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Meade de caballo negro, al que alcanza gana

Martes, 18 de Octubre 2016 - 16:30

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Guillermo Vázquez Handall

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La designación de José Antonio Meade para ocupar por segunda vez la titularidad de la Secretaría de Hacienda Federal, después de la renuncia de Luis Videgaray, no sólo implica una sustitución influenciada por el aspecto técnico de la posición como tal, sino que mueve todo el escenario político priista.

Si bien es cierto que Meade Kuribreña es un experto ampliamente reconocido en la materia y por mucho el funcionario público más valorado positivamente por sus capacidades, no es casualidad que ésta sea la quinta vez que ocupa una secretaría de estado.

La coyuntura tiene que ver más con la posibilidad de ser candidato presidencial que de lo que pueda lograr en su desempeño en Hacienda, del cual por supuesto se esperan saldos efectivos.  

Este movimiento, en vez de descartarlo, consolida su inclusión en el proceso por la nominación priista, aunque esa dependencia no es precisamente la más bondadosa en función de la búsqueda de simpatías populares.

Sin embargo, Meade no necesita regalar despensas, recorrer el país para entregar apoyos y saludar amablemente a las personas congregadas en los eventos para tal efecto. Con el simple hecho de cumplir adecuadamente su función, de lo cual no se duda por sus antecedentes y experiencia, se consolida como un especialista en resolver problemas.

Se garantiza una imagen de eficiencia, que adicionalmente a su perfil, su talante afable y mesurado, sin afectaciones ni arrogancia, lo convierten en un producto electoral con una gran capacidad de crecimiento.

Ese es un argumento que desde mucho tiempo atrás hemos sostenido y que es factor de su principal fortaleza: con todo y que hoy la medición de su popularidad parece escasa, eso es algo que se puede modificar exitosamente.

A Meade nunca se le ha involucrado en ningún tipo de escándalo, ni personal, ni de corrupción, ni siquiera ha sido señalado por errores en su desempeño público, por el contrario.

Tiene pues una imagen limpia, esa pulcritud que lo diferencia de muchos de sus compañeros de gabinete o gobernadores priistas, ni que decir de los precandidatos de los otros partidos sin distingo. Es un valor y factor potencialmente muy explotable en la competencia electoral.

Sin dejar de lado que los panistas, llegado el momento, no podrán criticarlo y no nada más porque sostiene una extraordinaria relación con muchos de sus dirigentes, sino porque fungió de manera destacada como secretario de Energía y Hacienda, en la administración de Felipe Calderón. 

Con los recientes cambios en el gabinete del presidente Peña Nieto pareciera que la disputa por la postulación priista por la candidatura presidencial se ha reducido considerablemente.

Básicamente a sólo dos visibles: Meade y el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, y quizá un tercero que podría ser un gobernador, como Eruviel Ávila, por ejemplo, aunque estos últimos han llegado ya a su tope y difícilmente podrán crecer más, incluso por el desgaste y el tiempo lo más seguro es que muy pronto empiecen a sufrir un declive, una espiral que a estas alturas es irreversible.

En contraste, José Antonio Meade tiene a su favor que esa circunstancia en su caso es inversa, es un tema de proyección y si en alguna ocasión comentamos que él podría ser el caballo negro, exponiendo materialmente los mismos argumentos que en esta oportunidad, ahora usando la misma analogía, habría que decir que caballo que alcanza gana.

De hecho y a raíz de una columna publicada hace ya varios meses, después de su arribo a la Sedesol, sin que ello quiera pretender ser una encuesta y en la interacción cotidiana con todo tipo de personajes, de muy diversos sectores y regiones del país, hemos podido encontrar plena coincidencia.

Sin ningún afán militante, esa publicación de mayo de este año tuvo un muy alto nivel de interacción en redes sociales: fue compartida más de cinco mil veces, compartir tiene una connotación que supone concordancia.

Aunque estos datos no puedan ser un parámetro concluyente, tanto por su margen como por la falta de una metodología para aplicar un criterio técnico, desde un punto de vista riguroso, no se puede negar que suponen una cierta tendencia y que esta es por supuesto muy favorable.

De cualquier manera, es un antecedente más que sirve para establecer que la posición de José Antonio Meade, como eventual candidato a la presidencia de la República, ya no es sólo una simple conjetura.

Más allá de alguna teoría matemática, que luego en política termina por ser recontraproducente, lo que importa es que quien tiene la responsabilidad de analizar y encauzar ese propósito, llegado el momento de tomar la decisión, seguramente está valorando estos mismos conceptos con empatía, con la misma perspectiva.

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Número 10 - septiembre 2017
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