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Esos cuantos

Viernes, 10 de Febrero 2017 - 15:00

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Juan Mireles

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Pasado algunos años vuelvo a preguntarme si algo importa. Sé que muchas veces me digo que nada importa, que nada en realidad vale algo y no hablo necesariamente de lo económico, sino en esa amplitud donde cabe todo.

Sé que también los libros, la literatura y las artes en general tienen una valía muy importante, y que dicho valor se lo han otorgado los individuos, los artistas, los creadores, pero de igual forma sé que Octavio Paz nunca existió para una gran parte de la humanidad, inclusive, de los mexicanos.

Octavio Paz no importa, nunca ha importado su legado, su obra, sino para algunos, los cuantos que siempre son pocos. Leo una frase: un viejo que muere es “una biblioteca que se quema”. Todos, siempre, terminamos por quemarnos. Algunos rescatan algo de lo que fuimos, de las cenizas, de los restos, otra vez, esos cuantos.

Importamos únicamente para una cierta cantidad de personas, a los que les significamos alguna cosa, o les recordamos uno que otro elemento o idea o acto, no más.

La vida nos miente y nos dice que algo somos, que de cierta manera conseguimos ser distintos: diferentes al pasado, a los viejos que se han quedado atrás, distantes, fuera del tiempo, fuera de la modernidad que siempre termina por ser parte de la historia. Pero la naturaleza sólo actúa en la medida en que puede mantenerse viva.

Los modernos –tampoco importamos- no somos sino un anhelo, un querer, un acto ególatra por anular el pasado; marcar el hoy, cercarlo para dejar una constancia de superioridad: buscamos en el pasado, en las diferencias con los demás, una identidad que sea capaz de significarnos, y con ello conseguir la desemejanza que nos justificará como parte del presente, de la modernidad.

¿Para qué esa diferencia? Tal vez, para saber qué lugar ocupamos ahora y los cambios que hemos conseguido con relación al pasado; y así sabernos distintos para separarnos, para volvernos únicos, mucho más evolucionados, en resumen: superiores.  

Pero no es nuestra culpa, es la naturaleza diciéndonos que el futuro es alcanzable: el paraíso está al final de lo que nunca termina por empezar. Y al paraíso sólo acceden los mejores, los que consiguieron estar libres de pecado, ¿y no la idea de evolución, de modernidad, de civilidad, es ese paraíso? Un día más alejados del pasado nos acerca a nuestra salvación, a esa idea que nos hace creernos superiores a aquéllos pobres primitivos: los devorados por los deseos, los rústicos, los que sabían tan poco; sin embargo, se parecen tanto a los que somos ahora que nos asusta.

Asusta saber que no valemos más que ellos. Que en realidad no importamos, como tampoco ellos nos importan. Porque el ayer es histórico, y nos volvemos históricos, en este presente, demasiado rápido. Y los viejos son cenizas: un rastro que alguien recoge y descifra.

Si en algún momento conseguimos entender el pasado, a esos viejos desaparecidos, se presiente que ha sido demasiado tarde para ellos, que no se ha hecho lo suficiente para mantenerlos, para volverlos masivos –pero lo masivo es superficial, ¿no?

Por ende, desaparecen, o en todo caso nunca estuvieron. Porque nunca se está en un lugar: el aquí está en otro lado, siempre. Un lugar inaccesible al que esos cuantos quieren acceder, aún en el entendido que ese sitio no tiene una ubicación exacta.

La historia, los hacedores de la historia, los creadores de la historia no importan más que a los cuantos que tampoco importan.

Y entonces, ¿para qué hacer lo que hacemos si al final de cuentas sólo importará para esos cuantos que de igual manera terminarán por desaparecer? Quizá sea ese anhelo, esa cualidad intrínseca del deseo natural de la modernidad, de ser modernos, de distinguirnos: ese querer conseguir lo que los otros no pudieron, aun siendo conscientes de que no seremos sino un eslabón más de esos cuantos.

Esa es la realidad natural de las cosas, y ésta se presta de dos elementos básicos: el anhelo y la creencia. Con ello, no podemos sino continuar el juego que, por lo demás, tampoco importa.

Después de todo, dicen, al morir no hay nada: el allá es aquí.

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Número 6 - Mayo 2017
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