezaron a servir café con piquete (Del cual tenían todavía bastante), y lo velaron ese día y la noche siguiente, para aprovechar lo que sobraba de la fiesta. Ya luego lo enterraron y le rezaron lo necesario (De lo cual se encargó la Mocha con muy buena voluntad, aunque no la habían invitado a la fiesta).

       El portero se portó bien, y no les cobró por usar el patio como capilla ardiente. Al contrario, hasta se ofreció a pasarles una película del Piporro. Pero ya sabes por qué fue.

      Te quiere

      Cocatú

Fecha: 
Viernes, 24 de Mayo 2019 - 13:05
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