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Mitos y realidades

Lunes, 01 de Julio 2019 - 13:20

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María del Carmen Maqueo Garza

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Para este 2019, la epidemia de sarampión en la Unión Americana representa un duelo de titanes. Un país desarrollado, con toda la infraestructura para cumplir las metas de vacunación de la OMS, frente a un monstruo escurridizo y falaz. La medicina propuesta para prevenir la enfermedad, luchando contra la desinformación, apuntalada esta última por redes sociales. Ello invita a reflexionar acerca de los criterios con que se construye la cultura médica en el siglo 21.

Al hablar de vacunas nos referimos a la prevención de enfermedades infectocontagiosas, que en su evolución natural llegan a ser causa de complicaciones y muerte. La viruela (“viruela negra” en la jerga popular) arrasó poblaciones enteras, con tasas de mortalidad tan elevadas como 80% entre infantes.  La producción de la vacuna contra esta enfermedad, diseñada por Jenner a principios del siglo 19, constituyó un triunfo de la ciencia. Su aplicación se volvió universal, de modo que se registró el último caso de viruela en 1979 y la OMS declaró al planeta libre de dicha enfermedad a partir de 1980.

Algo similar se tenía previsto para el sarampión.  La fecha proyectada por la OMS para abolirla era el año 2000.  Incumplida la meta, en el 2011 se estableció el programa denominado “Decenio de las vacunas”, que incluye -entre otros objetivos- terminar con el sarampión para el 2020.  A un año de distancia, está visto que no se alcanzará.  Para mayo del 2019 el CDC (Centers of Disease Control and Prevention de Norteamérica) registró un total de 1,077 casos de la enfermedad en ese país. Esos niños no vacunados, además de ser un riesgo para ellos mismos, exponen de igual manera a poblaciones inmunizadas, que ahora enfrentan variedades más agresivas, del virus del sarampión.

De manera paradójica –hay que hacer notar— los retrasos en el cumplimiento de metas de vacunación son más evidentes en países desarrollados. Dentro de las causas que han entorpecido el alcance de metas, se encuentran convicciones religiosas, como es el caso de los amish en el estado norteamericano de Ohio.  Otra razón se asocia a lo que se ha dado en llamar “movimiento verde”, ideología que postula que la mejor forma de prevenir enfermedades contagiosas es mediante el apego a los productos que la naturaleza ofrece. Un tercer elemento, probablemente el más perjudicial, surgió en 1994, a raíz de una publicación del médico inglés Andrew Wakefield.  Contratado por un despacho de abogados, emprendió un estudio amañado tendiente a demostrar la relación entre la vacuna triple viral y el desarrollo de autismo. Dicho trabajo fue aceptado por la prestigiosa revista Lancet, lo que le concedió un valor adicional.  A la vuelta de los años se comprobó que había existido un conflicto de interés, y la propia revista Lancet en el 2010, se retractó de lo publicado. Incluso a Wakefield le fue retirada su licencia médica en el Reino Unido.  Lo que se lanza a la red cobra vida propia, es imparable.  La información comenzó a circular a gran velocidad, apoyada por figuras públicas como Jim Carrey y Jenny McCarthy, lo que tuvo un mayor impacto entre los internautas.

En el boletín informativo de la OMS del pasado 9 de mayo, se dan a conocer los avances del proyecto de vacunación para el 2020. A partir del 2016 los casos de enfermedades prevenibles mediante inmunización, en el mundo, han aumentado un 30%. Solamente 3 países mantienen una cobertura de vacunación por encima del 90%: Malta, Azerbaiyán y Zambia.  Entre 2017 y 2018, países que se habían declarado libres de sarampión y rubeola, han vuelto a reportar casos; la cobertura en vacunación es subóptima, en particular para determinados grupos de población.

El timerosal (o tiomersal), un compuesto a base de mercurio se ha llegado a utilizar en la elaboración de ciertas vacunas. La relación entre este compuesto químico y el desarrollo de autismo quedó absolutamente descartada por la ciencia.  Pero, aun así, se esgrime como verdad absoluta por líderes del movimiento antivacunas.

Una situación que obedece a distintos orígenes es la que se presenta en Venezuela. Debido a falta de biológico, la aparición del sarampión ha aumentado con relación al 2016, reportándose para el 2018 la aparición de 1,600 casos. Ese país es uno de los considerados por la OMS como “estados frágiles”, en los cuales, elementos ajenos a la voluntad ciudadana, actúan para entorpecer el logro de metas de vacunación.

Desde inicios del siglo 19, cuando Jenner logró producir la primera vacuna en contra de la viruela, surgieron grupos de oposición. Se organizaron clubes antivacunas, que por distintos medios propagaban información acerca del peligro que –en su opinión- representaba aplicar productos animales en humanos, como era el caso del suero bovino con que se produjo la vacuna.  A lo largo del tiempo dichos grupos de oposición continúan activos, muchas de las veces haciendo campañas a través de redes sociales, valiéndose de la participación de personajes populares.  En la Unión Americana el índice de indecisión para el 2017, ha alcanzado un 83%.

Las llamadas “fiestas en pijamas”, en las que se coloca a un grupo de niños no vacunados, en la misma habitación de aquel que se encuentra en fase contagiosa, para propiciar la infección, habían pasado a la historia. En determinadas comunidades resurgen a últimas fechas. De este modo aumenta la aparición de complicaciones neurológicas o respiratorias propias del sarampión, capaces de provocar secuelas permanentes, o hasta la misma muerte.

Para el 2020 se tiene previsto que desaparezcan enfermedades como el tétanos. Junto con la rabia humana y el paludismo, la OMS lanza proyecciones a futuro, para un planeta libre de enfermedades infectocontagiosas. Confiemos en que el sarampión y la rubeola logren vencer el gran escollo que representa la medicina vía redes sociales, y consigan emparejar sus metas.


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Número 33 - Septiembre 2019
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