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Anaya rompe la alianza con el PRD

Martes, 31 de Enero 2017 - 16:30

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Guillermo Vázquez Handall

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El errático comportamiento de Ricardo Anaya, presidente nacional del PAN, confirma una vez más que en lugar de beneficiar a su partido, se ha convertido en su mayor perjuicio.

Anaya rompió las alianzas con el PRD en Coahuila y el Estado de México por incapacidad negociadora, por pretender asumir una posición de superioridad, cuando la situación le exigía flexibilidad y pragmatismo. 

En el momento político actual, sobre todo en el previo de la sucesión presidencial, la percepción es tan importante como los resultados. Disputar esas dos gubernaturas hoy en manos del PRI significa una oportunidad inigualable.

Más allá de la importancia individual que supondrían estos dos eventuales triunfos, la trascendencia de los mismos confirmarían la debacle priista y el fortalecimiento del PAN.

En términos conceptuales, al menos considerando que eso abonaría en la sensación general de que la competencia en el 2018 se circunscribiría a sólo dos contendientes, pero sin el apoyo perredista esa posibilidad se limita considerablemente.

Aunque las condiciones y realidades de Coahuila y el Estado de México sean distintas, la conformación del frente común, independientemente del tamaño de cada uno de los integrantes de esa alianza fallida, le hubiera otorgado a Acción Nacional un margen adicional para hacer diferencia.

Sin embargo, los errores de Ricardo Anaya no sólo corresponden al planteamiento de coalición, en el que además de exigir la facultad electiva de los candidatos, escogió unilateralmente opciones que independientemente de no convencer al bando perredista, no son las más viables para el propósito.

Claros y determinantes ejemplos de ello son las imposiciones de Guillermo Anaya como candidato a la gubernatura de Coahuila y de Josefina Vázquez Mota en el Estado de México.

A pesar de que en Coahuila el precandidato panista mejor posicionado en las preferencias, tanto internas como generales, era el senador con licencia Luis Fernando Salazar, en un acto de corte imperial impuso a Guillermo Anaya.

Aunque Salazar amagó inicialmente con dejar el PAN para competir bajo los colores naranja de Movimiento Ciudadano, finalmente declinó de abandonar al blanquiazul.

Sin embargo, su rechazo a la imposición de Anaya causó una fractura de tal magnitud en el panismo coahuilense, que aún permaneciendo en el partido el efecto negativo favorecerá una división, que eventualmente será aprovechada tanto por el PRI, como por el candidato independiente Sergio Guerrero.

Al PRI la pulverización de la votación le brinda una oportunidad con la que no contaba, ya que Guerrero representa la única alternativa real para acabar con el cacicazgo de la familia Moreira que ha permanecido en el poder durante 12 años.

Anaya desaprovechó una gran oportunidad señalada en el hecho de que el esperado voto de castigo en contra de la administración del gobernador Rubén Moreira significa un factor mucho más importante que la simpatía hacia el PAN.

La ausencia de pragmatismo fue todavía más notoria en el caso del Estado de México, no sólo porque la alianza con el PRD no cuajó, sino porque ahí también sus intereses impulsan un escenario de rompimiento.

Anaya está determinado a que la candidata a la gubernatura sea Josefina Vázquez Mota, desoyendo las voces de la estructura local que se ha manifestado a favor de que su abanderado sea una figura con trabajo político en la entidad.

Esa misma postura, fue la que dio al traste la negociación con la dirigencia perredista encabezada por Alejandra Barrales, quien puso sobre la mesa dos opciones y una condición.

Las alternativas eran la designación de un candidato de su partido, específicamente Alejandro Encinas o de un tercero, que fundamentalmente no debería ser militante de ninguno de los partidos, la condición era que no fuera Vázquez Mota.

Si bien es cierto que Alejandro Encinas rechazó la oferta, de cualquier forma aun aceptándola, Anaya no la hubiera consentido, su postura fue siempre inflexible.

A pesar de que se infiere que el gobernador priista Eruviel Ávila fue el gran promotor para que la coalición no se formara, mediante un acuerdo con los presidentes municipales del PRD, cuya elección de renovación no coincide con la de gobernador sino hasta el 2018, Alejandra Barrales tuvo un margen de maniobra que Anaya no respetó, que en términos de la realidad no supo o no quiso aprovechar, a cambio de imponer una voluntad que más que determinación, parece voluntarismo. 

Anaya está más preocupado y ocupado en establecer pactos para fortalecer su candidatura presidencial, que en dirigir a su partido, esa desconcentración traiciona los intereses electorales del mismo.

Sobre todo porque en unos días, al concluir su mandato en Puebla, Rafael Moreno Valle, iniciará lo que será una activa e intensa precampaña con el mismo objetivo y eso tiene muy nervioso a Ricardo Anaya.

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Número 6 - Mayo 2017
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