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El estatuto filosófico de la música: la belleza

Lunes, 17 de Octubre 2016 - 16:00

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José Enrique Gómez Álvarez

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En la nota anterior se planteó el problema filosófico de la música. En particular se planteó la ontología de la misma, es decir, su realidad. Como “objeto”.

 

La Estética hace alusión al análisis de la teoría de la belleza y las bellas artes. Bueno, eso en su concepción más tradicional. En ese sentido preguntarse acerca de la música y la estética es preguntarse cómo es que la música transmite o participa de lo bello (si es que existe algo así). Hay que ahcer notar que la pregunta es “tramposa”, ya que en realidad es una pregunta que presupone contestada otra: la existencia de la belleza como algo que no depende sólo de nosotros. Esta noción de la belleza tiene una larga tradición. Sin duda, a mi parecer, la tradición platónica es la más conocida en este sentido.

Platón creía, con su peculiar teoría de las ideas, que la “Belleza” era una realidad que existía independiente de nosotros. El mundo tal como lo percibimos, sería entonces una participación limitada de la misma.

Esta tradición pervivió hasta hoy en la misma noción de la metafísica tradicional con los llamados trascendentales del ser; verdad, unidad, bondad… y belleza. Los trascendentales hacen alusión a que el ser (el hecho de tener algún tipo de naturaleza y existir) es o puede ser visto desde varias perspectivas por ese mismo hecho. Así, el ser como “bueno”, significa que cualquier realidad por el mero hecho de ser, puede ser apetecido por otra realidad. La belleza así es el hecho de ser valorado por una inteligencia.  

Tomado así, pues podríamos decir que cualquier música es bella… dependiendo quién la percibe. Pero aquí surge la pregunta, si consideramos que hay piezas mediocres o francamente “defectuosas”… entonces ¿de qué nos sirve este acercamiento qué es tan general que parce no hacerle justicia a ninguna obra?

Tomás de Aquino, en esa misma tradición platónica, definía la belleza como “aquello que agrada a la vista”. Es claro que esto no nos ayuda demasiado. Pero Tomás señala algo interesante, las condiciones para que algo sea bello: integridad, proporción y armonía.  La verdad de nuevo nos vemos en una curiosa encrucijada: ¿qué es esa proporción? El término al ser derivado del ser y al ser este de carácter analógico, es decir, varía algo en cada caso, aunque conserve algo en común, nos lleva al problema de que probablemente no hay ningún canon de la belleza. ¿Por qué? Pues porque cada realidad es bella a su manera.

Entonces parecería que la tradición platónica cae en un dilema peculiar: O la belleza es una realidad independiente o no. Si lo es no podemos conocerla del todo, porque tendríamos que conocer el Ser, así que no podemos poner un canon. Si no es independiente de nosotros es una cuestión de gusto y por tanto no podemos establecer ningún canon. En consecuencia parece que no hay canon posible.

En el campo de la música, entonces parece quedar todo en cuestiones de gusto. Aun así parecer chocar con convicciones de que hay piezas de calidades diferentes. 

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Número 7 - Junio 2017
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