Un texto triste

– ¿Qué tienes?, – Psicosis...

12 de septiembre, 2017

– ¿Qué tienes?
– Psicosis
– Yo también. Te odio.
– Gracias.
– Probablemente tú también me odias a mí.

Es el diálogo de inicio que tiene January Schofield con su nueva compañera en la escuela para niños con esquizofrenia.

January nació viendo imágenes y escuchando voces. Creció rodeada de seres a los que ella llamaba con los nombres de los días de la semana o de números, “Siete” su gran temerario amigo. La dinámica en la familia Schofield tuvo que cambiar drásticamente cuando diagnostican a January con esquizofrenia extrema. Todas las decisiones se toman de acuerdo a las necesidades de la pequeña abandonando el entorno que se conoce como normal, sin posibilidades de educación, empleo o sociedad tradicionales.

En un país como Estados Unidos, que tiene los servicios médicos, atención y apoyo económico, es posible que personas como January y su familia puedan integrarse a otra forma de vida, una muy de ellos, una forma de vida protegida por los servicios y apoyos que ofrece el gobierno. Es cierto que, aun cuando los beneficios sociales, médicos y de educación están a disposición de todos, hay quienes no los quieren y son las personas que vemos todos los días en las calles.

Enfermedades como la esquizofrenia, vagan por las calles dentro de un cuerpo y un cerebro que funciona dirigido por fantasmas. Muchos de ellos sin saber su mal, sin haber sido diagnosticados andan deambulando en solitario porque nadie les puso atención, cuidó de ellos y peor, los echaron a la calle. En las calles de todo el mundo, la degradación del ser humano está presente y cada vez es más notoria su presencia.

Hace unos días, tuve que asistir a una actividad de un proyecto social y por ese rumbo, vi a una de tantas “Januarys” en Tijuana. Ella cubre su cuerpo con un trapo amarrado a la cintura y una cinta en su pecho. Un esqueleto sin dientes, sin zapatos y tiene ojos, solo que su mirada no existe. Le sonreí y le dije “hola”, ella ya no sabe sonreír. La vi caminar hacia un automóvil negro, empolvado, viejo, lleno de basura. Se acercó al hombre que estaba cerca del auto, gesticuló frente al que debió ser el dueño del armatoste sucio. El hombre le dijo que esperara haciendo una seña con su mano. Después, abrió la puerta trasera por donde salió un joven sin camisa, ella entró al auto y se sentó con la cabeza colgada hacia atrás.

La escena ya era inquietante. Y lo fue más cuando el hombre sacudió una liga y sacó una jeringa. Ese auto es un picadero ambulante y está estacionado junto a la estación de bomberos, atrás de una bombera descompuesta. Lo platiqué casi asustada con dos bomberos. “Es esquizofrénica y la abandonaron hace tiempo aquí” —dijo uno. “¿Alguien hace algo?” —pregunté. “No, ya no se puede”.

En un país como el nuestro, “Ya no se puede”, es la respuesta seca y contundente para muchos seres como ella. Es la única respuesta que tiene un ser abandonado, enfermo, adicto y fuera de sí.

El dueño del auto no es consumidor —dijo una persona que caminaba por ahí— él vende, aplica y cobra, y los adictos hacen línea de espera todas las mañanas y en las noches.

Los enfermos callejeros pueden perder la noción de muchas cosas, de su pasado, de su tiempo. Se pueden olvidar de su familia, algunos pierden el habla y viven desorientados, lo que no pierden, es la ubicación del lugar en donde les venden y les fían sus dosis de droga.

Cierto, todo parte de una familia, todos los problemas nacen en el seno familiar y cuando esa familia dice “ya no se puede” y los adictos y enfermos van a la calle, el problema ya es de los gobiernos, no de la gente, no de los ciudadanos, del gobierno.

Todo lo que existe en la vía pública es responsabilidad del gobierno para proteger emocional y físicamente a los que aún estamos cuerdos y nos esforzamos por ser sensatos y, el presupuesto que obtienen es para tratar, al menos tratar, de rescatar a las personas que no saben en dónde están.

El espectáculo de enfermos, uno tras otro en las calles, sobrepasa cualquier buena intención y nubla cualquier idea de solución, asusta. Asusta la dignidad y la empatía porque no se sabe quién les ordena desde su cerebro perdido y no se sabe cuándo, uno de ellos, está en punto desesperado y pueda agredir, robar o matar a alguien.

Mas adelante, me acerqué a los oficiales en una patrulla de policía y les dije lo que acababa de ver. La gente se acostumbra a verlos, “Señora, ni se preocupe” —dijo uno de ellos. Acostumbrarse a verlos y escuchar que, “ya no se puede”, es el veloz camino para llegar a la indiferencia y la crueldad, que es lo que nos tiene encerrados y nos obliga a cerrar los ojos.

No quiero acostumbrarme, aunque la repuesta para todas las Januarys abandonadas sea la misma: “Ya no se puede”. Porque ellas existen en la calle, porque el gobierno no hace suficiente y porque mis ojos no solo ven hacia donde voy, ven por donde voy pasando, es porque un texto triste tiene que aparecer.

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