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El Hombre Invisible

Lunes, 23 de Enero 2017 - 16:00

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Rafael Pi Orozco

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Debido al golpe en la cabeza que recibió siendo un bebé, este hombre que yace tirado sobre el asfalto de la calzada Ermita, actuó y pensó como niño durante los aproximadamente 25 años que tuvo de vida. Creció con la obsesión de llegar a tener superpoderes. En un principio, su referencia inequívoca fue “Supermán”, ese ser ficticio que -de acuerdo a sus creadores- habría llegado a nuestro planeta a bordo de una pequeña nave en la cual lo introdujeron sus padres, Jor y Lara, para evitar que muriera junto con ellos ante la inminente explosión de su mundo natal conocido como Kryptón, localizado en lejana galaxia de un sistema solar diferente al nuestro. Su identificación con este superdotado personaje de historieta nació no solo por la admiración que le profesaba sino por un pasaje de su vida el cual -según se supo-, aseguraba que coincidía plenamente con el que protagonizó su héroe antes de llegar a la Tierra, en donde más tarde sería adoptado por Jonathan y Martha Kent.

Nuestro personaje fue el último de ocho hijos de una familia de escasísimos recursos económicos, encabezada por sus padres, Jorge y Laura, quienes se acomodaban como podían en un cuartucho de alrededor de 20 metros cuadrados que servía de cocina, comedor y dormitorio para los diez seres humanos que lo ocupaban. El baño era comunitario en la vecindad. Sin tener otro remedio, a nuestro hombre, entonces niño de uno o dos años de edad, por las noches sus padres lo acostaban dentro de una tina metálica forrada con algunos trapos, la cual ponían sobre varios huacales a un lado de la ventana junto al colchón en el que ellos y los hijos que cupieran dormían. Cierta noche, a eso de las dos de la madrugada, el tanque de gas que utilizaban para calentar agua y preparar algo de comida estalló cuando una fuga encontró la flama de la veladora que la mamá encendía cada inicio de mes. La explosión quemó todo y a casi todos. A casi todos, porque a nuestro hombre, entonces niño, protegido por la tina metálica, el estruendo lo lanzó por la ventana hacia el patio. Todo lo demás se quemó y el resto de la familia murió calcinada. Nuestro personaje, después de ser rescatado por los vecinos y llevado al hospital para atenderle el fuerte golpe en la cabeza que le ocasionó la caída, fue recogido por sus tíos, Juan y Martha, quienes con el tiempo se convirtieron en sus padres adoptivos y decidieron que se llamara Carlos. Fueron ellos quienes al cumplir 12 años le contaron la tragedia familiar de la cual él fue el único sobreviviente.

Inmediatamente después de escuchar a sus padres adoptivos, Carlos –quien ya había leído con avidez todas las aventuras de “Supermán”-, reaccionó con enorme emoción y alegría. En su mente inocente percibió como un sueño las similitudes en la vida de ambos, por lo que ilusionado les contestó:

“Los dos sobrevivimos a explosiones, además los nombres de nuestros padres biológicos y adoptivos son muy parecidos, casi iguales. Ya solo me falta que empiece a tener superpoderes como él”.

La preocupación de sus padres por el infantil razonamiento de Carlos se disipó con el tiempo, en la misma medida en la que él se hacía a la idea de que, por ser “terrícola” –como se autodenominaba-, tal vez no adquiriría todos los megapoderes de su héroe, pero pondría toda su atención para detectar cuál aptitud o sentido se le desarrollaría con el tiempo.

La primera vez ocurrió tres años más tarde, ya con 15 de edad, cuando una experiencia le permitió concebir una efímera esperanza estando de vacaciones en Oaxtepec, en una de las albercas perdió el ritmo de su braceo y, sin alternativa a pesar de su esfuerzo, se empezó a hundir en el agua, situación que de la desesperación inicial pasó a una gran tranquilidad pues entendió que era la señal esperada -incluso se sintió en su elemento-, y que al sumergirse sin oponer resistencia se convertiría en una especie de “Aquamán”, otro de sus héroes favoritos. Para su fortuna, el “guardavidas” del centro vacacional lo rescató aún con vida del fondo de la alberca.

Muerto su padre adoptivo, sin más familiares que los acogieran y apoyaran, Carlos se vio en la necesidad de mantener a su madre enferma, por lo que sin olvidar su eterna pretensión de tener poderes metahumanos –no obstante su escuálida e insignificante figura como resultado de malcomer- y teniendo siempre en la mente a “Supermán”, decidió sumar a las que concebía como similitudes de vida con el héroe su nueva actividad, para lo cual consiguió trabajo como voceador, quehacer que podía ejercer de acuerdo a su capacidad intelectual y le permitiría –según él- dedicarse de alguna forma al periodismo, tal y como lo hizo el reportero Clark Kent.

Diez años después de su aventura en Oaxtepec, Carlos sintió la señal que toda su vida esperó como muestra de haber adquirido un poder especial: la víspera de la muerte de Martha, su madre adoptiva -internada ya en un hospital de gobierno-, decidió ir a visitarla sin el pase respectivo -monopolizado de manera egoísta por familiares que siempre lo ignoraron y nunca lo aceptaron como sobrino-. Con el temor al rechazo por parte de los vigilantes, y todavía con algunos periódicos bajo el brazo, entró en el nosocomio. Después de cruzar la puerta se dirigió hacia el “filtro” de la planta baja y con una entereza que ni él se conocía pasó frente a los policías entretenidos con sus celulares y siguió su camino. De reojo pudo observar cómo sus “familiares” dirigieron la mirada hacia él pero fingieron no verlo o Carlos hizo que no lo vieran. En el tercer piso encontró otra aduana. Con la misma estrategia, no se detuvo y pasó de largo ante la indiferencia de los encargados. Al estar frente a su madre, ésta sorprendida y con voz casi inaudible debido a su gravedad, le preguntó:

“¿Cómo le hiciste para entrar sin pase, hijo?”

“Me hice invisible, mamá”.

Estuvo con ella casi media hora y después de abrazase largamente, al despedirse le dio el último beso de su vida.

Ya en la calle, sin deseos de vender los periódicos sobrantes, la triste figura de Carlos, con su “harapienta” vestimenta, se trepó a una “Micro” para llegar hasta la colonia en donde está el cuarto que rentaba, en uno de los rincones más alejados de Iztapalapa. Después de veinte minutos de trayecto, sobre la calzada Ermita cuatro sujetos de mala estampa se subieron al transporte. A todos los pasajeros les quitaron bolsas, celulares, cadenas y carteras. A todos menos a Carlos, a quien ignoraron. Cuando se bajaron, feliz nuestro hombre gritó:

“¿No que no? No pude ser “Supermán”, pero soy ¡El Hombre Invisible!"

Eufórico, se apeó del transporte público e intentó cruzar la calle pero, infortunadamente, Carlos fue invisible para el conductor de un vehículo que corría veloz por la calzada y quien únicamente alcanzó a escuchar un golpe seco en la carrocería.

Instantes antes de morir, con la satisfacción reflejada en su rostro, Carlos escuchó los gritos del conductor:

“No lo vi, lo juro, creo que era invisible”.

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Número 21 - septiembre 2018
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