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¿Y ciencia para qué?

Jueves, 16 de Abril 2015 - 13:30

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Carlos Guevara Casas

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Quizá usted, estimado lector, se pregunte qué rayos pretende una sección de ciencia en un portal más enfocado en el análisis político. No dudo que algún político, Miguel Ángel Mancera o Manuel Velasco Coello por ejemplo, digan cosas interesantes y hasta importantes de vez en cuando. Pero la inauguración de unas canchas deportivas (que solo fueron remozadas) o la puesta en marcha de la campaña contra el pié de atleta en el metro del D.F. no deberían quitarle espacio noticioso a los descubrimientos del CERN, el acelerador de partículas subatómicas. Más allá de lo que pueda ser noticia, la ciencia y la tecnología (CyT) son posiblemente las actividades de mayor impacto, ya no diga usted en la sociedad, en el planeta entero. Solo recordemos que el cambio climático es consecuencia de un camino tecnológico que inició hace más o menos 200 años. Por ello es esencial que nuestro país invierta más en ciencia y tecnología.  Si miramos un mapamundi, notaremos que los países con mayor bienestar e independencia son aquellos en que se invierte más en ciencia y tecnología. Hace unos días murió Lee Kuan Yew, el Miguel Hidalgo de Singapur que se enfrentó a la disyuntiva de gobernar una isla sin recursos naturales de ningún tipo, sobrepoblada y rodeada de vecinos nada amistosos como Malasia e Indonesia. ¿De qué vive Singapur? La economía de Singapur, una de las más sólidas, se basa en el conocimiento.

En nuestro continente pasó lo mismo, por ejemplo en Vancuver y Boston. En 1886 Vancouver era un miserable puerto maderero, pero casi de inmediato se buscó la creación de la Universidad de Columbia Británica. En 1635 los colonos de Boston hicieron una coperacha para fundar la Boston Latin School. Luego gracias al pastor puritano John Harvard la universidad con su nombre; más tarde Boston College en 1863 y la Boston University en 1871. El MIT, una especie de IPN estatal, llegó poco después. La ciudad ha sido, astillero, centro metalúrgico, informático, y ahora a biomédico. Boston vive de la ciencia y la tecnología que desarrollan.

¿De qué viven Tampico o Guaymas? De lo mismo, pero en este caso la tiene que comprar. Max Perutz el químico británico Premio Nobel, escribió hace unas décadas un libro llamado “Es necesaria la ciencia” ante la andanada de recortes presupuestales tacherianos y reaganianos. Para él los gobiernos deben invertir en CyT para tener soberanía en al menos, alimentación, salud producción energética y defensa. Agreguémosle hoy en día el cambio climático. Sí aún no se convence recuerde tan solo el conato de epidemia H1N1. A la hora de buscar antivirales Francia nos negó la venta pensando en sus ciudadanos. Es más el laboratorio donde se identificó el virus estaba en Canadá porque aquí no había la capacidad instalada para ello. No lo aburriré, querido lector, lectora, con ejemplos de las otras áreas pues llegarán solitos a esta columna con el tiempo. Francia, por cierto, invierte el 2.5% del PIB en CyT según el Banco Mundial. México el 0.4. No se sienta mal; Ghana el 0.38 y Gabón de plano nada. Ahora bien que Guatemala el 0.5. El presidente Peña prometió llegar al 1 % al final del sexenio. Veremos.

¿Mientras tanto qué se está haciendo con ese 0.4 hoy en día? De acuerdo con el CONACYT en México hay alrededor de 22 mil científicos en activo que reciben recursos públicos. ¿Qué hacen y cuánto de lo que producen tiene un beneficio social?

Olvídese de las epidemias, la autosuficiencia alimentaria, energética y de seguridad.

¿Estamos preparados para enfrentarnos a las nuevas circunstancias que provocarán la ciencia y la tecnología en política economía o educación; en la educación o la moral? Pensemos en aspectos médicos. ¿Podremos con la transexualidad, los xenotrasplantes, la eutanasia, la medicina genómica, la resucitación tardía, la suspensión animada, los implantes, el uso de células madre, los derechos de propiedad de secuencias de ADN o de estructuras proteicas, el patrimonio genético, la modificación de embriones, la identidad sexual o la subrogación de úteros y otras estructuras orgánicas…? ¿Qué harán jueces y magistrados? ¿Legisladores?

Aún más, olvide todo eso también. ¿Cómo interpretamos el mundo la mayoría de los mexicanos y de qué manera influye ello en la forma en que tomamos decisiones cotidianas? ¿Ha intentado bajar de peso bebiendo café? ¿Le da como miedito vacunar a sus hijos? ¿O por qué no hemos oído hablar de explosiones en tuberías de gas natural y casi a diario con el gas de pipa?

Y de la agenda cotidiana ya ni hablamos. Por ejemplo:

¿Cómo pueden identificar a una persona a partir de un pedacito de hueso? ¿Qué tan certero es? ¿Y cómo identificaremos a las personas que desde ahora, ya, en este año, pueden tener material genético de tres personas? ¿O qué tan buena idea es amarrarse a un árbol cuando autoridades ambientales piensan talarlo? ¿Qué tan inevitable es que Tabasco, la Holanda mexicana, se convierta cada verano en la Atlántida mexicana? ¿Votaría usted por un político que dijera tal cosa? ¿La esperanza de vida aumentará y qué haremos con las pensiones?

Así pues, la ciencia y la tecnología no solo se tratan de que alguien encuentre una nueva galaxia, un nuevo microbio o un procesador de computadoras más rápido. El panorama completo de nuestra vida, de la vida de México, pasa por entender un poco de ciencia, al igual que un poco de arte, de comida e incluso, a veces, hasta de política.


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