Se encuentra usted aquí

Para vivir como blanco

Viernes, 26 de Junio 2015 - 16:30

Autor

carlos_guevara_casas.jpg
Carlos Guevara Casas

Compartir

Aunque no lo parezca el ataque a la Iglesia Metodista Africana Emanuel de días pasados fue un evento muy raro; no solo porque John Wesley el fundador del metodismo fue un incansable antiesclavista sino porque en el fondo, el ataque nada tuvo que ver con la raza, aunque sí con el mes de junio.

Además de Wesley y William Wilberforce, otro antiesclavista británico del siglo XVIII fue John Newton.

Newton era un comerciante británico de esclavos que hizo una gran fortuna hasta que la culpa lo derrumbó a medio Atlántico y escribió Sublime gracia con la bodega del barco repleta de africanos. Y terminó siendo de activista en pleno siglo XVIII.

No todos los activistas tienen un final feliz. En junio de 1964 James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner investigaban la quema de una iglesia de la comunidad negra en Mississippi cuando fueron detenidos por la policía local, liberados  y encontrados muertos más tarde. El principal culpable Ray Killen, miembro del Ku Kux Klan solo fue sentenciado hasta junio de 2005. El caso inspiró la película de Alan Parker Mississippi en Llamas con Gene Hackman y Daniel Dafoe.

Sin embargo el esclavismo negro en realidad históricamente no ha tenido relación con la raza. Todos los pueblos y culturas han tenido esclavos. En Europa hasta antes de su cristianización la esclavitud era parte común y corriente de la estructura social, pero no se encontraba ligada a una cuestión racial. Romanos podían ser esclavos o libres, griegos igual y los bárbaros del norte lo mismo. La idea de una Europa autodefinida como blanca es bastante nueva, digamos que ya en plena forma apenas por el siglo XVIII. Esto coincide con las exploraciones europeas que iniciaron desde el siglo XVI y con el nacionalismo moderno tan cercano al racismo. Aún así quienes vendían esclavos africanos a los comerciantes holandeses, portugueses, ingleses y españoles eran esclavistas de los distintos reinos de la costa occidental de África.

El descubrimiento de una gran diversidad biológica incluyó a los seres humanos en el imaginario científico de la Ilustración. Los grandes científicos de la época como Linneo daban por hecho algunas de las historias más raras como la existencia de hombres lobo y otros humanoides imaginarios. Después de todo si se piensa bien un ornitorrinco es mucho más extraño e improbable que un unicornio. Y en medio de esto los blancos, por supuesto, siempre eran superiores.

Pat Shipman en su excelente Evolution of racism nos habla del uso y abuso de la ciencia para justificar las diferencias raciales. Durante los últimos siglos y hasta hace unas cuantas décadas se han buscado toda clase de apologías científicas para vincular la raza con comportamientos sexuales, tasas de natalidad, esperanza de vida, tamaño de cerebro, trabajo, inteligencia,  moral y cualquier otra cosa que se le ocurra a quien lleve a cabo el estudio. Pese a ello la segregación racial de los años sesenta en Estados Unidos ya estaba bastante pasada de moda. En 1950 la UNESCO había declarado que la razas no existían en la especie humana. La evidencias decían que no tenía sentido.

El concepto de raza desde la ciencia está ligada la formación de especies. Cuando un grupo de organismos puede reproducirse entre sí dejando una prole fértil se habla de una especies. El asilamiento de algunas poblaciones hace que poco a poco cambien hasta que la reproducción sea imposible y nos encontremos ante una nueva especie. A medio camino se encuentran las subespecies o razas. La búsqueda de una clasificación de los distintos grupos humanos ha llevado a juntarlos desde tres razas hasta más de treinta. La ciencia se topó con una pared infranqueable. Las razas humanas no existían. Franz Boas fue de los primeros en aceptarlo. A principios de los  años cuarenta del siglo pasado un alumno de Boas, Ashley Montagu llegó a la conclusión de que en lugar de razas había clinas. Las clinas son variaciones geográficas. No hay algo que caracterice excluyentemente a un grupo humano, ni físico, ni conductual o genético. Cada carácter tiene una distribución diferente del resto y rara vez una característica humana está asociada un solo gen. Esto significa que ningún grupo humano ha estado asilado demasiado tiempo.  De hecho el análisis molecular de las diferencias humanas nos coloca por debajo de cualquier criterio para sumir la existencia de razas en otras especies. Somos más bien una gran mezcla, una red de genes que refleja un contínuo de parentesco. Más allá de las metáforas, somos una gran familia.

¿Entonces porqué  seguimos siendo racistas?

Amós Oz y Fania Oz-Slabberg en Jews and Words, dicen algo que ya sabemos pero olvidamos, que la paz no es un estado natural. Nunca ha existido de forma espontánea más allá de los estrechos límites de la comuna a la que quien suscribe y usted, tribal lectora, lector, pertenezca. La paz se construye y es una construcción compleja. Radica en la confianza en el otro. La confianza es un punto fundamental para la paz, la justicia y la civilización en general. Es uno de los pocos activos con que se cuenta en la vida. Cuando se pierde la confianza se pierde el empleo, se cae la bolsa de valores, se resquebraja la pareja; llega la guerra.

Por ello los humanos  tendemos a recluirnos en nuestros grupos naturales; la familia, la tribu; tendemos a desconfiar del otro. Lucian Boia dice en Entre el Ángel y la Bestia que la imaginación sobre los otros en buena medida genera identidad. Construimos un otro para protegernos y justificarnos.

Robert Wald Sussman en The Myth of Race reflexiona sobre la persistencia de la idea de raza. Desde el esclavismo colonial, el nazismo, la inquisición y el apartheid cada estructura social racista está diseñada para sustentar el poder y los privilegios de un grupo sobre de otro. El 1 de junio pasado Joseph Graves de la Universidad de Carolina del Norte–Greensboro publicó un artículo en la revista American Behavioral Scientist que corrobora esto.  La conducta racista en realidad no está vinculada directamente con las características físicas pero sí tiene consecuencias en la vida cotidiana de las personas.

Los mexicanos sabemos de todo esto. Con frecuencia el origen de todos los males nacionales está en alguien más, desde los conquistadores españoles hasta el nuevo orden mundial. Siempre hay una forma de evitar la responsabilidad. Las masacres de chinos y las leyes que penaban intimar con ellos, los campos de concentración de japoneses y las expulsiones de españoles no nos dejan bien parados. Son innegables las diferencias entre un bosquimano, un noruego y un chino. Si de verdad no existieran, los chistes con un ruso, un gringo y un mexicano en medio de un desierto no existirían. Pero la lucha entre razas solo está en la imaginación de los racistas. Si no fuera así no trabajaríamos como negros para vivir como blancos.


Leer también


Número 35 - Noviembre 2019
portada-revista-35.png
Descargar gratis

No te pierdas ningún artículo

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER