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amor

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Lo que el dinero no puede comprar: modales, ética, respeto y sentido común

“Salud, dinero y amor” es una frase muy común que escuchamos decir a la gente y que es un deseo o meta del ser humano que se esfuerza por lograr. Con dinero puedes comprar todas las cosas materiales que deseas, inclusive una educación que te va a forjar como un buen profesional. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar. Empezaré por mencionar algunos aspectos o rasgos de la personalidad que solo se obtiene principalmente en el seno familiar.

Modales, son el conjunto de expresiones, gestos y actitudes que una persona utiliza para comportarse en público. Demuestran la calidad humana ante los demás y cómo influyen en una buena convivencia con ellos.

 Ética tiene su origen en el griego, proviene del vocablo “ethikos” que significa carácter.  La ética es la rama de la filosofía que estudia la conducta humana donde nos dice lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, el buen vivir, la virtud, la felicidad y el deber. Reflexión de la moralidad de manera crítica que tiene que ver con las actitudes (acciones)  del individuo.

Respeto es uno de los valores primordiales del ser humano que debe tener presente  a la hora de actuar con personas de su entorno. Es el reconocimiento al derecho ajeno, es una condición para vivir en paz y tranquilidad. Acepta y comprende las maneras de pensar y actuar distintas a las de ellas. Garantiza la convivencia entre los miembros de la sociedad. Es la libertad de acción de cada quien,  termina cuando empieza la del otro, en  la interrelación con otros, con amigos, familia y compañeros ante una misma situación donde cada quien tiene su punto de vista.

Sentido común nos ayuda a saber qué actitud mostrar ante cualquier situación. Por sentido común se hace o se dejan de hacer muchas cosas, ya que describe las creencias o proposiciones que se alimentan por la sociedad según su cultura, familia, pueblo y nación.

Estas características del ser humanos están en su naturaleza, son aspectos intrínsecos que se desarrollan por experiencias de manera individual o familiar,  son únicas en la personas y afloran el verdadero valor humano y que la sociedad necesita para un buen vivir. Por eso es necesario fomentarlas y traspasarlas a las generaciones futuras si cada persona en su entorno se aplica,  para tener una sociedad integral y por consecuencia un mejor país.   

 

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Miércoles, 31 de Julio 2019 - 13:05
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Miércoles, 31 de Julio 2019 - 15:20
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Jueves, 01 de Agosto 2019 - 04:20
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Cuento para Cecilia

Abril de 1993.

En ese momento, ignoraba si los celadores del conjuro maléfico, habían complicado su estrategia aún más; si para rematar sus acciones, habrían enviado ya a alguien que pudiera robarle su corazón.

  Si pudiera yo volver a los prunos…

Para poderse dar ánimos, dejo volar su mente hacia el instante preciso en que la dicha pareció sonreírle por primera vez en su vida sobre el planeta.

Cecilia se lo había recordado en las letras de marzo:

“Te sientes como nunca antes; tienes lo que nunca antes; todo lo que necesitas. ¿No es así?

-        El hijo que posiblemente llevas en ti,

No es parte de conjuros ni espejismos;

El ya nació en tu idea y en mi sueño/

-        Al aceptarme en ti, surgió su vida.

-        No le impidas que llegue.

-        Lo deseo con el alma/

-        No importa si lo tengo tomado de mi mano,

O si simplemente me permites soñar con él,

-        Acercándome a traves de los arboles

O detrás de los riscos.

-        Acepto ser la altura lejana de su cometa

Cuando sostenga con un cordón

Sus juegos y sus fantasías.

-        Si tú me amas (continuaría)

Y el precio de que me ames, es soñarte;

(Soñarte solamente)

-        Y si para soñarte necesito alejarme de esta vida,

Estoy dispuesto a hacerlo.

-        Solamente me quedan dos caminos:

(Y en ninguno de los dos puedo ser censurado sin misericordia).

