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EcheverriAMLO

Jueves, 20 de Abril 2017 - 15:00

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Fernando Amerlinck

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Persigue a México una recurrente pesadilla: el ominoso regreso del dios Tezcatlipoca y su espejo humeante de negra obsidiana, que refleja y prefigura todos los males.

Eran enemigos Tezcatlipoca y Quetzalcóatl. Alguna vez se le pasaron a éste las copas y el malvado Tezcatlipoca lo hizo mirarse en su espejo negro; por vergüenza se fue del mundo y dejó a Tezcatlipoca en el poder. ¿Sigue allí…?

Nunca recuerdo tal aversión (que comparto) contra la clase política. El PAN no cambió en sus dos sexenios las viejas prácticas abusivas del poder. El PRI menos; y qué bien las siguen sus pupilos, PRD y adláteres (el Verde el peor de todos). Los votantes quieren desquitarse al grito de ¡que se vayan todos! La alternativa…

Vamos a ver. En la historia reciente un sembrador del odio de clases alimentó complejos, rencores y ansias de desquite. No reconoció más poder que el suyo: el servidor público, por llamarse así, sirve al público. Odiaba a los empresarios. Típico nacional-revolucionario a la antigua usanza. Se decía juarista y se alió con los peores líderes sindicales para hacer huelgas destructivas (Ródex, ejemplo) y destruyó Fundidora Monterrey. Y como Juárez, quiso reelegirse: recuerdo a Fidel Velázquez en televisión pidiendo que el presidente Echeverría siguiera sirviendo a la patria. No pudo; nadie reelige al autor del primer gran pánico financiero en una generación o al que prohijó una cadena de secuestros y crímenes que no para hasta hoy.

El último año de ese sexenio fue de angustia: un golpe brutal al periódico libre Excélsior, una devaluación catastrófica, expropiaciones de tierras sin ton ni son, prohibición total de importaciones: nadie sabía qué nueva locura se le iba a ocurrir a Echeverría en sus últimas horas. Y la esperanza (Quetzalcóatl López Portillo) pronto se transmutó en Tezcatlipoca.

Hoy vela sus armas otro López: regresa la condena del espejo negro.

Tras 18 años a trancas y barrancas en incesante, implacable, obsesiva campaña por el poder, se vende como redentor, salvador, esperanza, taumaturgo, adalid contra la corrupción. Se dice de “izquierda”. Se dice limpio, aunque siempre se rodee de impresentables. Dice que la mafia del poder “le robó la presidencia”; es víctima de todos, salvo de la nueva cargada e incondicionales (para él la opinión libre es traición).

Hoy muchos, aburridos de los hechos, prefieren promesas. Goza AMLO de un nivel de tolerancia que no tuvo en 2006, con gente dispuesta a aguantarle lo que no soportó entonces. Hoy no lo tiraría al piso el “cállate chachalaca” o “al diablo con sus instituciones” porque algunos ilusos del cambio le perdonarían sus pifias. No importa que Morena sea parte del odiado régimen político y use nuestros impuestos: no manda al diablo al dinero ni a su partido. Demasiados creen que no caerá en la odiosa delincuencia gubernamental, que genéricamente llaman corrupción. Se resisten a no creer en él. “No me quites la esperanza”, parecen decir los que quieren dar un voto de castigo a este horrendo sistema político y a su justicia cómplice.

Pero la desesperación no produce votos de castigo sino votos de autocastigo. No es recomendable aferrarse a un clavo ardiente por sentir una esperanza fútil, incongruente, corta, chata, que finalmente traerá un retroceso.

La “izquierda” de López añora la época del nacionalismo revolucionario pues todo lo peor de este país se ha hecho a partir del diablo mayor: Salinas. Esa “izquierda” se parece como dos gotas de agua a la “izquierda” antiempresarial de Echeverría. A su odio de clases, que en ese México no se había visto. A su aversión a los empresarios, salvo los que hoy lo acompañan buscando transas mercantilistas predeciblemente sucias. En su alianza con los peores sindicatos (quiere matar la reforma educativa y apoya a los delincuentes de la CNTE).

Revocación del mandato rima con prolongación del mandato. Si el pueblo lo quiere, ¿por qué aferrarse al tabú de la no reelección? Tres años de populismo, demagogia y arcas abiertas, serían suficiente para un Congreso a modo.

Esa “izquierda” nostálgica del idilio priista estatista cardenista echeverrista abjura de las tímidos avances de la libertad desde Salinas hasta Peña, y pretende cancelarlos. Lo mejor de Peña —sus reformas estructurales, salvo la fiscal, concesión sucia al PRD— se irá a la basura. Regresará el echeverrismo 4 décadas después y el cardenismo 80 años más tarde. Y aunque no lo diga, claro que conservará y ampliará la deforma fiscal de Peña. Pondrá impuestos al patrimonio y las herencias, por ejemplo; todo populista necesita el dinero de los “ricos”.

Confundirá a los de auténtica izquierda —amigos míos algunos— un “progresista” tan conservador, nostálgico del pasado, retardatario, enemigo de las causas de izquierda. AMLO es un priista antiguo y nunca ha dejado de serlo. Jamás cambia ni cambiará. Calificarlo de izquierda es como decir que soy astronauta musulmán; incorrecto llamarlo juarista si dice admirar a quien jamás habría aprobado a un caudillo estatista ni podría justificar ideas y prácticas contrarias al liberalismo, como las de López Obrador y Echeverría.

Juárez tampoco era un populista que prometiera duplicar pensiones a viejitos conculcando el derecho ajeno. Con dinero ajeno hasta yo sería generoso. (Tras criticar a Peña y el PRI por comprar votos, él hace igual al prometer dinero a los votantes.)

Corremos peligro. Es garrafal el daño que puede hacernos un presidente con el grado de poder que le concede un país con instituciones débiles y una Constitución de plastilina que no protege cabalmente los derechos individuales de propiedad. El perjuicio de un populista puede durar décadas. Seguimos sufriendo la debacle echeverrista: López Portillo la ahondó; de la Madrid, campeón de la inflación y la devaluación; Salinas hizo mucho (el TLC, por ejemplo) pero nos heredó un problemón financiero que Zedillo endosó al futuro, el Fobaproa, que nos sigue costando intereses y no han pagado ni diez pesos de capital.

No nos hacen falta caudillos ni echeverrismo populista, ni dioses como Quetzalcóatl o, peor, Tezcatlipoca. No cabe el “lujo” de otro sexenio perdido cuyo desastre perviva por 30 años. En 2018 podríamos tropezarnos oooootra vez con la misma piedra. Pero hay hoy una sociedad civil, una prensa libre y una consciencia política que no había en 1970. Hoy sí podemos hacer la hombrada de negar más populismo y no poner nuestra esperanza en un voto de autocastigo. México no tiene que repetir el hundimiento que comenzó en 1970 con Luis Echeverría.

La Revista

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Número 5 - Abril 2017
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