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Lavadoras asesinas

Jueves, 16 de Abril 2015 - 17:00

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Carlos Guevara Casas

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El humo de los recientes escándalos políticos oculta la controversia que ahora mismo se da en Naciones Unidas sobre una tecnología que involucra la invención de las lavadoras, una obra de teatro de 1920 y el futuro de la guerra.

Tal vez sin el glamur de la carrera espacial o la ingeniería genética la lavadora automática bien merece si no el nombre de una calle, por lo menos un humilde monumento. La disputa sobre quién y cuándo fue inventada es solo una muestra más de lo poco apreciada que es para los historiadores de la ciencia y la tecnología. De la renuencia feminista para darle una “palomita” en la lucha por la igualdad mejor no hablemos. Generalmente se dice que fue inventada por un ingeniero llamado Alvin J Fisher en 1910, año en que se le otorgó la patente. Pero las fechas que cualquier escolar puede encontrar varían según la creatividad de blogueros y editores. De la misma manera en que la dirección en una credencial de elector no necesariamente indica que se resida ahí, las patentes tampoco indican por fuerza la autoría y fecha de invención para algún ingenio. Queda claro que lavadoras eléctricas se podían encontrar al menos desde la última década del siglo XIX. Las lavadoras automáticas llegaron ya entrado el siglo XX dando inicio a la automatización de nuestra vida cotidiana. Quizá si mira su lavadora en este momento le parezca exagerado llamarle robot, sobre todo si tiene en mente, ya no digamos a Robocop sino a WALL-E. Sin embargo sí lo es; el término hace referencia a elementos mecánicos que pueden desempeñar alguna actividad sin requerimiento de supervisión, manejo continuo de un ser humano. En principio, el robot puede conducirse y ser por tiempo indefinido, sin la presencia de los seres humanos.

La palabra fue acuñada por el ingeniero checo Karel Capek en 1920 para su obra de teatro de ciencia ficción Rossum’s Universal Robots. El término hace referencia al trabajo esclavo y en la obra los robots hacen de obreros que terminan en un alzamiento.

Así que la premisa de Terminator o Galáctica tal vez no era tan original como muchos adolescentes ochenteros llegamos a creer. La misma María de Metrópolis, azuzada por su creador, inicia una revuelta que la lleva a terminar fundida en una pira. El miedo a una rebelión robótica parece ser casi tan antiguo como las lavadoras.

Sin descartar que hasta ahora los temores a una asonada de lavadoras automáticas pudieran ser poco probables y hasta exagerados, el siglo XXI inició con robots matando gente. En 2002 un drone semiautónomo detectó un grupo de “sospechosos” milicianos de Al-Qaeda en Irak y literalmente los vaporizó con varios misiles. Para “fortuna de todos” la decisión de atacar al convoy enemigo fue tomada por seres humanos… a diez mil kilómetros de distancia. Precisamente el retraso en la señal debido a la distancia es uno de los alicientes para lograr la plena autonomía de los robots militares. Imaginemos el retraso durante una entrevista con un corresponsal en el lado opuesto del mundo. Ese tiempo puede ser fundamental en una batalla. En este caso, plena autonomía significa que el robot pueda tomar decisiones. Eso significa Inteligencia Artificial (IA) de acuerdo con el creador del término, John McCarthy. Se busca que una vez activado el robot pueda seleccionar y destruir blancos sin requerir de una supervisión humana.

El Comité Internacional de la Cruz Roja se ha preguntado durante su participación en esta conferencia si es moralmente aceptable que una máquina tome decisiones de vida o muerte. El camino a esta conferencia ha sido largo. En 2011, académicos británicos publicaron varias directrices para los diseñadores de robots con IA, entre ellas no diseñar robots exclusivamente para matar humanos y que siempre hubiera un responsable de cada robot. Una especie de versión real de las leyes de la robótica de Issac Asimov que se pueden ver en Yo, Robot con Will Smith, adaptación al cine de una novela de Roger McBride.

En 2013 Christof Heyns relator especial de las Naciones Unidas para las Ejecuciones Extrajudiciales propuso una moratoria mundial sobre los robots militares autónomos y precisamente hoy en Ginebra, se realiza la Segunda Conferencia sobre Armas Letales Plenamente Autónomas.

Si las conversaciones de estos días en Ginebra tienen el mismo éxito de las negociaciones sobre el cambio climático, pronto se hará realidad el absurdo diálogo de la película de Terry Gilliam, El Barón de Munchausen, donde éste se horroriza ante un arma capaz de destruir a miles de personas a distancia apretando un botón y sin el horror de ver sus muertes. Munchausen se sorprende y pregunta: “¿Bueno y entonces, en dónde está la diversión?”

Y es que también hay algo inmoral en no ver la muerte que causamos sin contar que puede facilitar el hecho de llevarlo a cabo.

En el mismo sentido el Departamento de Defensa de los Estados Unidos se pronunció en 2012 indicando que todo empleo de robots militares deben “tener un apropiado nivel de discernimiento humano en el uso de la fuerza.” Pero del dicho al hecho hay mucho trecho y la prueba es la colaboración entre el Ejército Norteamericano y Boston Dynamics. Esta compañía lleva años desarrollando robots de uso militar cada vez más autónomos. Por cierto que Boston Dynamics es una de las compañías de investigación en robótica e IA recientemente comprada por Google. Es claro que Google está invirtiendo en el desarrollo de robots militares capaces de tomar la decisión de matar a alguien.

¿Hasta dónde puede tomar una decisión una máquina?  En 2007 Noel Sharkey, profesor de inteligencia artificial de la Universidad de Sheffield, escribió en un periódico británico que “estamos delegando la decisión de matar humanos a máquinas que no son mucho más brillantes de lo que llamaríamos idiota.” No más que una lavadora. Una lavadora a la que no podemos enjuiciar tras un error o un abuso como en el caso de un humano.


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