-        Si tú, mi amor, eres en verdad la compañera (tanto tiempo silenciosa)

Con la que estuve desde mi infancia ya lejana/

(Esa infancia que todavía me espera)

-        Sabrás perdonar que hoy, este tan confundido como tú.

No tomaras a mal que te haya sospechado

Como parte de la estratagema y del conjuro;

-        De esa persecución que nos acosa.

-        Si finalmente nos encontramos aquí

Habremos terminado con el hechizo

Y seguiremos nuestro camino.

Podremos por fin, envejecer juntos (esta vez)

-        Por una vez

-        Entre todas las dimensiones y tiempos suspendidos.

Si por el contrario

No eres quien yo buscaba originalmente

Te amo lo mismo/

Porque tu ilusión

Tu espejismo

Ha generado en mi vida, actos de valor y decisión

Que no había intentado nunca antes.

-        El acto supremo de amor

Que ante tu “espejismo” querría realizar

Es precisamente, arrebatarte del dominio

De ese bando contrario del nuestro

Para llevarte donde los sueños ocurren en la luz.

-        Solamente si tú me rechazas por ambos caminos

Tendré que llevarme tus palabras

Grabadas en la mente

Puesto que aquí se quedarían contigo

Tus palabras; tus letras en papel

Las que dijiste en marzo

Para que así  evitemos un encuentro futuro.

-        Si hoy te devuelvo tus palabras de marzo

Que en tu ausencia serian tus vestigios

Y como vestigios, puentes;

No habrá conexión que nos mantenga unidos

Al menos no con la fuerza suficiente

Que pueda hacer factible coincidir de nuevo.

Yo envejeceré (entonces)

Mucho más rápidamente que tu/

Y moriré en el sitio que he escogido

Para dejar el mundo.

-        Envejeceré recordándote en silencio

Sin intentar buscarte nuevamente/

Nunca hablare de ti/

Alguna sonrisa (tal vez) escapara a mis labios

Cuando evoque tu cabello o tu mirada.

Cuando sienta tus manos en mi pecho

Mi cuerpo estará tenso, pero solo.

-        Lamentaré, si no eres quien buscaba,

No haber sido capaz de transformarte

O de arrebatarte al bando del conjuro

Que habrá segado el amor en mi horizonte.

Moriré de soledad y de sequía/

Me dejare morir

Porque en este final de mi verano

No deseo realidades ni espejismos

Diferentes de ti.

 

-        Roto el cordón astral que nos ha unido

No habrá en todo el universo una manera

De que nos volvamos a encontrar.

Se confirmara entonces, como una profecía

Esa carta de marzo

Y yo,

-        Vagaré  extraviado eternamente.

     ___________________________

Acapulco,  verano de 1993.

Fecha: 
Miércoles, 26 de Junio 2019 - 13:25
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Miércoles, 26 de Junio 2019 - 15:40
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Jueves, 27 de Junio 2019 - 04:40
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Lo que fuimos o el amor es la más egoísta de las palabras

El mes de mayo tiene la particularidad de que las salas de cine tienen un descanso de las producciones de superhéroes y blockbusters que la inundan durante la semana de pascua y el verano. Aunado a la sequía que ha sufrido la ciudad (sumado a esto la contingencia, el calor excesivo y los incendios forestales), parecería que fílmicamente ocurre algo similar, pero de pronto, en el desierto que es la cartelera, uno se puede encontrar una de esas breves lluvias que refrescan el cerebro y que son fáciles de analizar porque, en primera, no tienen una base de fans maníacos detrás de ella, que te reclaman por criticar sus “pelis” como si fueran cine de arte y sin embargo, piden que les entreguen premios como si fueran llanamente algo parecido a una película, puedes hablar tranquilamente sin tener que quedar bien o mal con nadie. Tal es el caso de Lo que fuimos (What They Had, 2018) de la debutante Elizabeth Chomko.

La historia está basada en los recuerdos de la actriz y guionista Chomko, aunque no es biográfica, y narra lo que ocurre cuando una mujer con alzhéimer se escapa. Su hija, que vive en Los Ángeles, regresa a la casa paterna para ayudar en la búsqueda y descubre que las cosas ya no son como ella pensaba, además que le servirá de autodescubrimiento y reforzará sus lazos familiares.

En principio podría parecer un melodrama de esos que ayudan a enriquecerse a las fábricas de pañuelos desechables, pero en el fondo es más cercana a cintas como Manchester by the Sea (2016, Kenneth Lonergan) o The Good Girl (2002, Miguel Arteta), es decir, es de esos trabajos de bajo presupuesto, interpretado por celebridades cansadas de los filmes millonarios, que aceptan trabajar por el mínimo para poder hacer lo que aprendieron en la escuela, es decir, actuar.

En este sentido, el trabajo está encabezado por una muy eficiente Hilary Swank, como la hija cocinera, adicta a la vida saludable; seguido de un sorprendente Michael Shannon, que demuestra que hay vida después del cine de superhéroes, interpretando aquí a su desesperado hermano que ha dedicado los últimos años en cuidar a sus ancianos padres; y una destacable Taissa Farmiga, como la hija de Swank, que no sabe qué hacer con su vida. Los veteranos Blythe Danner y Robert Forster dan vida a los padres de esta peculiar familia, con la solvencia característica de los histriones de la vieja escuela.

Técnicamente es muy correcta sin ser sorprendente, su guión está lleno de frases que evocan metáforas e imágenes que podrían parecer un tanto forzadas (- “Ya habías dejado de fumar, ¿qué pasó?” –“La vida, eso fue lo que pasó”) y sin embargo, debido al oficio de los 5 intérpretes, no se sienten ridículas ni rebuscadas. Un detalle muy importante es que toda la producción está plagada de detalles que de alguna manera remiten a los sentimientos de los personajes, algunos de forma muy torpe – como al anciano padre le llamaban de cariño “pavito”, al final, aparece en el camino un pavo de forma muy buñuelesca y que podría significar que el espíritu del difunto está por ahí o simplemente, que su hija lo recordó al ver al animal. Sin embargo, en conjunto es uno de esas obras que te dejan pensando y como no llega al sentimentalismo burdo acostumbrado en este tipo de filmes, la sensación de incomodidad o nudo en la garganta te puede acompañar por horas.

Si uno busca un mensaje en este filme, ese sería que el amor es confundido con el egoísmo y el compromiso con posesión. Mientras el padre está empecinado en que su mujer enferma se quede en casa con él, a pesar de ser cardiaco, porque su compromiso ante el altar es cuidarla en las buenas y en las malas, su hijo, agotado física y emocionalmente por estar al pendiente de ellos, quiere recluirla en un geriátrico. El primero parecería ser el que más ama, el que entrega amor y compromiso, mientras el segundo es el egoísta, el que sólo piensa en su bien, por eso llamó a su hermana porque sólo ella puede convencer a su terco papá. Sin embargo, al correr el filme, nos damos cuenta que los roles están invertidos, que el que ama en realidad está siendo el egoísta al no dejar ir a su ser querido a pesar de que no tiene la fuerza suficiente para cuidarlo y sabiendo que pronto será un desconocido por la enfermedad de su amada. El hijo es el que piensa todo desde su desesperación y es quizá el que mejor entiende el significado del compromiso, el amor incondicional que no por eso deja fuera la razón. Del mismo modo, cada uno de los personajes descubre que el amor significa dejar partir a quien amas si por cualquier causa ya no puede estar contigo, que el amor significa también hacer sacrificios.

Una película compleja, divertida, emotiva y que sin duda, es como la lluvia del miércoles en la CDMX: Incómoda pero necesaria.

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Fecha: 
Viernes, 17 de Mayo 2019 - 13:15
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Viernes, 17 de Mayo 2019 - 15:30
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Sábado, 18 de Mayo 2019 - 04:30
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Cartas a Tora CIV

Querida Tora:

            Un sábado llegó a la vecindad un individuo a presentar un espectáculo, con el fin de recoger algunos pesos para mantenerse. Al principio, nadie le hizo caso; pero su cháchara logró interesar a algunos vecinos, y al final fueron en montón a ver lo que presentaba, aunque no les había dicho de qué se trataba.

            Pidió que le permitieran pasar al baño más grande de la vecindad, para que cupiera el mayor número posible de personas, porque sólo lo podía presentar una vez; para la segunda función tendrían que esperar varias horas, y tal vez hasta el día siguiente. Como no hay ningún baño grande en las viviendas, en los baños comunes quitaron algunas paredes (son de madera, y luego se pueden volver a poner), y cupieron casi todos. Cuando quedó listo el escenario, sacó de una caja una gallina colorada, y la presentó como La Gran Chucha. ¿Y qué iba a  hacer la Gran Chucha? Cuando el hombre sacó una armónica y tocó una melodía alegre y bonita, la Gran Chucha se subió a… a un mueble que usan los humanos para hacer sus necesidades (busca en la enciclopedia,  si no sabes de qué se trata), y  depositó en él una determinada cantidad de… Ya te imaginas de qué, ¿no? Pero de gallina, por supuesto. Los vecinos aplaudieron, pero con pocas ganas. Pero entonces, el hombre tocó en la armónica una marcha muy brillante, muy apantalladora (esa es la palabra justa). Entonces, Chucha saltó a la manija del aparato, se posó en ella e hizo fluir el agua. Eso arrancó una salva estruendosa de aplausos, y hasta algunos “¡Vivas!”.

            Todos le dieron algo de dinero, y le preguntaron cómo había hecho para entrenar a la gallina, y todo lo que él respondió fue “Con paciencia y amor”. Varias señoras se fueron a sus viviendas dando coscorrones a sus hijos y diciéndoles que parecía mentira que una gallina, que seguro es estúpida, fuera capaz de aprender lo que ellos no lograban dominar.

            Pero lo peor fue la del 34, que empezó a llorar y a recriminar a su marido por lo mismo. Y ya es un hombre hecho y derecho. A él le dió mucho coraje que se lo dijera delante de los otros señores, y hasta la dió una patada. Pero la señora siguió y siguió y siguió. A los tres días, el señor le dijo que si no le gustaba, que se fuera.

            La señora se fue. Pero no muy lejos, nada más hasta el 37, donde vive su hermana. Al día siguiente, el señor la fue a buscar, y le dijo que ni él ni sus hijos tenían nada que comer. La señora fue a su vivienda, les hizo chilaquiles y se regresó al 37. Así estuvieron varios días, hasta que él se quejó de que los chilaquiles ni siquiera picaban. Ella le dijo que si quería chile, que lo comprara. El, muy digno, se fue a un tianguis (Diccionario, por favor); pero no se fijó, y le vendieron unos de plástico. Muy grandes, muy parejitos y muy verdes, pero de plástico; y cuando los echó a los chilaquiles no pudo comer nada, y hubo que tirarlos.  Esa noche, todos (incluyéndolo a él) lloraban de hambre.

            Y allá fue el señor a buscar a la señora otra vez. Estuvieron hablado toda la noche. Y a la madrugada se regresó ella al 34. Desde entonces, todas las noches se oye una armónica en el 34 que toca la marcha esa tan brillante y tan apantalladora. Algunos se ríen pero otros (sobre todo las viejas) se conmueven por el valor de la señora y por el amor que el señor le tiene, que hasta en eso tuvo que transigir.

            Yo quisiera aprender a tocar la armónica, a ver si logro tocar esa marcha para que los gatos de la azotea y los ratones que corretean por aquí se vuelven como La Gran Chucha de felices recuerdos porque la azotea es una verdadera porquería. Pero no encuentro a nadie que tenga el menor talento musical.

Te quiere

Cocatú

           

Fecha: 
Viernes, 04 de Enero 2019 - 15:15
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Viernes, 04 de Enero 2019 - 17:30
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Sábado, 05 de Enero 2019 - 06:30
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Tres amigas: Historias de un crucero de fiestas de Fin de Año

Silvana siempre fue una muchacha emprendedora, entusiasta, práctica. Muy amiga de sus amigas. Con pocas relaciones amorosas, nunca le fue demasiado bien con los hombres. A pesar de ser bonita, de cabellos castaños, ojos verdes, alta, elegante. De buenos gustos para vestirse, para elegir sus perfumes, para comer.

   Al cumplir sus treinta años, se prometió realizar un viaje de placer y lujo. Empezó a deambular por agencias, hasta que la entusiasmó un crucero en una fastuosa turbonave italiana. Se realizaba entre el 23 de diciembre y el 7 de enero, hacia el norte de Brasil. Una experiencia tan distinta para celebrar las tradicionales fiestas la fascinó.

   Habló con su amiga Elsie, cuatro años mayor que ella, antropóloga y, viviendo en una provincia de inmensos campos dorados de trigo y maíz, era lógico que se dedicara a la docencia y no a la antropología. Daba Historia en dos facultades de la Universidad Nacional de Rosario. De familia muy acomodada, finos modales, exquisitos gestos, morocha de cortos y oscuros cabellos y rasgados ojos de profunda mirada negra. Muy alta. Elsie prontamente se entusiasmó con el viaje.

   Juntas decidieron invitarla a Liliana, maestra jardinera en la misma escuela de Silvana, muy pequeña y movediza, rubia de ojos pardos, de la misma edad que Silvana. Más bohemia, más libre, con menos ataduras, siempre risueña.

   A pesar de algunas oposiciones familiares por la fecha especial del viaje, lo contrataron.

   Felices, viajaron a Buenos Aires, desde cuyo Puerto zarpaba la nave.

   Enormes valijas llenas de sueños, expectativas, deseos, vestidos y soleras largos de noche, mallas para las piscinas, conjuntos deportivos para las excursiones y para los juegos en los puentes del crucero. Muchas risas, buena onda y ganas de pasarla bien.

   La primera escala fue en Montevideo. Juntas recorrieron la ciudad y trataron de captar en el escaso tiempo de diez horas, su idiosincrasia y su vida.

   Emprendieron luego la navegación hacia Porto Alegre, donde hicieron otra escala y visitaron Sao Paulo y Guaruyá. Una magnífica experiencia en medio de montañas, exuberante vegetación y cálido mar. Almorzaron en un distinguido hotel en el piso 32 desde observaron esa populosa e impactante ciudad. Comieron cocos en la playa, tomaron tragos en un hermoso bar.

   Todo era alegría y felicidad.

   Como es clásico en estos cruceros, los oficiales abordo trataban de acercarse para lograr amistades, pero ellas preferían sus soledades seguras de mujeres atractivas.

   En Porto Alegre subieron al barco muchos brasileros atraídos por el encanto del norte de su país.

  Todo se inundó de su ritmo, su algarabía, su color. Capaces de disfrutar de los máximos placeres y de hacer música hasta con una cajita de fósforos.

   Era el 24 de diciembre. En alta mar se celebró la Misa del Gallo y el advenimiento de la Navidad en los comedores y los salones. Besos, saludos, bailes. Champagne y pan dulce –panetone- de distintas variedades italianas.

   Edson, un casi mulato, festivo, atractivo, se copó con Liliana. La seguía, la perseguía, intentaba besarla por Navidad todo el tiempo, la empujaba a bailar con él. Liliana se dejó llevar por su fuerza y se divirtieron hasta la madrugada. Silvana y Elsie gozaron con sus ocurrencias y todo fue una algarabía de víspera de Navidad.

