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Mejorar la raza

Jueves, 07 de Mayo 2015 - 16:00

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Carlos Guevara Casas

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Si pudiera evitarle un cáncer de mama a una hija seguro lo haría. ¿Pero si pudiera le cambiaría el tono del piel? El 18 de abril pasado Junjiu Huang de la Sun Yat-sen University en China publicó un artículo donde reportó la alteración de embriones humanos para evitar una enfermedad sanguínea hereditaria. Antes el artículo había sido rechazado por las prestigiosas revistas Science y Nature por razones más éticas que técnicas.

¿Qué tiene de malo evitar enfermedades? Hace unos seis años se tenía la capacidad para detectar cien enfermedades genéticas comparando los genes de un recién nacido o de un embrión contra genes no defectuosos. Hoy en día se puede reconocer genes asociados a casi 500 enfermedades. Fue famoso el caso de la actriz Angelina Jolie quien tras detectarse el gene BRCA1 ligado a cáncer de mama, decidió extirparse ambos senos. ¿Qué tal si en lugar de llegar a la automutilación pudiéramos quitar un gene estropeado y sustituirlo por otro?

En el núcleo de cada una de sus células, estimada lectora, existe una sustancia a manera de hebra larga y pegajosa, el ADN, formada a su vez de cuatro sustancias más simples y cuyo orden varía ligeramente de persona a persona y de familia a familia. Esta misma sustancia sirve como plantilla para producir proteínas que también varían según el orden de la plantilla. Donde inicia y donde termina un segmento de ADN asociado a una proteína es lo que en genética molecular se llama gene. Se calcula que los seres humanos tenemos alrededor de 25,000 genes. Los genes los heredamos de nuestros padres y ellos de nuestros abuelos y haremos lo propio con nuestros hijos. Entre la secuencia de ADN que usted tiene y que haya abueleado unos ojos pizpiretos hay miles de procesos que francamente desconocemos aun con los miles de datos que se tienen. No se sabe qué pasa. Pero sí se sabe que cuando un gene es defectuoso la proteína fabricada a partir de él también. Si se trata del gen de la insulina posiblemente esa persona será diabética. Aunque tal vez no. En Tamaulipas existen decenas de familias emparentadas que llevan varios genes de la enfermedad de Huntington y de ellos tarde o temprano alguien será incapaz de controlar los movimientos de sus brazos, más tarde piernas y finalmente llegará la demencia.

Aunque nadie lo dijo, todo el mundo lo pensó cuando a finales de los setenta Werner Arver, Hamilton Smith y Daniel Nathans descubrieron unas proteínas que cortaban y pegaban fragmentos específicos del ADN. Se podría editar el material hereditario de cualquier organismo que tuviera ADN, es decir todos descontando algunos virus. Se podría alterar la herencia humana a voluntad. Suena tentador cuando pensamos en devastadores padecimientos que minan la dignidad de quien amamos o de uno mismo. O cuando se trata de un alimento transgénico con más nutrientes o para la producción de medicamentos, ¿pero qué cuando se trata de, por decir algo, la belleza de un hijo? ¿Del color de la piel o del sexo? ¿Quién dice y con base en qué, cuál característica humana es mejor?

Alguien que lo dijo fue Francis Galton, un primo de Darwin, quien estaba convencido de que los hombres europeos blancos y ricos eran superiores. No es broma, en verdad lo pensaba. Se encontraba convencido que la criminalidad era hereditaria y que el estado debería evitar la reproducción de ciertas personas y propiciar la de otras. La mejora social por medio de la selección de características. Le llamó Eugenesia o buen nacimiento. Así que cualquiera que tuviera un prejuicio, es decir cualquiera, ya contaba con bases científicas para sostenerlo. Los nazis por ejemplo, cuyo entusiasmo por querer eliminar las características que consideraban indeseables los llevó, digamos, a acelerar el proceso. Durante el régimen de Hitler se llegó a esterilizar a la fuerza a casi 450 mil personas. Luego vino la “solución final”, sin duda más rápida. Por acá no llegamos a tanto pero tuvimos la Sociedad Eugenésica de México a principios del siglo XX y un montón de discusiones académicas sobre si los indígenas eran superiores o inferiores.

Y no solo la historia nos permite desconfiar. Avraham Ebenstein, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, recopiló hace unos años toda la información que indicaba la disminución de nacimientos de niñas luego de que en los ochenta el gobierno chino distribuyera equipos de ultrasonido prenatal y las parejas preferían abortar si se trataba de un embrión femenino. Sin embargo Jeff Steimberg en sus Fertility Institutes en California (con franquicia en Guadalajara en el Hospital San Javier) ofrece selección de sexo con 100% de éxito por poco más de 100 mil pesos. Y eso que ser mujer no es un padecimiento genético hasta donde la bibliografía médica más misógina indica. La ciencia ficción tampoco aporta al optimismo. En la película GATTACA del director y guionista Andrew Niccol, el personaje Eugene se ve imposibilitado de ascender por una escalera que tiene la forma de la doble hélice del ADN. La sociedad está dividida entre quienes pudieron pagar una mejora genética de sus hijos y quiénes no. Adivinen quiénes son los pobres.

Tal vez por ello de inmediato Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, declaró tras el artículo de Junjiu Huang, que continuará en su país la prohibición a este tipo de investigaciones que “son vistas casi universalmente como una línea que no hay que cruzar.” Alterar los genes de una persona implica alterar los genes de las generaciones futuras. Sobreviene el temor de la hipotética desaparición de grupos humanos enteros usando estas tecnologías con fines eugenésicos. Si se piensa bien, entre la eugenesia y el genocidio la diferencia es el método.

Por cierto, ¿cuál será la posición de la titular de la Secretaría de Salud (sí, hay una) y de los candidatos a diputados federales sobre este tema?


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Número 34 - Octubre 2019
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