   El 25 llovió todo el día. El paisaje era sólo una sinfonía de grises, gris el mar, gris el cielo, gris el horizonte infinito en una línea sin forma ni medida.

   Elsie aprovechó a leer uno de los numerosos libros que había llevado, Silvana se apoltronó en una magnífica silla de uno de los fastuosos salones y mientras observaba por el amplio ventanal la monótona sinfonía de grises, escribía sus vivencias como era su costumbre de viajera. Liliana consolidaba su amistad con Edson y empezaban sus primeros arrumacos.

   A la tardecita, todo el gris se corrió y fue una explosión de colores. Acodadas en la baranda de la nave pudieron deleitarse con los cientos de arcoíris que se formaban en cada una de las olas que el barco potenciaba en su derrotero. Al rato apareció Edson, y el amor estalló con Liliana como las iridiscencias en las olas.

   En la velada nocturna la pasaron muy bien los cuatro. Seguían las burbujas del champagne y los saludos por la Navidad.

   La próxima escala fue Río de Janeiro. Las tres amigas aprovecharon para hacer excursiones, nadar en Ipanema, subir al Cristo… toda la religiosidad turística de Río. Edson prefirió quedarse en la piscina del barco y así las tres amigas pudieron disfrutarse.

   La salida desde Río fue una visión maravillosa, majestuosa ciudad achicándose en una inmensidad de mar y atardecer.

   Al día siguiente, la escala fue en Angas do Reis. Llovía tenuemente. Las tres amigas, bajo un paraguas, recorrieron la pequeña población, suspendida en el encanto colonial. Prodigiosos verdes, rojos y amarillos en su abundante vegetación, casas y castillos coloniales portugueses, callejas de piedra, mar. Para sentir más el encanto del lugar, cantaban a viva voz zambas argentinas. La engañera… Zamba de mi esperanza… quedaron flotando en aquella irrealidad. En lancha fueron a nadar hacia una pequeña isla. Ahí Edson la esperaba a Liliana y, colocándole una orquídea natural en sus cabellos que había cortado en la isla, se hicieron una promesa de amor. Todos festejaron.

   El barco emprendió el viaje hacia Bahía, el destino más ansiado. En los dos días de navegación, uno de los oficiales, Carlo, le hizo la corte a Elsie; otro, Vittorio, que oficiaba de maitre, a Silvana. Carlo era de rasgos delicados, de tez blanca, ojos grises, mediana estatura y mediana contextura física. Elsie sólo le aceptaba compartir una bebida, una charla y alguno que otro baile. Vittorio era muy alto, muy elegante, demasiado fuerte, demasiado vigoroso, muy morocho, de profunda mirada negra y de impecable ropa blanca. A Silvana la perturbaba mucho, por eso nunca le aceptó ni siquiera una copa.

   Bahía fue un destino magnífico, que pudieron compartir las tres amigas con Edson y Carlo. Paseos, baños en el mar, visitas a museos. Extravagante ciudad en dos niveles, que se salvan por enormes ascensores o un rústico trencito de montaña.

   Al atardecer del 31, el barco zarpó de Puerto. En medio de la mar, en la soledad de cielos y agua, se celebró el Año Nuevo. Fuegos artificiales duplicándose en las aguas, ulular de sirenas replicándose en otra nave allá a lo lejos, saludos, deseos, brindis, abrazos. Cuando Vittorio se acercó a saludarla, a Silvana le corrió un escalofrío y lo rechazó rápidamente. El miedo se apoderó de ella, sentía que él representaba un peligro muy grande, no lo quería correr. Al llegar de vuelta al camarote, la esperaba un obsequio: un exquisito perfume Dior, de sabor bien ácido como era su gusto y con una tarjeta de buen augurio escrita en italiano firmada por Vittorio. Hubiera querido que eso no pasase, volvió a sentir miedo. Mientras tanto Elsie disfrutaba de las galanterías de Carlo y Liliana del amor de Edson.

   Los siguientes fueron tranquilos días de navegación. En Río, Edson dejó el crucero. Se despidieron con lágrimas y promesas de reencuentro.

   El día siguiente, 5 de enero, noche de Reyes, las tres amigas regresaron a su camarote luego de los festejos en el Comedor y los salones. Una sorpresa las esperaba en la puerta: una enorme bota navideña, llena de golosinas y carbón. Rieron, se interrogaron sobre su significado, saborearon sus golosinas.

   Al día siguiente, Carlo les explicó que las golosinas eran el obsequio por sus buenas acciones y el carbón lo había colocado Vittorio en señal de la mala conducta de Silvana. Ella sonrió y sintió que sus barreras se derribaban. Por la noche Vittorio la agasajó, la cortejó, la envolvió en su seducción y Silvana lo aceptó. Fueron a su camarote e hicieron el amor. Fueron sólo dos horas de intensidad, requiebres, furia. Los dos sabían que era sólo ese momento y lo vivieron con toda la fuerza de sus años jóvenes y sus deseos tantos días escondidos.

   La mañana siguiente, 7 de enero, era el desayuno de despedida. Entre tortas exquisitas, frutos tropicales y buena música, el salón comedor era una excitación y una algarabía. Vittorio se acercó a Silvana, le regaló una arrogante rosa amarilla y le dijo al oído:

   –No nos olvidaremos…

   Silvana tembló, sabía que sería cierto. Pero sabía también que ese principio era un final.

   Elsie se despidió de su oficial con sonrisas y agradecimiento por los buenos momentos vividos y Liliana se abrazaba al muñeco bahiano que Edson le había regalado con la promesa de visitarla en Argentina.

Dos años después…

   La iglesia de la pequeña ciudad es una fiesta.

   Elsie, con su esposo, decano de una de las facultades en la que trabaja, está espléndida, con su vestido de noche, sus ojos almendrados profundos, su sonrisa simpática. Ese viaje por las cálidas aguas brasileras y las atenciones de Carlo, le habían dado seguridad. Por eso al regreso supo desplegar sus encantos para comenzar su relación con este compañero de trabajo que siempre le había atraído y que finalmente se convirtió en su esposo.

   En el altar, Edson con su traje blanco, su sonrisa franca, su felicidad, junto a su madre, espera a la novia. Liliana, que eligió para la boda un espléndido traje de encaje color champagne, sobrio, recto, que aviva su figura, está en viaje en el automóvil descapotable rumbo a la iglesia.

   Silvana llega con su padre. Baja del auto, se acomoda su sobrio vestido color orquídea. En un mecánico gesto, como tratando de eliminar pensamientos negativos y dudas, se acomoda el cabello que luce impecable en un recogido. Toma de la mano a su niña, de un poco más de un año, de profunda mirada oscura y cabello renegrido, que, vestida de blanco como una princesa, será la que lleve los anillos al altar. Se llama Victoria. Sí, es la hija de aquellas dos horas de amor. Es la niña que lleva la estampa de su padre, sus mismos ojos, su cabello y su nombre. Pero que no conocerá el amor de papá, ni sus caricias, ni su apellido.

   Por eso Silvana, ante cada Navidad, fiestas de Fin de Año y de los Reyes Magos, reproduce aquellos mismos temblores frente a una bota roja cargada de regalos.

   Es Victoria el regalo de una noche de Reyes, allá en alta mar, en las cálidas aguas de un azul intenso.

Autor:

Fecha: 
Martes, 18 de Diciembre 2018 - 16:30
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Fecha B: 
Martes, 18 de Diciembre 2018 - 18:45
Fecha C: 
Miércoles, 19 de Diciembre 2018 - 07:45